Antonio Delgado Pinto. Las peculiaridades de cada marea, de los vientos y de las temperaturas quedan escritas en los estratos que la marea baja forma en las orillas de las golas y las ensenadas. Al igual que los estratos geológicos o los pliegues geográficos, aquí los espacios que delimita cada marea en su devenir de horas nos hablan aunque muchas veces no sepamos entender qué nos dicen.
A pesar de la ignorancia del hombre, estas capas de arena de distinto color son equivalentes a las que los siglos y las edades tallan sobre la superficie de la tierra, en la que los milenios han transcurrido acumulando sus episodios unos sobre otros y almacenándolos en los plegamientos que interpreta el que sabe leerlos.
Al igual que los círculos concéntricos de cualquier sección de tronco de árbol, el estrato nos muestra información sobre sequías y lluvias, sobre cataclismos y sobre cosechas. Glaciaciones y zozobras quedan también recogidas en esos grandes compendios de sabiduría que son los plegamientos o los troncos de los árboles, lugares entre cuyas capas y texturas de igual o diferente color y grosor vive lo pretérito. Otros litorales son, sin embargo, ajenos a estos tratados de geología por la propia composición de sus suelos: Esas costas mediterráneas de arenas duras, esas otras que están compuestas por piedras… Imposible ver en ellas algo más allá de la propia estética de las orillas. Aquí, el Atlántico bate y brama, reduciendo a polvo las conchas, las caracolas marinas, las piedrecillas, los corales y los restos de vidas pasadas, para formar estos estratos superpuestos que no hacen más que recordarnos la riqueza del reino mineral del planeta que tenemos la suerte de habitar, aunque algunos se sigan empeñando en querer destruirlo.
Días de playa. Estratos. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.














