Rompejato, el héroe palermo que volvió a llevar el nombre de su pueblo a América

En 1962, nueve arriesgados navegantes salieron de La Rábida para emular el viaje de Colón a América en la carabela Niña II, una nave construida a semejanza de las carabelas de Colón. Entre ellos iba el palermo José Ferrer Robles, que contaba con la audacia y valentía de sus paisanos.

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José Ferrer, a la izquierda de la foto, tomada en Las Bahamas. Foto Familia de Ferrer.

José Antonio Mayo Abargues. En el año 1962, nueve arriesgados navegantes salieron de La Rábida para emular el viaje de Colón a América en la carabela Niña II, una nave construida a semejanza de las carabelas de Colón. Nadie se atrevía a apostar por ellos, pero la Niña II cumplió su objetivo porque a bordo de ella iban nueve hombres cargados de coraje y valentía. Entre ellos, José Ferrer Robles, Rompejato, un palermo con la audacia y valentía que tuvieron sus paisanos en 1492.

La carabela, que había sido construida en un astillero de Guetaria (Guipúzcoa), salió rumbo a Palos el 24 de agosto de 1962, al mando del capitán pamplonica, Carlos Etayo Elizondo. Partió con una tripulación escasa, ya que aquella carabela construida en el siglo XX, copia de la que llevó Colón en el siglo XV, ofrecía pocas garantías de conseguir su objetivo; lo que unido al poco atractivo económico que tenía la aventura, hacía desistir de la idea de enrolarse en ella a cualquier marinero que se acercaba a verla. Pero de haber tenido un aliciente económico, la aventura se hubiera visto desvirtuada.

La tripulación la componían ocho hombres: Carlos Etayo, teniente de navío de la Armada, capitán de la carabela y jefe de la expedición, natural de Pamplona. Antonio Sagaseta, sacerdote, natural de Pamplona. José Valencia, patrón de pesca, natural de San Sebastián. Antonio Aguirre, pescador, natural de Fuenterrabía (Guipúzcoa). Robert Marx, periodista y arqueólogo, norteamericano. Michel Vialars, veterinario, francés. Nicolás Bedoya, marinero y carpintero, natural de Ferrol (Galicia).

Bedoya era un viejo lobo de mar, y el más viejo de toda la tripulación, pues había cumplido ya los sesenta y nueve años. Además, iba también como tripulante el periodista onubense, Jesús Hermida, que embarcó para hacer la travesía de Guetaria a Palos y conocer la vida de la carabela y así poder escribir con conocimiento de causa durante el resto del viaje. No fue posible reclutar a nadie más. Veinte días más tarde la Niña II llegaba a La Rábida, ante la expectación de numerosos curiosos que no daban crédito a lo que estaban viendo.



Una vez en La Rábida necesitaron que alguien se hiciera cargo de cuidar la carabela y contrataron de guarda a José Ferrer Robles, natural de Palos de la Frontera, conocido en su pueblo por el sobrenombre de Rompejato. A Ferrer le fascinaba la idea de la aventura y, desde un principio, quiso enrolarse en la carabela. El capitán le preguntó a qué se dedicaba, y él le dijo que en la actualidad era pescador de almejas y que, en otros tiempos, también había sido pastor. Ferrer había estado enrolado en varios pesqueros de motor dedicados a la captura de la almeja, por lo que no tenía ninguna experiencia en la navegación a vela. Lógicamente el capitán rechazó su solicitud. Hubo varios marineros de Palos que se presentaron en la carabela con intención de enrolarse en ella, pero cuando conocían las condiciones económicas que les ofrecían y veían aquella débil embarcación, se echaban atrás.

En esos días se embarcó un nuevo tripulante, y además, marino de profesión, un sevillano llamado Manuel Darnaude, que había estado en Guetaria presenciando la salida de la carabela y prometió embarcarse en Palos. Darnaude era piloto de la Marina y le apasionaba la navegación a vela.

