Antonio Buero Vallejo. Historia de una escalera

Esta semana, Buero Vallejo centra Los Casinos por ser referente de una época en la que el teatro resurgía a caballo de unos nombres que resucitaron el placer de "ir al teatro" y leer teatro.

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Miguel Mojarro

Ya tocaba. Algunos me preguntaban cuando será el turno de Buero Vallejo. Pero todo llega, sobre todo en un esbozo de propuesta de lecturas para el sosiego, el placer y los casinos.

Buero Vallejo estaba previsto incorporarlo a esta lista de magníficos, entre otras cosas porque es autor leído, visto en los teatros y escuchado en medios y escenarios.

Buero es referente de una época en la que el teatro resurgía a caballo de unos nombres que resucitaron el placer de “ir al teatro” y leer teatro, que no es poco para los años que tuvimos que superar.



Alfonso Paso, Alfonso Sastre, Lauro Olmo, Martín Recuerda (y su magnífica obra “Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca”) , Antonio Gala, Jaime Salom, … y tantos otros que llenaron los escenarios y las librerías con su trabajo bien hecho, en una época en la que leer se abría camino esperanzado donde sólo había problemas sociales. Muchos problemas, que poco espacio dejaban al placer de la lectura o la escena. 

Solamente Madrid, Barcelona y, en menor escala Sevilla, ofrecían muestras bellas de nuestra mejor arma cultural: el Teatro. ¿Alguien vio a Nuria Espert, en el Teatro Álvarez Quintero, de Sevilla, representando “La sirena varada” de Casona? Recuerdo las colas para adquirir entrada y ver a esa enorme actriz, en una obra magnífica de un autor memorable. Pronto hablaremos de Alejandro Casona, el más grande autor teatral español contemporáneo. Sí.

Hay que destacar, llorando, que como muestra del desarraigo patrimonial de nuestra tradición teatral, en Sevilla había una serie de teatros magníficos, que han sido pasto de un fuego legal: la venta para traspasar su espacio y solar a intereses económicos de comercios innecesarios. Vergonzoso. Pero la codicia es como el campo: no tiene puertas para cerrarle el paso.

Sin salir de Sevilla, como muestra, valga mencionar los teatros San Fernando, Álvarez Quintero, Cervantes, Juan de la Cueva, … Desaparecidos a cambio de intereses inconfesables hoy, pero que en su momento estaban bien vistos. O permitidos, que es mas vergonzoso todavía.

Y en Madrid, en una calle como la Gran Vía, repleta de cines, teatros y demás “antros”, se ha visto sustituida la entonces actividad cultural ejemplar, por las colas ante tiendas de ofertas infantilizadas con la moda como eslogan. Como ocurre en Sevilla y en otras ciudades, que han dejado transformar sus ocios callejeros en insustanciales ofertas mercantiles. Es una pena, pero lo mercantil está ganado esta batalla del ocio. Pero solamente es una batalla. La calidad permanecerá mas allá de las modas. Esa es la diferencia entre lo clásico (lo que permanece) y las modas (lo efímero). 

Pero hubo una época en la que el teatro estaba entre nosotros, como estandarte de la Cultura y de un ocio a mucha distancia de las infantiles algarabías actuales.

Conviene recordar algo que el Teatro nos dejó: una enorme colección de libros que complementaban la escena con los textos que reproducían los actores. Textos que hoy podemos recordar y disfrutar en magníficos libros bien introducidos y mejor comentados.

Un amigo mío (lo era) me decía hace ya años: ¿Pero el teatro se lee?

Pues sí, se lee y debería ser leído por quienes lo dudaban desde una posición de ignorancia. La ignorancia es atrevida, hasta para cuestionar los placeres.

Hoy quiero pregonar, bien alto, que leer teatro es uno de los placeres mas importantes que recuerdo en mi vida de lector. No se me diga que donde esté el teatro visto en escena, que se quite lo demás. No es cierto, Eso son simplemente opiniones desquiciadas de quienes no son capaces de disfrutar de la doble oferta del teatro: Escena y papel, como formas complementarias de una actividad tan antigua como el hombre. 

Por todo eso propongo hoy un desagravio al patrimonio cultural, con la lectura de cualquier obra de un autor que ha sido referente de nuestra calidad literaria: Antonio Buero Vallejo.

Desde 1916 hasta el 2000, su figura ha estado en diversos escenarios de la vida pública española. Pero prefiero señalar solamente su figura en lugares tan significativos como el Café Gijón, de Madrid, donde su presencia era emblemática para el lugar y atractiva para los parroquianos. Gente hubo que iba al Gijón solamente para ver la sonrisa permanente de Buero Vallejo y otros contertulios suyos de la época.

Muchas obras suyas son conocidas sobradamente y muchos los premios que por ellas recibió. No las menciono aquí porque están al alcance de todos con una sencilla y fácil consulta a nuestro amigo el Señor Google o similar. Pero ya advierto que sus obras son numerosas y las menciones y premios innumerables. Es bueno echar un vistazo para saber con quién nos batimos el cobre.

Por cierto, tenía raíces sureñas, porque su padre era gaditano, aunque radicara en Guadalajara, donde nació nuestro autor propuesto hoy.

En 1948 escribió una de sus obras mas atractivas: Historia de una escalera, llevada al cine por I. F. de Iquino en 1950.

Ya en 1971, el galardón mas preciado por nuestro autor: Miembro de la Real Academia Española. 

Lo social, lo ético y lo moral, son protagonistas corales de muchas de sus obras. En La Escalera, Premio Lope de Vega en 1948, encontramos una de sus obras más atractivas para el publico general. Por lo cotidiano de su argumento, lo sencillo de su trama y su habitual realismo popular. 

Es un análisis de la sociedad española de su tiempo (no muy diferente de la actual), con sus defectos sociales y de convivencia.

Tres generaciones hacen suya la herencia de sus valores sociales (o antivalores), en un inmueble en el que habitan. Frustración de sus vidas, agobio existencial, en ese espacio compartido que es la escalera, símbolo de una sociedad española que repite sus anhelos y sus envidias.

Se repiten los hechos, los sentimientos y la decepción de una sociedad que busca prosperar a codazos con los demás coetáneos. 

Símbolo de una decadencia social que se nos ocultaba, la escalera simboliza el campo de batalla de deseos, frustraciones y realidades sociales.

Su lenguaje popular y sencillo, el realismo de las escenas, la lógica de la trama, hacen de esta obra, en la escena o en un libro, un placer lector de esos que al terminar de leerla dejan un deseo en el suspiro final: ¿Donde hay otra de Buero?.

Hay un problema: es difícil no identificar a los personajes con conocidos nuestros, en nuestra escalera o en nuestra calle. A ver si lo conseguís. Es divertido el juego.

Pero no busquéis argumentos sociales para justificar vuestra tendencia ideológica. No seáis simples. Esto va más allá. 

Se trata de disfrutar y no de identificarnos con sus propuestas. Eso es de vista corta y peor catadura. Las obras de Buero Vallejo están por encima de vulgares similitudes y contrapuntos con la realidad actual de nuestra sociedad.

Lo importante es que leáis teatro. Y, para empezar, Buero es punto adecuado

1 Comentario

  1. He de confesar que en las anteriores ocasiones que hice caso a su consejo literario fue un acierto. En esta ocasión le haré de nuevo caso y buscaré Historia de una escalera.
    El teatro leído es una buena opción. Gracias Miguel

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