Mercedes

María Cumplido, de las playas de Isla Cristina a obtener el segundo premio a la mejor tesis en Matemáticas de la fundación francesa de Rennes

Amante de la localidad isleña, donde ha pasado largas temporadas desde niña, esta graduada en Matemáticas cuenta con una exitosa trayectoria académica que la ha llevado a la Université Pierre et Marie Curie en París, a la Universidad de Rennes 1 y a la Universidad de Borgoña en Dijon, donde ha sido investigadora durante un año. Ahora, en octubre, se marchará dos años a Edimburgo para continuar su carrera en la Universidad Heriot-Watt.

María Cumplido conoce Isla Cristina desde niña. / En la imagen, en Brasil.

Mari Paz Díaz. Desde pequeña, María Cumplido Cabello ha pasado sus vacaciones en Isla Cristina, una localidad onubense a la que permanece unida por haber vivido aquí largas temporadas. Y es que, aunque sea cordobesa de nacimiento, su familia ha tenido instalada durante 20 años “una caravana en un camping del municipio”, de ahí que sea “una enamorada de la tradición carnavalera del pueblo y de cómo se potencia el talento musical de sus habitantes”, según nos cuenta. Su madre es de Carmona y su padre tiene raíces en Badajoz y la Sierra de Huelva. Estas etapas de veraneo en la Costa de Huelva las ha compaginado con sus estudios en los que, aunque era una enamorada de la Literatura, acabó matriculándose en la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Sevilla.

Aunque era amante de la Literatura, siempre fue muy buena en Matemáticas. / En este caso, en Chicago.

Y es que, tal y como nos explica, “durante mi niñez me interesaba sobre todo la literatura. Esto se vio potenciado por mi maestro del colegio, Agustín Carrasco Leiva, que me enseñó a escribir desde la verdad y desde el corazón. Sus enseñanzas me acompañarán toda la vida, puesto que la escritura es lo que más me ha ayudado a conocerme a mí misma y a salir adelante en los momentos difíciles. Más tarde, en el instituto, me empezaron a gustar especialmente las matemáticas. Siempre se me habían dado bien, pero nunca le di mayor importancia. Un día, cuando estaba en 2º de la E.S.O., acompañé a una amiga a las fases provinciales de la Olimpiada Matemática THALES y pasé a la fase nacional. Así empecé a sentir el subidón de resolver problemas difíciles, que es lo que le gusta a la mayoría de los matemáticos. Al contrario de lo que mucha gente piensa, esto requiere de una gran creatividad. Me enganché a esa sensación y empecé a participar en más eventos del estilo. Fui seleccionada para el programa ESTALMAT de Andalucía Occidental. Cursé el Bachillerato Tecnológico, teniendo en la cabeza la idea de estudiar una Ingeniería, pero mi pasión por las Matemáticas acabó eclipsando todo lo demás. En la etapa del instituto también estudié en la Escuela de Idiomas italiano y francés”.

La joven, con su madre en Rennes.

Estudió, por tanto, el Grado en Matemáticas en la Universidad de Sevilla, “una carrera difícil pero apasionante, con muchos altibajos emocionales”, afirma. Y es que “en los primeros años de carrera me di cuenta de que mi rama de las Matemáticas era la pura, más concretamente, la de Álgebra y Geometría. Fui alumna interna del Departamento de Álgebra durante 3 años, donde comencé a trabajar con uno de mis actuales directores de tesis, Juan González-Meneses, especialista en Grupos de Trenzas, que son unos objetos geométricos en los que se entremezclan una serie de “cuerdas”. El cuarto y último año de la carrera lo cursé en la Université Pierre et Marie Curie en París y mi trabajo de fin de grado consistió en programar en C++, un algoritmo que hacía cálculos con las ya mencionadas trenzas”. Después, la joven regresó a Sevilla para cursar el Máster en Matemática Avanzada con la idea de hacer un Doctorado y, de hecho, obtuvo una Beca de Colaboración del Ministerio de Educación en el Departamento de Álgebra.




Su tesis ha sido reconocida en la ciudad francesa de Rennes. / Foto: rtve.es

Tras acabar el Máster, el profesor Bert Wiest, de la Universidad de Rennes 1, en Francia, le ofreció hacer un doctorado en cotutela. Es decir, tendría dos directores de tesis, cada uno en una universidad y pasaría la mitad del año en cada sitio, así que se agarró a esta buena oportunidad y ha pasado los primeros semestres de los tres últimos años académicos en Rennes. Es más, logró doctorarse en septiembre de 2018, obteniendo el segundo premio de la Fundación Rennes 1 a la mejor tesis en Matemáticas y Ciencias y Tecnologías de la Información y Comunicación.