El conjunto de instrumentos básicos con los que contaba la Niña II eran irrisorios, arcaicos y temerarios para enfrentarse a una travesía de esta envergadura: un sextante y un cronómetro para determinar la latitud y longitud, y una brújula. Para avisar a otros barcos de su presencia, en caso de niebla, utilizaron una caracola. Para el alumbrado llevaban candiles de aceite y velas de cera. La nave era gobernada por un sistema muy rudimentario: una pala en la popa accionada por una caña que, cuando la mar azotaba tenía que ser manejada por varios hombres.

Todo se había dispuesto para emular el viaje de Colón en el siglo XX. Incluso escucharon misa en la Iglesia de San Jorge y hasta cenaron una noche en La Rábida ataviados con trajes del siglo XV, en el mismo comedor que cenó Colón la noche antes de su partida. La misa fue oficiada por el capellán de la carabela, Antonio Sagaseta. A este acto solemne y emotivo acudieron numerosos vecinos y las autoridades de la localidad encabezadas por su alcalde, don Manuel Maresca. Al final del acto fueron invitados por el Ayuntamiento de Palos a un desayuno. La particularidad de este viaje, lo que hizo que fuera más heroico, es que la Niña II no llevaba al lado a la Pinta ni a la Santa María. La Niña II iba sola.

El hermano mayor de la Hermandad de la Cinta, Patrona de Huelva, regaló a la tripulación un mosaico con la imagen de la Virgen de la Cinta, con una inscripción de las súplicas que hizo Colón desde la carabela Niña cuando, de regreso de América, fue sorprendido por una tempestad en el Cabo de San Vicente. El superior del Convento de La Rábida, donó a la tripulación de la carabela una medalla y una imagen de mármol de la Virgen de los Milagros, ante la que Colón y los hermanos Pinzón rezaron antes de partir para América. Cuenta la historia que la imagen de la Virgen de los Milagros fue llevada por Colón en la carabela Santa María.

Durante la estancia de la carabela en aguas onubenses, los ayuntamientos de Huelva, Palos y Moguer, se volcaron con sus tripulantes de una manera extraordinariamente hospitalaria. Asimismo, contribuyeron con generosidad al abastecimiento de víveres para la expedición. Huelva regaló, entre otras cosas, higos, leña y carbón; Moguer surtió a la carabela de vino de la tierra y pan; Palos les regaló una gran cantidad de frutos de la tierra y treinta barriles de agua de la fuente de la Fontanilla, la misma fuente de la que se surtió Colón. El capitán tenía serias dudas con la elaboración del pan, por el endurecimiento de éste en la travesía Guetaria-La Rábida, y a pesar de que el panadero de Moguer le aseguraba que sus panes podían durar hasta dos años, el capitán no se fio y le encargó también ochenta kilos de harina, “por si las moscas”.

Los tripulantes de la Niña II izando el aparejo del trinquete. Foto: Herederos de Roberto Méndez Adalid Rowalls.

El 19 de septiembre de 1962, después de la misa oficiada por el capellán de la nave, Antonio Sagaseta, ante la imagen de Nuestra Señora de los Milagros, tuvo lugar la salida oficial hacia el Nuevo Mundo, con todas las banderas y gallardetes desplegados. Las autoridades civiles y militares de Huelva, una representación de la comunidad franciscana de La Rábida y un equipo de Televisión Española, embarcaron en una canoa para acompañar a la Niña II hasta la boca de la barra. La salida estaba prevista para las diez de la mañana, pero el capitán Etayo decidió salir una hora antes para aprovechar el viento que soplaba de popa en la bajamar, dejando con la miel en los labios a un marinero de Punta Umbría, llamado Indalo, experto en el manejo del timón que venía de camino hacia La Rábida para embarcar en la carabela; y a los vecinos de Palos que esperaban su llegada en el muelle de la Calzadilla.

El adelanto de la salida no sentó nada bien a los vecinos de Palos, después de que su pueblo acogiera con una hospitalidad extraordinaria a los tripulantes de la carabela durante su estancia en La Rábida. Estos vecinos se habían dado cita a las diez de la mañana en el muelle de la Calzadilla, donde la carabela tenía previsto llegar remolcada por la canoa de los Prácticos, para iniciar desde allí su salida.

