El primer piloto aviador de Huelva. La historia de un aventurero valverdeño.

Enrique Nielsen. Desde que en 1903 los hermanos Wright consiguieran mantener en el aire su avión durante doce segundos, la humanidad asistiría a una apasionante carrera por dominar los cielos. El hombre lograría de manera progresiva realizar vuelos más largos, más rápidos, más altos y más arriesgados.

Foto del piloto George Leforestier posando con su Bleriot modificado Olga. Revista La Actualidad.

Los aeroplanos, en un corto espacio de tiempo pasaron de ser un ingenioso invento y una rareza, a ser un medio de transporte imprescindible con gran número de aplicaciones.

Huelva asistió por primera vez al vuelo de uno de estos artilugios el 1 de septiembre de 1911, de la mano del piloto francés George Leforestier, quien sobrevoló la ciudad durante 9 minutos, excitando y emocionando en sobremanera a los cerca de diez mil onubenses que se congregaron en el aeródromo improvisado de Los Pradillos y en sus alrededores. Desafortunadamente, días después, al inicio de un nuevo vuelo, una fuerte ráfaga de viento provocó el trágico accidente que acabó con su vida.

Monumento dedicado a George Leforestier por el Aeroclub de Huelva el 20 de octubre de 2011 en el aeródromo de Niebla. / Foto: Aeroclub de Niebla.
Román José Ingunza Santodomingo

Esta fiebre de la Aviación que traspasó fronteras también calaría en el joven y entusiasta Román José Ingunza Santodomingo. Román nació en la localidad onubense de Valverde del Camino el 16 de octubre de 1888, en el seno de una familia acomodada, siendo su padre de origen vasco y su madre madrileña. Su padre era ingeniero jefe de minas del Ministerio de Fomento, habiendo desarrollado su labor profesional en diferentes lugares de España antes de recalar en la localidad valverdeña.


Puerto de Huelva

Ramón Ingunza Santodomingo.(Fuente: Heraldo deportivo).

Quienes conocían al joven Román lo describían físicamente como un muchacho alto, fuerte, y con un perfil agudo y anguloso (perfil de águila, perfil de aviador), con la nariz picuda y la barbilla saliente, los ojuelos vivarachos y llameantes bajo las cejas espesas y un rostro bruñido por el sol. Además, lo definían como valiente, intrépido y aventurero.

Guerra de Marruecos 1909-1910

Aunque recibió una esmerada educación, Román decidió realizar el servicio militar, que por aquel año 1907 sólo hacían quienes tenían una muy mala posición económica. A continuación, ingresó como voluntario en el Ejército para marchar a la Guerra de Marruecos, formando parte del batallón de Cazadores de Madrid nº2, que combatió bajo el mando del general Pintos en el descalabro del Barranco del Lobo, el 27 de junio de 1909.

Veamos, en palabras del coronel de Aviación, Emilio Herrera Alonso lo que sucedió aquel día y el papel que jugó nuestro protagonista:

Grandes masas de rifeños acaudillados por Abd-el-Kader, agazapadas en las estribaciones del monte Gurugú se abalanzaron sobre los batallones españoles. En la retirada, quedó aislado el soldado Ingunza que junto a otros dos soldados valerosos se mantuvieron haciendo fuego hasta la entrada de la noche agotando las municiones y posteriormente, guiados por el onubense, alcanzaron la plaza. Al recibir su licencia, fue galardonado con dos cruces al Mérito Militar con distintivo rojo.

Cromo n 49 de la colección La Campaña de África -1909.

Tras seis meses de campaña africana, el valverdeño regresó con su batallón a Madrid donde les esperaba una fastuosa bienvenida a tenor de las crónicas de la época. La capital se había engalanado y un inmenso gentío acompañaba a los soldados en su trayecto desde Atocha al Palacio Real. Durante aquel recorrido, Román Ingunza se encontró con el exgobernador civil de Madrid, el Marqués del Vadillo, el cual, seis meses antes le había entregado un donativo en metálico para que comprase un abanico, con la condición de que le hiciera entrega del mismo a su regreso. Román le prometió devolvérselo si regresaba y el marqués prometió que allí estaría para recogerlo. Ese día 22 de enero de 1910, el marqués asistió al desfile en busca del soldado Ingunza, ya ascendido a cabo. En cuanto se encontraron, Román sacó de su guerrera el abanico y se lo entregó al exgobernador, el cual se mostró exultante de alegría. En el objeto se podía leer la siguiente inscripción: Regalo del soldado que fue a Melilla el 22 de julio. Ramón Ingunza.

La Aviación

Atraído por las innumerables noticias de las gestas realizadas por los aviadores en España y en el mundo, nuestro aventurero toma la decisión de viajar a Francia para ingresar en una de sus escuelas de aviación y realizar las pruebas y prácticas necesarias para obtener el título de piloto.Para ello elige la escuela Bleriot ubicada en la localidad norteña del país galo, llamada Étampes. Allí compartirá su formación con aspirantes llegados de todo el mundo: armenios, serbios, búlgaros, alemanes, chilenos, etc.

