La orilla y sus regalos

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La orilla y sus regalos.
La orilla y sus regalos.

Félix Morales Prado. En otoño y días de viento se podían ver figuras que recorrían la playa sin ningún propósito aparente. No miraban, la cabeza alta, la belleza del mar embravecido o la línea ideal del horizonte. Su vista estaba fija justo a sus pies, ante el sitio mismo por el que pisaban. Y es que el marero, el terral, el levante o el poniente barría con su soplo la arena, haciéndole al suelo un peinado de ondas suaves y sacando a la superficie tesoros perdidos, olvidados en descuidos por los bañistas veraniegos: monedas, mecheros, un anillo, una pulsera, un collar, ¡de oro!, soñaba el buscador mientras que el sol doraba el agua de la que, otros días, allá lejos, salía un grupo de hombres y niños jalando una red que se alabeaba con el arte de la lavá, arrastrando plateadas, rojizas, azuladas mojarras, listadas herreras, pintados besugos y bailas, acedías, lenguados y chocos de viscoso terciopelo, todas esas joyas que los pescadores arrancaban al océano con su trabajo honrado. También podía vérseles los días de vendaval en los que la tormenta no dejaba salir a los barcos, en las escampadas, pequeñas siluetas sobre el manto oscuro de la bajamar mariscando chirlas y coquinas. Como personajes de Sorolla. Dándole una pincelada humana al paisaje marino.

En alguna ocasión las olas arrojaron objetos que quizá un buque, pensábamos que posiblemente americano, había tirado por la borda por exceso de carga o no sé por qué otra razón: cartones de cigarrillos de marcas exóticas, latas de leche en polvo con etiquetas igualmente extrañas, botes de mantequilla de maní, cajas de galletas saladas (a veces resaladas por el agua)… tonterías, baratijas… pero raras, extranjeras, insólitas noticias de un mundo lejano. Y sólo por eso codiciadas por todos los que en la playa éramos un trasunto remoto y caricatural de los protagonistas del tanguillo gaditano: “Aquellos duros antiguos / que tanto en Cádiz / dieron que hablar, / que se encontraba la gente / a la orillita del mar…”.

Pero no hacían falta a nuestra sed de hermosura aquellos duros antiguos ni estas extravagancias yanquis en una orilla que nos obsequiaba entonces unas alhajas maravillosas, hoy desgraciadamente no tan prodigadas: las conchas (o conchenas, como las llamamos), en todas sus preciosas y coloridas variedades, en todas las formas y tamaños. Desde los pequeños luceros rosas o amarillos o las vulgares escupiñas, pasando por las arcas, los dientes de elefante o las torrecillas, hasta las grandes y muy preciadas caracolas tonel y también enormes navallones. Buscar conchas bonitas era una actividad que gustaba a muchos; pero quizá, a juzgar por los hechos, a nadie tanto como al dueño de una casa construida cerca de Altair. Forrada completamente de valvas que el propietario recogió una por una, se la conoce con el nombre de “Las conchas” y es famosa en el pueblo. La anécdota y la construcción dan para un cuento.

Aparecían otros inviernos de mi infancia, súbitamente, una mañana, montones y montones de cañas que cercaban literalmente el rompeolas con una verdadera muralla de carrizo. De dónde podían venir me fue enigma gustoso durante mucho tiempo, interesante, abierto a multitud de hipótesis a cual más poética, como todos los enigmas. En mi segundo libro publicado, “Maldevo”, mezclé en un episodio esta anécdota con la de los grandes peces que vararon en varias ocasiones: “Recuerdo el gran pez de la bajamar. Estaba casi muerto, aplastado en la arena por su propio cuerpo. Alguna vez leí en algún sitio que así es como mueren las ballenas. Nunca he visto ninguna. No existen las ballenas en estas costas. Debió morir con la mirada triste.

También arribaron muchas cañas. Me pregunté dónde podía haber cañaverales allí mar adentro. América está lejos. Nadie sabe de dónde vienen estos peces enormes para morir entre algas y nubes grises sobre la arena rota del invierno. El mar parecía una infinita plancha de plomo y las gaviotas volaban desoladas en el aire negro. La guardia civil estaba allí, de pie, mirándolo indolente. Alguien contaba historias de sirenas y de extrañas luces que aparecían de noche sobre el agua. El maestro decía algo sobre los delfínidos y los demás movíamos la cabeza con ignorante aprobación. Arriba, las nubes, densas, se arremolinaban anunciando tormenta y el pez parecía mirarlas tristemente. Estaba todo oscuro y el sol no se puso ese día; hubo noche sin crepúsculo. Para entonces ya no había nadie en la playa; solo, a lo lejos, el bulto negro del animal herido. Al otro día ya no estaba. Quizá lo arrastraron las olas. Aparecieron muchas más cañas y fuimos a verlas, pues casi vallaron las largas distancias de la orilla”.