La carabela llegó a la barra de Huelva a la hora prevista por el capitán, y el Gobernador militar, don Pedro Merry Gordon, fue el encargado de despedirla oficialmente, subiendo a bordo para desearles un feliz viaje y una exitosa aventura. Asimismo, todos los barcos que acompañaban a la embarcación la despidieron con insistentes toques de sirena, a los que la carabela contestaba con la primitiva caracola. La Niña II salió de la barra de Huelva con la vela cuadrante desplegada, en la que llevaba la Cruz Colombina y la inscripción “Santa Clara”, primer nombre que tuvo la carabela que mandó construir en la ribera de Moguer su propietario, el moguereño Juan Niño.

José Ferrer había pedido insistentemente ser admitido como tripulante en la carabela, pero el capitán quería marineros con experiencia capaces de enfrentarse a esa odisea. Y en el último momento, cuando el Práctico ya estaba a punto de despedirse, el capitán Etayo lo invitó a embarcarse en la Niña II. Ferrer no lo dudo ni un instante, subió a bordo con lo puesto, se quitó una llave que llevaba colgada al cuello y se la lanzó a su hermano que se encontraba en una embarcación pesquera próxima. Era la llave de un baúl donde guardaba todas sus pertenencias.

Tal vez el adelantar la salida no se debiera al aprovechamiento de las condiciones atmosféricas, sino a “un cabo que se había quedado suelto”. Etayo había estudiado detenidamente todos y cada uno los detalles del viaje de Colón, y no se le podía escapar que en la Niña II no había ninguna representación palerma, como ocurrió en 1492. El dejar en tierra al timonel de Punta Umbría, pudo ser algo premeditado. José Ferrer estaba predestinado para emular a sus paisanos de la gesta descubridora.

Colón había llevado en las carabelas, cabras, gallinas, cerdos y algunos animales más que fueron repartidos en las tres carabelas, tocándole a la Santa María llevar la mayor parte de ellos por ser la mayor de las tres. El viaje de la Niña II se tenía que asemejar todo lo posible al realizado por Colón, pero las dimensiones de la carabela eran demasiado reducidas como para meter un cerdo con el que tuvieran que convivir durante toda la travesía, respirando un hedor insoportable.

Entonces pensaron en llevar únicamente dos animales, una gata llamada Linda y una cabra a la que bautizaron con el nombre de Pinzona. Y tal vez por estar más familiarizado con el trato de los animales por su antigua profesión de pastor, le tocó a José Ferrer ser el encargado del cuidado de estos dos animales. La cabra Pinzona desapareció por voluntad de la tripulación a mediados de noviembre; Michel y José Valencia fueron los encargados de hacer llegar su carne a una olla donde fue guisada, convirtiéndose en uno de los mejores manjares de la travesía. La gata Linda tuvo un final más incierto, pues nadie pudo dar cuenta de su desaparición. Se supone que cayó por la borda en un golpe de mar. Nada se supo de ella.

José Ferrer con la gata Linda y la cabra Pinzona. Foto: Familia Ferrer.

La Niña II cumplió su objetivo al llegar a San Salvador el 25 de diciembre de 1962, después de haber sufrido numerosas adversidades, entre las que se encuentra una avería del timón, que junto con la ausencia total de viento, retrasó el viaje cuarenta y dos días. Aunque el capitán Etayo aseguró que nunca estuvieron perdidos, las fuerzas aéreas norteamericanas fueron movilizadas para localizar a la carabela, que no daba señales de vida y se les suponía ya por perdidos en el océano. El día 30 de noviembre, un avión de la Marina de los Estados Unidos localizó a la Niña II y les lanzó una balsa salvavidas y una radio portátil, que no pudieron utilizar por sufrir una avería al caer al agua, además de una radio boya con la que terminaron comunicándose con el siglo XX, algo con lo que no estaba nada de acuerdo el capitán Etayo, ya que la aventura había perdido carácter. El avión les envió el rumbo y la distancia para llegar a la isla más cercana —isla Barbuda—, pero Etayo consideró que mientras no hubiera peligro para sus tripulantes, había que continuar con la aventura.

