Coronavirus y el futuro de la sociedad occidental

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Últimos datos. / Foto: imagen de archivo (pxfuel).

Miguel Mojarro.
Sociólogo
7-abril-2020

Foto: imagen de archivo (pxfuel).

El siglo XX ha sido testigo de acontecimientos que jamás han compartido época o no han coincidido en un mismo siglo o periodo corto de nuestra historia. Algunos de estos acontecimientos ni siquiera tienen precedentes.



Tras un siglo XIX, rico en movimientos sociales impensados, el XX ha caminado, de asombro en asombro, escalando cotas que no siempre han sido explicadas adecuadamente.

La evolución industrial, dos guerras mundiales que modificaron la geopolítica, una revolución química (los plásticos y los medicamentos), que sigue sin ser asumida por los que no observan su entorno, la evolución democrática de España en el último tercio del siglo, la explosión técnica digital de los ochenta, la proliferación de las comunicaciones en los noventa, …



Son acontecimientos, no los únicos, que encabezarán capítulos de los futuros libros de historia.

Y ahora, para completar el cuadro de hechos sobresalientes, nos encontramos con una pandemia (infección generalizada en grandes áreas y con mortalidad significativa) que alcanza cotas que hacen tener miedo a unos y que otros no perciben en su insustancialidad e ignorancia.



No es la primera, que ya existieron otras, por ejemplo el MERS de Oriente Medio, el SRAS en 2002 chino, la peste del siglo XIV en Europa, la de Justiniano en el VI, … . Muchas de ellas originadas por animales y transmitidas por el comercio.

Mucho se habla, se escribe y se divulga sobre este insignificante virus (su tamaño es casi la millonésima parte de un milímetro), que va a convertirse en factor clave de profundos cambios sociales.

Actualmente, en España y un importante número de países del mundo, tres clases sociales repiten la estructura que ya existía en la Edad Media. Con otros nombres, pero las mismas clases sociales:

Una clase social alta (aproximadamente el 10% de la población), sin dificultades para vivir, que goza de tres poderes ansiados por todos: Capacidad económica, grado de información y nivel educativo. Su vida es holgada y gozan de la relajación tranquilizadora que da la riqueza. El 10 % de la población, posee mas riqueza que el 90 % restante. La brecha económica es, en los últimos años, mas clara y profunda que nunca.

Una clase media (aproximadamente el 40 % de la población) que nada entre dos aguas, en una lucha permanente: Alcanzar la deseable situación de la clase alta o procurar no perder el equilibrio y caer al abismo terrible de la baja. Son el sector mas equilibrado y estable, que sirve de soporte económico y cultural a una sociedad como la nuestra. La clase media, olvidada por muchos planteamientos políticos, es la clave de nuestra civilización y también la llave de todos los riesgos que puedan ser una amenaza para el equilibrio disfrutado.

Una clase baja (¿?), desde el punto de vista económico (aproximadamente el 50 % de la población), que vive en una economía casi de subsistencia, que le permite llegar a fin de mes, renunciando a muchos de las actividades que el ocio actual ofrece con descaro. Son esas personas que cada día llenan de coches (paradójicamente) las entradas a las ciudades, porque no pueden vivir cerca de su lugar de trabajo. Se conforman por necesidad. Aspiran a no perder su trabajo.

Estos tres grupos sociales, están actualmente soportando el confinamiento que impone el dichoso coronavirus (por cierto, se llama así porque al microscopio lucen una especie de corona de puntos, no porque sean monárquicos). También las consecuencias, una vez superado el intrigante proceso del diario parte de guerra.

Muchas son las intervenciones en radio, televisión y prensa, de expertos que dan su opinión y analizan con supuesta solvencia la cuestión. Muchas son y necesarias en estos momentos. Pero me quedo con las excepciones, porque algunas, no pocas, son realmente magníficas, acreditadas y bien argumentadas. Son los de siempre, los que saben, los que se trabajan la opinión. Pero dejemos atrás los bulos, los panfletos y los desahogos de los que necesitan decir cosas, que son la mayoría. Un amigo mío, de Sevilla, decía: Si tienes algo que decir, dilo. Si no, escucha.