Con su padre en Mont Saint Michel.

Además, ha pasado un año como investigadora postdoctoral en la Universidad de Borgoña en Dijon y, a partir de octubre, se mudará a Edimburgo para desempeñar la misma función durante dos años en la Universidad Heriot-Watt, tras haber realizado un mes de estancia de investigación en Oaxaca, México. Todo ello, asegura, lo ha conseguido porque “mis padres, profesores de instituto, siempre me procuraron una buena educación pública y me dieron toda la libertad a la hora de elegir mis aficiones y mis preferencias académicas. Ellos son la principal razón de mis éxitos en la vida”. Con todo, en esta entrevista nos cuenta más detalles de su trayectoria.




María, paseando por las calles de Dijon.

-María, ¿por qué decidiste irte fuera?
-Cuando me fui a París de Erasmus, lo hice porque quería mejorar mi formación en una de las universidades más prestigiosas del mundo. Cuando me fui a Rennes, lo hice porque encontrar una beca de doctorado en España. Nada más terminar el máster es bastante difícil, sobre todo si ya tienes claro en qué quieres trabajar. Cogí esa oportunidad sencillamente porque fue la única que me permitía hacer un doctorado en lo que yo quería, con el aliciente de poder pasar algunas temporadas en Sevilla. Ahora me voy a Dijon básicamente por lo mismo. En España hay muy poca inversión en investigación científica, no hablemos ya en matemáticas. La Junta de Andalucía habla de programas de retorno de talentos que no se materializan. Conseguir estabilizarse en una universidad del país es poco más que un sueño que sabes que no se va a realizar antes de los treinta y muchos. Europa está muy mal en general en este aspecto, pero Francia es una potencia mundial en matemáticas. En la Universidad de Rennes somos más de 60 alumnos de doctorado en matemáticas con becas y contratos. Además, Francia es el único país de Europa en el que una persona joven tiene opciones, aunque no sean muchas, de conseguir una plaza fija en una universidad. También es cierto que las cosas en este sentido están yendo a peor en el país galo.

Junto a un póster de su investigación.

-¿Qué haces en Francia?
-El estado francés es el que pagó mi contrato doctoral, gracias al cual pude hacer mi tesis en Matemáticas. También pude hacer un año de postdoctorado en Dijon. Dedico mi tiempo a la investigación y a dar clases en la universidad. Mi investigación trata de generalizar aspectos geométricos de los grupos de trenzas buscando análogos algebraicos: Los grupos de trenzas pertenecen a otra clase más grande de grupos, que se llaman grupos de Artin. Lo que yo hago es dar herramientas para ver si resultados que ya se conocen para las trenzas pueden ser extendidos a estos grupos de Artin. Las matemáticas puras pueden ser difíciles de motivar, puesto que muchas veces no tienen un aplicación directa e inmediata. A mí me gusta pensar en que tener más conocimiento sobre cualquier cosa, ya es un motivo válido. Aunque yo hago matemáticas simplemente porque me gustan, y ese es el mejor motivo para hacer algo.

En una imagen con su reconocimiento en Rennes.

-¿Cómo es vivir ahí?
-Me suelo sentir cómoda en cualquier sitio de Europa, pero sí es cierto que encuentro bastantes diferencias con España. Para mí, la diferencia más salvaje es que Francia está bastante más atrasada en derechos de las mujeres y de otros colectivos como el LGTB. En Francia he sufrido situaciones de acoso que nunca había vivido antes y la indiferencia de la gente de alrededor es perturbadora. Cuando vivía en París, renuncié a llevar minifalda, me decían de todo, me metían mano en el metro… Además, existe cierta xenofobia velada contra las españolas y las latinas. A veces, tanto chicos como chicas de allí, nos toman por “chicas fáciles”, por decirlo de manera suave. He tenido que escuchar comentarios de chavalas de mi edad con estudios universitarios, que decían que las españolas íbamos provocando. Hay otros detalles. Por ejemplo, que me va a chocar toda la vida que me pregunten por mi apellido de casada o que las bajas de maternidad estén planteadas peor (a veces son un permiso sin sueldo). La proporción de mujeres en investigación en matemáticas es mucho más baja, y no digamos ya de mujeres francesas. También he sentido que me menospreciaban por venir del sur (pero bueno, para eso solo hay que pasar Despeñaperros). Respecto a la comunidad LGTB, me impresiona mucho lo poco que se ven parejas homosexuales por la calle y la discriminación que todavía existe contra ellas. La burocracia francesa es algo brutal y muchas veces entorpece a los extranjeros por ser incompatible con nuestra condición. Por último, el carácter de la gente tampoco es el mismo: son personas más introvertidas y tienes que ganarte su confianza para no tener solo conversaciones banales.
No todo es malo, hay cosas que son diferentes y que sí me gustan mucho. Los franceses luchan muchísimo por sus derechos laborales, no se callan cuando algo no les parece bien, hacen huelgas recurrentemente y se organizan para protestar en masa. Eso nosotros no lo tenemos, esa estructura democrática organizada, con la libertad de expresión siempre por delante.