El día 3 de diciembre dos aviones sobrevuelan la carabela y les envía un mensaje para ofrecerles víveres. El capitán decide someterlo a votación, ganando el rechazo. José Ferrer fue uno de los que votó en contra de aceptar víveres, pero los que habían votado a favor no tenían muy buen aspecto y el capitán solicitó que los enviaran. Finalmente, después de luchar varios días para alcanzar San Salvador, que ya estaba a la vista, fueron arrastrados mar adentro y terminaron por pedir remolque a la base naval americana.

La Niña de Colón tardó en la travesía treinta y tres días, mientras que la Niña II lo hizo en setenta y cinco días, debido a esta avería. A su llegada a la isla los tripulantes fueron recibidos como héroes al haber realizado esta travesía trasatlántica.

La llegada oficial tuvo lugar el día 26 de diciembre, ante un grupo de unas sesenta personas que esperaban su llegada en la playa. El primero en desembarcar fue José Ferrer portando el pendón de los Reyes Católicos. Después de desembarcar, los nueve barbudos tripulantes acudieron a la iglesia católica de Coch Burn Town, ataviados con trajes del siglo XV, donde el capellán de la nave, Antonio Sagaseta ofició una misa.

La prensa internacional hizo un amplio eco de la noticia de la arribada de la Niña II a San Salvador con espectaculares titulares y amplios reportajes como el publicado en el Everin Star, el periódico de mayor tirada en Washington, con el siguiente titular: «La Niña II completa el viaje que Colón hizo en 1492»; Le Monde (París) «La Niña ha llegado a las Indias Occidentales»; France Soir (Paris) «La Niña II ha hecho de nuevo, en setenta y cinco días, el viaje de Cristóbal Colón».

Aquella aventura no fue un reto competitivo, ni se trataba de batir un récor, sino de ampliar los conocimientos del viaje de Colón y estudiar las dificultades de la navegación en aquellas carabelas. La experiencia sirvió para desmontar algunas leyendas sobre las dimensiones de la carabela colombina. La Niña II se había construido con unas medidas considerablemente más pequeñas, aunque era demasiado inestable, debido al diseño de su obra muerta que provocaba fuertes balances y, como consecuencia de ello, la entrada de agua en la embarcación.

La vuelta a España de la tripulación se retrasó algo más de la cuenta por problemas económicos, pues dependían de la venta de la carabela para pagarse el traslado. Durante la estancia en Nassau se alojaron en los hogares de unos españoles residentes en la isla, y tuvieron la necesidad de cobrar las visitas a la carabela para recaudar fondos, pero aquello no daba para mucho. Más tarde se trasladaron a Nueva York y desde allí regresaron a España invitados por el trasatlántico Covadonga.

Según la lista de pasajeros, José Ferrer debería haber desembarcado en La Coruña pero, por algún motivo que se desconoce, continuó viaje a Bilbao, desplazándose luego a Madrid, para desde allí trasladarse a Huelva en un camión de la empresa Hermanos Vázquez, que subían con frecuencia a la capital a llevar almejas. En Palos recuerdan el día que llegó como un hecho histórico; Ferrer se había convertido en una persona importante, en un héroe, y tuvo un masivo y caluroso recibimiento por parte de sus vecinos, que esperaban impacientes su llegada en la calle Cristóbal Colón, una calle muy propia para este recibimiento.

Fue condecorado por el Gobierno de España con la prestigiosa Cruz de Caballero de la Orden de Isabel la Católica, una distinción que tiene por objeto premiar aquellos comportamientos extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que redunden en beneficio de la Nación, o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer las relaciones de amistad y cooperación de la Nación española con el resto de la comunidad internacional.

José Ferrer Robles falleció el día 28 de agosto de 1974 a los 51 años de edad, víctima de un cáncer de laringe. Sus restos descansan en el cementerio de Palos de la Frontera.

En el primer aniversario de su muerte, el pueblo de Palos le rindió homenaje dedicándole una calle con su nombre y colocando una placa para perpetuar su memoria. La placa fue descubierta por el entonces alcalde de la localidad, don Urbano Cortegano López, en un acto al que asistieron las autoridades locales y numerosos vecinos.

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