Un hecho es bien conocido por todos, desgraciadamente, porque cada día es objeto de preocupación en todos, cada uno por diversos motivos. Se trata de la pérdida económica que resulta, inevitablemente, de esta situación crítica y única en nuestros recuerdos.

Una pérdida de capacidad económica, que en las tres clases sociales produce efecto muy diverso. No a todos les fastidia del mismo modo, sino que hay que buscar valores relativos para tener una visión real de la cuestión.

A cada uno le afecta de distinta manera y cuantía, pero, con ser mucha la diferencia, el valor relativo de la pérdida es la verdadera tasa de perjuicio.

A la clase alta, una pérdida, cuantiosa, de una cantidad significativa, le puede producir quebranto, en el peor de los casos. Pero tiene un colchón económico que le permite seguir perteneciendo al sector económicamente privilegiado.

En la clase media, la cosa sufre una notable variación: Economías que hasta ahora han sido solventes y cómodas, con las pérdidas de empleo inevitables se van a convertir en situaciones francamente delicadas y en muchos casos de desastre familiar. Una parte de este sector social, pasará a formar parte de las filas de la clase menos favorecida, la clase baja. Y esto afecta bastante cuando se trata de perder una cota social que ha costado mucho trabajo alcanzar. Pero la realidad será esa. Es decir, que el equilibrio de la sociedad se romperá y pasará a tener un peso propio la clase baja. La clase media bajará en porcentaje considerablemente y la clase baja alcanzará números relativos que no las recuerdan las generaciones vivas.

La clase baja, que tradicionalmente ha tenido como preocupación tener y conservar el trabajo, estará en condiciones no deseables, porque en muchos casos su pérdida será de un alto porcentaje o la totalidad de sus emolumentos anteriores. La cantidad será inferior a las que pierden la clase alta en valores absolutos, pero se puede llegar a perder una cantidad importante de un salario que ya era de supervivencia. O la totalidad de éste.

Hay que observar un resultado constatable: La clase baja habrá incrementado notablemente el porcentaje de su presencia en la sociedad, mientras la clase media ha visto muy disminuido el suyo y su papel de colchón que amortigua los vaivenes sociales de todo tipo, sobre todo económicos.

Esto ha ocurrido en todas las situaciones de cambios profundos y revoluciones, cruentas o no, a lo largo de la Historia de la humanidad y en todas las civilizaciones o culturas. Cuando hay acontecimientos que modifican la presencia de la clase menos favorecida, se producen movimientos de ruptura, de evolución desde lo aprendido o de logros que antes no eran posibles por la apatía social de quienes no lo necesitaban.

Así ocurrió en la Roma del siglo III, con el referente de la peste del II y el incremento de los cristianos (clase productiva). Y en la Grecia del Helenismo que pagó la factura del abandono de su clase mas baja. Y en Egipto, que prácticamente dejó a la sociedad con solamente dos clases. Y en el siglo XIV en la España de la Edad Media, que posibilitó que el XV desarrollara una sociedad que sustituyó el feudalismo por una forma peculiar de capitalismo, dando paso al nacimiento de una burguesía de larga vida, … Y más.

Ahora, un acontecimiento marca un hito en la historia de la humanidad, con un resultado claro: Los abandonados por la suerte, los menos cultos, los de menos posibilidades sociales, están percibiendo dos hechos con los que han convivido durante años, demasiados:

Las cosas que no se han hecho y debieran haberse hecho.

Lo importante que son las opiniones de los que saben, de los expertos, a los que se les han otorgado premios y honores, pero cuyas opiniones y advertencias han caído siempre en el saco roto del poder.