Una bella imagen de Dijon. / Foto: Zoover.

-¿Cómo es Dijon?
-Es una ciudad bastante pequeña, situada en Borgoña, una región famosa por sus vinos.  Tiene un centro histórico muy bonito, con casas del siglo XV. Tiene una gastronomía muy interesante, donde se usa mucho el producto estrella de la ciudad: la mostaza de Dijon.

-Antes de esta ciudad, también estuviste viviendo en París…
-Sí, estuve viviendo en París durante el curso 2013-2014, donde fui estudiante Erasmus. Fue una experiencia enriquecedora, pero también muy dura. El nivel académico era muy elevado y había poco compañerismo. En la universidad me sentí bastante sola, pero eso se compensó con las personas que vivían conmigo. Estuve viviendo en la Cité Universitaire, concretamente en la Casa de Noruega, donde conviví con gente de este país y de otros muchos (por ejemplo, Italia, Ecuador, Bélgica y Marruecos). Crecí mucho personalmente, pero no quería quedarme en París, porque es una ciudad tan bonita como hostil. Así que regresé a Sevilla por un año, para hacer el máster. Después volvería a Francia, pero esta vez a Rennes (y después a Dijon), ciudades más pequeñas y mucho más amables.

La joven ha podido viajar a muchos países. En la fotografía, en Oxford.

-¿Cuál es tu balance de la experiencia por ahora?
-Después de hacer el Erasmus en París, decidí volver a Francia para poder cumplir mi sueño de ser doctora en Matemáticas. Para mí, los primeros meses no fueron fáciles, porque tuve que empezar mi vida de nuevo, con nuevas amistades y ritmos distintos. Sin embargo, en la Universidad de Rennes hubo personas que me acogieron muy bien y rápidamente hice amigos doctorandos de diferentes nacionalidades. Creo que la experiencia ha merecido la pena, porque me gusta mucho mi trabajo. El trabajo de investigadora, aunque puede ser una montaña rusa emocional, es muy creativo, flexible, enormemente social y me da la oportunidad de visitar distintos países para ir a conferencias y colaborar con otros matemáticos. Durante mi doctorado he estado en países como Alemania, Suiza, Reino Unido, Estados Unidos y Brasil. El año en Dijon de contrato postdoctoral también ha sido muy productivo y enriquecedor. Mi balance es positivo, porque siento que sé cómo moverme en este país y que tengo más posibilidades laborales, y porque casi toda experiencia nueva es enriquecedora. Siento que he crecido personal y profesionalmente.

En Suiza, donde participó en una conferencia.

-¿Qué estás haciendo en estos momentos?
-Estoy a punto de terminar mi contrato en Dijon y estoy preparándolo todo para mudarme a Edimburgo. Profesionalmente, tengo varios proyectos abiertos con investigadores de España, Francia y México. Mi objetivo a medio plazo es poder conseguir una plaza fija en Francia o un contrato medianamente estable en Andalucía.

-Llevas cinco años fuera de España, aunque tres han sido intermitentes. ¿Qué piensa tu familia y amigos de tu aventura?
-Mis padres y mis amigos siempre me han apoyado en mis decisiones, aunque les duela y me duela que no estemos juntos. Mis padres en particular me han dado ánimos para irme cuando yo no tenía ganas, porque quieren que viaje y crezca todo lo posible. Esto me pone las cosas muchísimo más fáciles y se lo agradezco mucho. Para mí es una muestra de lo mucho que me quieren. No me parecen nada sanas esas situaciones en las que la familia llama constantemente a sus hijos para decirles que cuándo vuelven. Creo que esto intoxica las relaciones y hace más difícil vivir a los que quieren o tienen que irse fuera.

