RFB. Puro corazón, Pilar Vizcaíno Macías es una rebelde con causa. Porque está claro que la realidad que vivimos tiene rincones oscuros ante los que no deberíamos mirar para otro lado. Y en muchos planos.
A ella no le resultan indiferentes el desamor, la injusticia, el conformismo o la hipocresía. Sería genial que pudiera «clonarse» y conformarse así todo un ejército de combatientes de su corte por la Verdad. Un ejército singular, eso sí, porque las armas de Pilar son otras: el amor, la coherencia, el compromiso, la generosidad y el servicio a los demás.
Y no parece que esa batalla vaya a terminar pronto. Pilar se reconoce apasionada, inquieta, cada vez más creativa y con una necesidad permanente de hacer, descubrir y transformar. «No puedo parar», admite. Curiosamente, cuando se le pide que se defina no empieza diciendo que es abogada ni recurre a su larga vinculación con el compromiso social. Se presenta de una manera mucho más sencilla: «Una mujer de campo, diría yo, amante de lo natural y de lo sencillo, de lo auténtico, de los principios y valores que dan sentido a la vida».
Y quizá no exista contradicción alguna entre la rebelde del principio y esa mujer de campo. En ambos casos aparece la misma búsqueda de lo auténtico. Pilar cree en principios que no deben acomodarse a las circunstancias y utiliza una expresión aprendida en casa que resume bastante bien su posición: hay principios «que no están en venta».
Para encontrar las raíces de esa forma de entender la vida hay que mirar hacia Valverde del Camino. Un término de esta provincia muy especial, con una tradición y cultura singular.
Pilar nació en Huelva, pero sus padres —Fernando y Pilar— y sus cuatro abuelos —Pedro, Ana, Juan y Manuela— eran valverdeños, y las frecuentes escapadas familiares hicieron que el campo, la naturaleza y aquella forma de vida acabaran ocupando un lugar esencial en su identidad.
Es la mayor de cuatro hermanos —además de ella Fernando, Ana, y Juan Pedro—. Su padre era abogado y funcionario y desarrolló durante muchos años su actividad profesional en Huelva, hasta jubilarse como secretario de la Autoridad Portuaria. Su madre, perito mercantil, optó por dedicar fundamentalmente su vida a la familia. Cuando Pilar habla de ambos aparecen tres conceptos que encajan perfectamente con todo lo que vendría después: generosidad, servicio y compromiso.
Buena parte de sus recuerdos infantiles están asociados al campo. Allí conoció una vida alejada de las comodidades actuales, en la que la lluvia podía convertirse en acontecimiento y la ausencia de electricidad obligaba a acompasar las jornadas a las horas de luz.
En invierno, alrededor de la chimenea, escuchaba historias de lobos, pastores y animales. No era únicamente diversión. Sin saberlo, estaba adquiriendo una determinada manera de observar el mundo y de relacionarse con él. El respeto por la naturaleza, el apego a la tierra y la admiración por los conocimientos de la gente del campo terminarían acompañándola hasta hoy.
Hay otra imagen, mucho más doméstica, que conserva especialmente viva. La de sus abuelos en la cocina y ella, todavía muy pequeña, intentando participar de aquel mundo de adultos:
«Mi imagen son mis abuelos, siempre en la cocina, subida con muy pocos años en una silla, con un delantal chiquitillo, husmeando entre fogones y ayudando a fregar».
La educación completaría aquel aprendizaje familiar. Estudió en el Colegio Cardenal Spínola y después cursó COU en el Instituto Rábida. Cuando llegó el momento de elegir carrera apareció el Derecho. Naturalmente, la profesión de su padre estaba ahí, pero la elección tenía también mucho que ver con algo que ya comenzaba a tomar forma en ella: una especial sensibilidad hacia la justicia.
Pilar entendió pronto que el Derecho podía ser algo más que una profesión. Podía convertirse en una herramienta para defender la verdad, la libertad y los derechos de las personas. Formó parte de la primera promoción que obtuvo el título en la recién independizada Universidad de Huelva y comenzó a ejercer en el despacho que había pertenecido a su padre.
Pero la batalla por la justicia a la que nos referíamos al principio no iba a librarse únicamente entre expedientes, juzgados y despachos. Su fe cristiana había ido creciendo paralelamente y desde muy joven estuvo vinculada a movimientos en los que esa fe se entendía necesariamente acompañada de compromiso. Junto a quien después sería su marido, Pedro, comenzó a colaborar como voluntaria en Cáritas Diocesana.
Y aquí aparece una de las claves para comprenderla. No le bastaba con atender las consecuencias de la pobreza; quería preguntarse por sus causas. Quería entender por qué determinadas personas quedaban atrás y qué mecanismos sociales contribuían a mantener esas situaciones.
«Pensaba -nos dice- que podía desarrollar no solo mi compromiso de fe, sino mi inquietud por la justicia, por conocer y tratar de analizar y combatir desde lo más sencillo las causas que provocan pobreza en las personas, y la denuncia social, tan necesaria dentro y fuera de la Iglesia».