Tarjeta postal del Aeródromo Bleriot en la ciudad francesa de Etampes. / Colección del autor.

En un número del mes de julio de 1912 de la publicación parisina L’Aero, se dedicaron algunas columnas a las prolíficas escuelas de aviación francesas, en las que se encontraba una referencia expresa al aspirante a piloto Ingunza, indicándose que hacía progresos en su aprendizaje y que volaba muy bien en línea recta. Finalmente, el joven valverdeño obtendrá el brevet de piloto, el 12 de septiembre de 1912, fecha con la que el Real Aero Club de España reconoció su título, ocupando el puesto nº19 en el listado histórico de pilotos españoles.

En los juncales de la India

Un buen amigo suyo por aquellos años fue José Lión Depetre, un gran aficionado a la caza y que ala postre sería diplomático de carrera, con el que coincidió en su etapa militaren el ejército, y con el que compartiría interminables charlas sobre sus aventuras. Decía Jose Lión que Román no era una persona que le gustara alardear de sus proezas, lo catalogaba como un tipo sencillo. Sin embargo, ambos coincidieron un verano en Madrid, hospedados en la misma pensión y fue durante aquellas jornadas estivales cuando el valverdeño más se soltó en sus conversaciones, hasta el punto en que Lión le propuso escribir un libro sobre sus aventuras. Entre ellas, destacaba su viaje a la India donde durante aproximadamente una año practicó la caza mayor, incluyendo entre las piezas abatidas, el famoso tigre de Bengala. Leamos el testimonio de José Lión sobre esta experiencia de su amigo Ingunza:

Fotografía de José Lión Depetre. / Asociación Manuel Azaña.

En uno de sus muchos viajes, cuando ya regresaba a España, cenó en Marsella con un capitán inglés, jefe de una expedición organizada por una sociedad inglesa, dedicada a la importación de pieles de animales de diferentes especies,que embarcaba al día siguiente con rumbo a la India. De sobremesa, el capitán le contó las peripecias de las grandes cacerías de fieras, la vida en los bosques vírgenes, las emocionantes esperas nocturnas junto al cadáver de un antílope, interrumpidas por los pavorosos rugidos de las fieras…Toda aquella noche soñó Ingunza con tigres y leones, panteras e hipopótamos, y al despertar estaba irrevocablemente resuelto a marchar con la expedición inglesa. Sólo le quedaban en el bolsillo los francos necesarios para el importe del pasaje, pero no titubeó ni un momento y se consideró feliz cuando tuvo su billete en el bolsillo.

A lo largo de aquella experiencia cinegética Ingunza visitó los países de la India, Ceilán y Nepal, y decidió realizar el viaje de vuelta por tierra, atravesando otro gran número de países para seguir acumulando diversas experiencias.

A su regreso a España, en septiembre de 1913, escribiría una carta al ministro de la Guerra ofreciendo sus servicios como piloto en la Guerra de Marruecos. La prensa española se hizo eco de esta misiva reconociendo el ofrecimiento del piloto civil valverdeño:

«No solamente se propone el bravo aviador efectuar reconocimientos y exploraciones merced a su aparato, lo que sería de gran utilidad para que los jefes de nuestras fuerzas conociesen con exactitud la situación del enemigo y pudieran evitarse las frecuentes sorpresas de que nuestros soldados son víctimas, dado el modo de guerrear de los moros, sino que se brinda también a tomar activa parte en los combates elevándose en su monoplano, provisto de bombas explosivas, que arrojaría sobre el enemigo«.

Una trinchera en la Batalla de Verdún.
La I Guerra Mundial

No obtuvo respuesta nuestro protagonista a su propuesta, por lo que al estallar en 1914 el conflicto de los Balcanes, origen de la Gran Guerra, no dudó en apoyar a los aliados alistándose voluntario en la Legión Extranjera francesa. Participó en las más duras batallas de este terrible conflicto: Arrás, Somme, Marne y Verdum. Le salvó la vida a un sargento francés y fue herido en varias ocasiones, aunque sobrevivió a la barbarie de esta guerra, siendo finalmente condecorado con la Cruz de Guerra con dos palmas.

Al término de la guerra, ya en el año 1920, volvió a España donde firmó un artículo con el título Enseñanzas de la guerra-La aviación marítima francesa, en el que se hacía eco de la publicación por parte del Ministerio de Marina francés en la que se mostraban los datos sobre la evolución de su aviación marítima. Las palabras escritas por Ingunza establecían una comparativa entre nuestro país y Francia, realizando una crítica a los pobres medios que poseía España en este ámbito militar, más, cuando contábamos con un perímetro costero tan importante:

«La aviación marítima española, reducida escasamente a media docena de hidroaviones de poco radio de acción, y con tripulaciones poco entrenadas, puede afirmarse que no existe, y por lo tanto, nuestra flota de guerra se encuentra y se encontraría desprovista de un auxiliar tan poderoso, y de cuya importancia puede darse cuenta el lector al examinar el desarrollo que la vecina República francesa ha dado a esta Arma, juzgada hoy indispensable para la defensa de un litoral marítimo tan vasto como el nuestro«.