Princes Street, una de las calles principales de Edimburgo.
Princes Street, una de las calles principales de Edimburgo.

-¿Cuáles son tus planes futuros?
-De momento, voy a pasar dos años en Edimburgo. Allí seguiré haciendo investigación y, quizás, dé alguna clase. Luego seguiré buscando contratos de investigación por Europa, y saber idiomas siempre ayuda, así que me gustaría aprender algún idioma nuevo, como el japonés.

-¿Piensas volver a España en breve?
-Me gustaría volver en cuanto pueda, pero no haciendo cualquier cosa. De momento, no quiero renunciar a la carrera académica y las posibilidades de volver en esas condiciones no abundan. Considero que soy muy joven todavía como para plantearme dejar un trabajo que me gusta. Supongo que, si dentro de cinco o siete años, me sigo viendo en una situación inestable, volveré y opositaré para profesora de Secundaria. Estas cosas también dependen mucho de la situación familiar y sentimental. Así que nunca se sabe.

En Nueva York.

-¿Qué es lo que más echas de menos de tu tierra?
-La gente, sobre todo mi familia y mis amigos. Andalucía es su gente y su cultura. Echo de menos esa manera que tenemos de comunicarnos, esa riqueza en el lenguaje y esa cierta complicidad y familiaridad que nos tenemos los andaluces. La comunidad andaluza es acogedora y se preocupa de los demás. Una vez una chica que conocía me dijo que “Andalucía es compartir”, y no podría estar más de acuerdo.
Echo de menos desayunar una tostaíta en un bar. Estoy harta de cruasanes. Echo de menos poder cenar en un restaurante a las once de la noche, comer a las tres de la tarde y las sobremesas de después, los días largos en los que te hartas de trabajar y no tienes tiempo para nada, pero siempre tienes un hueco para una amiga. Echo de menos ver la Sierra Morena, el Guadalquivir, las marismas, los cascos antiguos de las ciudades. Echo de menos ver a las parejas besándose en los parques y el griterío en los espacios públicos. Añoro disfrutar del solito. Y me falta nuestro sentido del humor, en el que nos cobijamos cuando las miserias nos acechan, y que fuera se malinterpreta, mientras se piensa que no tenemos problemas o que no sufrimos. Hablar, filosofar, soñar y reír en andaluz, sabiendo que el otro te entiende, es algo que valoro muchísimo cuando estoy fuera. Yo creo que por eso los andaluces nos buscamos tanto cuando estamos fuera, porque nos sentimos comprendidos de una manera especial. Por último, me duele enormemente no poder contribuir y trabajar en Andalucía, para nuestra sociedad. Yo quiero devolverle a Andalucía todos los años de educación pública de los que me he beneficiado y que me han llevado a ser matemática.

-Para terminar: un mensaje a tus paisanos.
-Les diría que valoren de dónde vienen. Que para triunfar o para salir adelante en la vida no hace falta renegar de su tierra. A mí me da pena que se venda el éxito en forma de movilidad, que se llame al exilio oportunidad. Yo me fui a París porque quería mejorar mi formación y porque para mí era una oportunidad que elegí. Sin embargo, me fui a Rennes porque no me quedaba más remedio. No quiero decirles a mis paisanos en una situación parecida a la mía que se vayan fuera, porque me parece hacerles el trabajo sucio a unos gobiernos que no nos dan posibilidades aquí y que dejan que se escape todo el talento. Para ellos no es ninguna presión que nos vayamos, les estamos quitando un problema de encima mientras la gente que se queda vive cada vez más con trabajos precarios asociados al turismo o a la sociedad de consumo. Les diría que, si no les queda más remedio que irse, no se olviden de los que dejan atrás y que si prosperan piensen en trabajar para que a las generaciones siguientes no les pase lo que nos está pasando a nosotros. Andalucía la hacen los andaluces, no solo los que han nacido allí, sino los que se sienten de allí, los que estamos fuera y los que viven dentro, y tenemos que luchar por mejorar la situación de nuestro pueblo, por romper estereotipos, para que se valoren y se invierta en nuestros artistas, autores, científicos y académicos, para que no se degrade nuestra educación pública y nuestra sanidad. Estoy segura de que muchos de nosotros podemos hacer algo que no estamos haciendo. A mis paisanos les cantaría, esté donde esté, que “Sea por Andalucía libre, los pueblos y la humanidad”.








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