Mercedes

Moguer, principio y fin de Juan Ramón

De la azotea –blanca, rosa, malva- miramos, juntos, el pasado y el porvenir, el mundo que hemos dejado y al que vamos. JRJ

Moguer (6 de junio 1958)  despide a Juan Ramón y Zenobia. Foto de Roberto Méndez (Rowals).
Moguer (6 de junio 1958) despide a Juan Ramón y Zenobia. / Foto: Roberto Méndez (Rowals).

Juan Carlos León Brázquez. Cuando Juan Ramón volvió a Moguer hace 60 años, lo hizo para descansar por tiempos infinitos en la tierra que lo vio nacer, la misma que cobijaba a Platero. Llegó con quien vivió la plenitud de la vida, con Zenobia. Y recibió todo el cariño y la admiración que sus letras nos dejó. Vecinos, familia, amigos lo recibieron conocedores de la última visita de Juan Ramón a su pueblo, conocedores de que éste héroe de las letras quedaría para siempre en aquel pueblo blanco al que hizo universal. Estar de vuelta a Moguer fue su reto a la muerte: Cuando tu quieras, muerte. Te he vencido. ¡Qué poquito puedes ya contra mí!

Los ojos del mundo, de aquel viernes 6 de junio de 1958, estaban puestos en un pueblecito de una esquina de España. Hasta allí llegaron los cuerpos de Juan Ramón y Zenobia, tras un exilio autoimpuesto de casi 22 años. San Juan de Puerto Rico-Madrid-Sevilla y su entrañable pueblo de Moguer acogieron el último viaje del poeta. La isla de la simpatía, “la tierra del mar, del duende y del ángel” lo despidió consciente de su no retorno, guardando para sí muchos de los secretos que en vida y en escritura, Juan Ramón y Zenobia acuñaron en el último tramo de su existencia. Y tras escala en la Plaza de Neptuno en Madrid, Sevilla. El calor de la ciudad, en un día de Corpus Christi y en visita a Gustavo Adolfo Bécquer, en su capilla de la Anunciación, lo acompañaron antes de partir, ya si, a Moguer. Dejaba su otra ciudad, Sevilla, donde bien hubiera podido recibir a la muerte, si ésta no hubiera acosado prematuramente a Zenobia en Puerto Rico. El poeta nunca quiso separarse de ella, en su primera eterna morada, y por eso aplazó el encuentro con su tierra.

Juan Ramón en Puerto Rico.
Juan Ramón en Puerto Rico.

“El sepelio se verificará en su pueblo natal de Moguer (España)“, avisaba su esquela aparecida el 30 de mayo en el diario El Mundo, editado en Puerto Rico. Su retorno, ya definitivo tras 22 años de ausencias, mientras el cadáver era velado por sus queridos boricuas cargados de flores amarillas, el color preferido de Zenobia, acompañante también en este último viaje. Pero el encuentro con Moguer era inevitable. Volvía a donde nació en la víspera de navidad de 1881 y allí encontró su último amanecer antes de entregarse a la tierra. “Y la mañana de luz me traspasó”, justamente cuando también la primavera negociaba el último ocaso para acompañarlo. Aquel 6 de junio, la veleta de la iglesia de San Francisco pareciese señalar la dirección de su última morada, el cementerio municipal de Jesús, en el espacio próximo de su infancia y juventud; cercano a su casa natal de la Ribera, del río que todo lo envenena, del hoy cegado embarcadero, de Fuentepiña, de la calle Nueva donde vivió, del Convento de Santa Clara, de la ermita de Nuestra señora de Montemayor. Su mundo real e imaginario, sus paisajes reales e imaginarios. “Desde aquí todo es para mí como un Moguer grande y dominador”.




Era el momento de repasar lo que en vida sintió, quizás él también se acordase de la lata que le dio al doctor Almonte en su pueblo, o al doctor Simarro en Madrid, al doctor Lalanne en Burdeos, o al doctor Achúcarro, más que médicos compañeros de la patología del “alma llagada por la melancolía” (definición de Lalanne) Muchas veces sintió la muerte cerca, hasta el punto de escribir: “He sentido que la vida se ha apagado/solo viven los latidos de mi pecho/ es que el mundo está en mi alma”. Tanto, tanto convivió en vida con la muerte, siempre en crisis consigo mismo, que la nombraba de continuo en sus poemas: “Pienso tanto en la muerte porque se que he de vivir muerto más que vivo”. Y es que nunca le dejó el agobio de la cotidianidad, de los sinsabores de la vida diaria, de los cambios, de su exilio, de lo que le incordiaba para escribir, “Fue -evocaba mi amigo el poeta cubano Gastón Baquero, en la muerte de Juan Ramón- hasta el último de sus 77 años, un mártir, una víctima, un sitio adolorido del vivir humano, por cuanto a él se le escogió desde lo alto como a un depósito de creación y de insomnio. Estos hombres que reciben el poder o la ilusión de crear son los más castigados por la vida”.

Tumba de Juan Ramón y Zenobia, en el cementerio municipal de Moguer. FZJRJ.
Tumba de Juan Ramón y Zenobia, en el cementerio municipal de Moguer. FZJRJ.

La hora de la despedida llega y las manos amigas lo levantan para que esté mas cerca del cielo. Su amigo Daniel Vázquez Díaz lo acompaña por última vez, en confidencias imaginadas de lo que hablaron y callaron, en elogios y reprimendas sobre cómo quedó tal o cual retrato, los que hoy vemos en Caracas, en Huelva, en la iconografía de sellos y billetes. Quizás Don Daniel pensara que así lo teníamos más presente, y lo consiguió. “Quien me quiera encontrar en la vida (y en la muerte) búsqueme solo en lo bello”.




Vuestra vida es mentira;
mi sombra es la que sabe
la clave y la salida
del laberinto del vivir…

Juan Ramón volvía a su infancia (La infancia es el espacio primario que somos para siempre) para descansar en el olimpo de los inmortales. Para Gastón Baquero, Juan Ramón dominó a la muerte a través de la poesía, de la reacia y fugitiva poesía, la que nos dejó tras su abandono. Buscaba un más allá, que como él mismo decía, “tengo una glándula que segrega infinito”. Y en ese infinito quedó en aquel viernes de Moguer, venciendo a la muerte con su poesía eterna.

“Yo no volveré. Y la noche
tibia, serena y callada,
dormirá el mundo a los rayos
de su luna solitaria”








Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.