Dibujo retrato del piloto Román Ingunza Santodomingo (Revista Aeroplano nº36).
Piloto en la Guerra de Marruecos

Precisamente durante ese año de 1920 se elaboró una disposición de la Dirección de Aeronáutica que creaba la escala de complemento de aquel Servicio, a la que podían acceder aquellos españoles que no habiendo cumplido 33 años en el momento de solicitar su ingreso en dicha escala, estuvieran en posesión del título civil de piloto de aeroplano.

Román, impactado por los sucesos acaecidos en Anual y estando en posesión del título de piloto desde 1912, aprovechó aquella disposición cuando sólo le separaban unos meses para cumplir los 33 años. Fue nombrado sargento de complemento de Aeronáutica por Real Orden de 22 de septiembre de 1921, llevando a cabo las prácticas correspondientes para ser reconocido como piloto militar, en Guadalajara y en Alcalá de Henares,y siendo promovido a alférez de complemento de Aeronáutica, el 23 de marzo de 1922.

En julio de ese mismo año, cuando prestaba servicio en la escuadrilla de Havilland en Granada fue destinado a Melilla para realizar, inicialmente, misiones de reconocimiento de largo recorrido, penetrando profundamente en territorio enemigo. Aunque meses después ejecutaría misiones de ataque, bombardeando posiciones rifeñas. El 26 de octubre su aparato fue alcanzado por disparos enemigos resultando herido su compañero de vuelo. Y el 15 de diciembre, Ingunza fue herido de un balazo en un pie, motivo por el cual se mantendría fuera de combate, recuperándose en Madrid hasta la primavera del año siguiente.

Cuando volvió a la acción lo hizo con tremendo entusiasmo. Después de tres meses en el dique seco, se apuntaba a cualquier tipo de misión y en cualquiera de los modelos de avión existentes en su base. Los riesgos aumentaban al realizar un mayor número de misiones y, sobre todo, teniendo en cuenta que aquellas acciones de bombardeo y ametrallamiento se ejecutaban a baja altura. En una de ellas encontró la muerte nuestro protagonista junto a su compañero de vuelo.

Dibujo del modelo de aeroplano De Havilland DH 9A similar al pilotado por Román Ingunza el fatídico día del 28 de mayo de 1923 (Revista Aeroplano nº36).

Aprovechando que su aeroplano, el Havilland nº5, tenía el motor caliente y se encontraba cargado de bombas y munición, el alférez Ingunza solicitó permiso para ser de los primeros de la jornada en salir a volar junto a su compañero de vuelo, el observador, teniente de Caballería, Enrique Montero. Media hora después del despegue y tras múltiples pasadas de su aeroplano por las posiciones enemigas, el fuego cruzado lo alcanzó. Herido de gravedad perdió el control del aparato para estrellarse en el barranco de Hardú. De esta forma, Román Ingunza Santodomingo caía en combate el 28 de mayo de 1923, apoyando a las fuerzas de tierra en Tafersit. Era la primera víctima mortal del conflicto perteneciente a la lista de pilotos civiles.

Cuadro de honor dedicado a los caídos Enrique Montero González y Ramón Ingunza Santodomingo, publicado en la Revista Aérea del mes de julio de 1923 (Revista Aérea).
Condecoración a título póstumo

Tras su fallecimiento, las autoridades militares abrieron expediente para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, pero no le fue concedida. El reglamento establecía como condición indispensable que los pilotos regresaran a campo propio con el aparato. En cualquier caso, ante el gran número de testimonios de diferentes mandos militares que presenciaron aquel vuelo, fueron reconocidos sus méritos. Recibió la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo y fue ascendido a teniente de complemento de Aeronáutica, con antigüedad de la fecha de su muerte.

 

Fuentes:

×          Archivo Registro Civil Valverde del Camino.Nacimientos. Tomo 21-22, folio 109.

×          Diario de Marina, 20 feb 1910 y 9 mar 1920.

×          Diario Oficial del Ministerio de Guerra, 31 jul 1926.

×          La Provincia, 2 oct 1913.

×          Mundo Gráfico, 15 oct 1913.

×          Revista Aérea, julio 1923.

×          Revista Aeroplano nº36, año 2018.

×          Revista de Aeronáutica y Astronáutica, junio 1980.

×          Revista Española de Defensa, enero 2019

×          Revista Cinegética Ilustrada, junio 1927.

×          Revista Pioneros dela Aviación española nº27, año 2016.



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