Con estas dos cuestiones públicas y publicadas, una sociedad se ve informada por necesidad y en número considerablemente superior a lo habitual volverá a las calles (la clase baja y media “degradada”), a sus trabajos o a sus “paros”, pero tendrá en las neuronas donde vive la Cultura, una información antes despreciada: La ciencia es mas valiosa que la política y hay que hacer lo que hay que hacer.

Los modelos (como se dice ahora) indican claramente cómo será el final de la pandemia que nos ha tocado (hubo otras): Un sector social desfavorecido y maltratado por el Covid-19, afrontará los nuevos días en libertad con una sensación extraña, inquietos como antes no habían estado, con el desasosiego de quienes “se han caído del guindo”. Y esta sociedad española de siglo recién estrenado, dará un paso adelante hacia logros que serán descritos en los libros de Historia dentro de algunos años. No muchos.

Esta será la revolución que se avecina o la evolución que es menos lesiva. Pero las revoluciones no tienen que ser cruentas. Las hay y muchas, con admirable recuerdo histórico: La industrial en Inglaterra, la química en Europa, la de los plásticos en USA, la tecnológica en Japón, … y tantas otras revoluciones de las que nos sentimos orgullosos.

Pero el siglo XIX no es ajeno a estas cuitas del XX. Ese siglo magnífico fue el germen de revoluciones y evoluciones que han colocado a las sociedades de la Europa de nuestro entorno en el punto de bienestar en que nos encontramos.

Tocqueville, Saint-Simon, Lasalle, Owen, … son el soporte ideológico de un impulso social solo comparable a nuestro siglo XVI. De ese XIX y de tales sociólogos y antropólogos, surgen las semillas de un pensamiento actual, que se las da de original y vanguardista. Somos hoy, aprendices de aquel XIX que fue humilde y creador, admirable y maestro.

Hoy sería bueno que una reflexión nos condujera al conocimiento de la realidad. Aunque sea de la mano de ese virus coronado que nos trae de cabeza. Es buen momento para pensar en la salida de una cuarentena, nueva para todos, desconocida en los libros y temida por “los que saben”.

Déjenme insistir: Los que saben. Los expertos. Los que dicen y advierten. Los que están (o deben estar) por encima de los que vociferan, ordenan, negocian, dirigen, … . Los que saben (y vienen diciéndolo hace tiempo) que las cosas pueden ocurrir. Que estamos haciendo mal algo.

Y cuando algo malo sucede, ellos son los únicos que pueden pensar, saber y opinar. Ahora, por ejemplo, sería bueno que escucháramos sus propuestas y los hagamos caminar delante de nosotros, de nuestros dirigentes, de nuestra sociedad.

Déjenme insistir de nuevo: Lo que no se ha hecho o se ha hecho mal y la opinión de los que saben. Sólo eso. Nada más que eso. Y nada menos.

Y esta sociedad, hasta ahora pendiente de su propio ombligo, levante la mirada y aprenda. Cuando la clase baja posee una presencia mayoritaria en la sociedad, siempre se han dado pasos adelante en la comprensión e interpretación de los hechos y las mejoras. Ahora estamos entrabando en una fase de este tipo. El incremento de la presencia de la clase baja es equivalente a decir que la necesidad influye en mas personas y, ya se sabe, la necesidad agudiza el ingenio. Y la cultura, que no debe la pereza evitar que entre en nosotros. Cultura es conocer y comprender, no se olvide.

Porque, dicen los modelos (como se dice ahora), que estamos en el inicio de una revolución (tranquilos: pacífica) o evolución, del calibre de la que generó la imprenta, la tecnología digital, el do de pecho de la química o la máquina de vapor.

Pero esta tarea colectiva, social, no debe permitir que nos amparemos en el recurso irresponsable de “a mí que me lo hagan”.

Toca mirar y percibirlo. Eso es Cultura (conocer, entender e interpretar). Pero con sosiego, porque el proceso no es inmediato ni rápido, sino que será lento, como todos estos procesos y alargado en el tiempo.

Habrá que cambiar valores y talantes … . ¡Uff ..!