Adolfo Morales. No hace falta esperar a que alguien rompa un escaparate para hablar de vandalismo. A veces empieza bastante antes: en una bicicleta golpeada, en un banco convertido en un improvisado vertedero, en los gritos de un grupo de adolescentes que considera que la calle les pertenece, o en crear inquietud amparados en la noche.
Lo vemos los viernes y los sábados. Chicos y chicas de 16 o 17 años y menos, muchos de ellos procedentes de familias perfectamente integradas y acomodadas, que salen a divertirse y, en demasiadas ocasiones, confunden diversión con hacer lo que les viene en gana.
Gritar. Insultar. Golpear. Destrozar. Molestar.
Y alrededor, casi siempre, el silencio de los adultos.
También el de las administraciones. Porque resulta difícil entender que determinados puntos de la ciudad, perfectamente conocidos, queden durante horas sin una presencia policial que, sin necesidad de intervenir constantemente, recuerde que existen unas normas básicas de convivencia. Y ustedes disculpen, desde dentro de un coche no se ve ni se oye gran cosa.
No se trata de perseguir a los jóvenes. Tampoco de negarles su derecho a divertirse. Todos hemos tenido 16 años y todos hemos cometido alguna que otra estupidez. Se trata de algo mucho más sencillo: educación y límites.
Y los límites, cuando no se ponen a tiempo, terminan poniéndolos otros. Normalmente, cuando el problema ya es bastante mayor.
Quizá deberíamos preguntarnos qué estamos enseñando cuando consentimos estas conductas, o que clase de sociedad respiran para salir tan desbocados a desahogarse amparados en la oscuridad del fin de semana.
Porque educar también consiste en decir: hasta aquí.
Y aunque para algunas familias, sea un descanso la ausencia de estos niñatos de la casa por unas horas, la terapia está en otro sitio.
Por suerte, siempre serán una minoría.
No les perdamos para siempre.
