Ese «dentro y fuera» expresa mucho. Porque Pilar no parece entender el compromiso como adhesión acrítica a nada. Tampoco a aquello de lo que ella misma forma parte. Si existe algo que considera injusto, la coherencia exige señalarlo.
De ahí que su concepto de rebeldía tenga poco que ver con la protesta por la protesta.
Se trata más bien de no acostumbrarse a aquello que está mal. De evitar que la repetición de una injusticia termine convirtiéndola en paisaje.
Durante aquellos años continuó formándose en política, economía y comunicación relacionadas con el ámbito social y cursó un máster en Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad Pontificia de Salamanca. Con el tiempo dejó el voluntariado directo en Cáritas Diocesana, aunque continuó colaborando con Cáritas Española en cuestiones jurídicas, deontológicas y éticas.
En ese camino reconoce la influencia de muchas personas. Entre ellas ocupa un lugar especial Paco Girón, alrededor del cual identifica todo un «universo» humano y cristiano que dejó huella en muchas personas de Huelva. Pero sus referentes llegan mucho más lejos: Marcelo Spínola, Teresa de Calcuta o Gandhi aparecen también cuando repasa las figuras que han contribuido a conformar su pensamiento.
Hay algo de estos últimos que le interesa especialmente: la capacidad de intentar transformar el mundo desde la paz.
Y volvemos así a las armas del titular. Porque la Pilar combativa de la que hablamos no concibe esa lucha desde la agresividad. Verdad, justicia, compromiso, paz, servicio y amor se van mezclando en un planteamiento en el que resulta difícil separar la dimensión profesional, la social y la espiritual.
Tampoco puede separarse de la familiar. En Pedro, también abogado, encontró al compañero con quien construir su propia familia. Habla de él como una persona extraordinariamente buena, justa y honesta, discreta y especialmente sensible hacia los problemas de los demás. Juntos tienen dos hijos, Pedro y Pilar.
Cuando se le pregunta qué han intentado transmitirles, aparecen de nuevo nítidos conceptos: «Para nosotros es importante la coherencia de vida, la honestidad, vivir con ilusión, con alegría, con esperanza; sembrar y dejar huellas en este mundo, saber que no estamos solos, que vivimos para alguien, renunciar y aprender a hacer esfuerzos y sacrificios, tener paciencia, ser libres».
La enumeración podría parecer larga, pero detrás de todas esas palabras existe una idea común: formar personas capaces de conducir su propia vida sin olvidarse de las vidas que tienen alrededor. Por eso insiste también en la autenticidad y en la autonomía.
Desde pequeños procuraron que sus hijos fueran responsables de sus cosas. Entiende que aprender a desenvolverse por uno mismo es también una manera de aprender a ser libre.
Y, naturalmente, estaba el campo.
«Para mí, que soy una friki del mundo rural, es importante transmitir el amor por la tierra, por nuestra tierra, por nuestros paisajes, por la forma de vivir de las gentes de estos mundos, aprendiendo sus saberes para que no se pierdan».
La expresión «friki del mundo rural» le pertenece y probablemente diga más de ella que una descripción mucho más solemne. Porque Pilar puede hablar de Derecho, ética, pobreza, espiritualidad o justicia y, al momento siguiente, entusiasmarse con un paisaje, unos conocimientos tradicionales o algo que ha encontrado y que imagina restaurado y convertido en otra cosa.
De hecho, si hoy tuviera que elegir una profesión distinta, probablemente se dirigiría hacia el arte y el interiorismo. Le apasiona recuperar objetos, evitar que desaparezcan, transformar espacios y proporcionarles personalidad, «chispa y mucho color». Quizá no esté tan lejos esa Pilar creativa de la abogada y la voluntaria social.
En el fondo existe una cierta resistencia común a dar las cosas por definitivamente hechas. Un objeto puede recuperarse. Un espacio puede transformarse. Una idea puede revisarse. Una injusticia puede combatirse. Y una persona puede continuar creciendo. Por eso asegura que no puede parar.
Tampoco parece especialmente interesada en las personas instaladas en la apariencia. Cuando habla de las cualidades que admira reaparecen la autenticidad, la coherencia, el servicio y la valentía. Le atrae quien se muestra como es y quien es capaz de comprometerse con algo que trascienda su propio interés.
Y cuando llega el momento de definir qué entiende ella por «buena gente», la abogada podría construir una argumentación perfectamente ordenada. No lo hace. Responde desde otro lugar: «Personas que cuando las miras ves cómo respira su alma y su corazón; transparentes, abnegadas, entregadas, comprometidas, generosas».
Tal vez ahí se encuentre también una de las razones por las que Pilar Vizcaíno está nominada a los Premios Buena Gente de Huelva. Porque esa exigencia con el mundo comienza por una exigencia consigo misma: intentar que aquello que se piensa, aquello que se dice y aquello que finalmente se hace no discurran por caminos diferentes.
Tiene muy presente, además, que las oportunidades no se han repartido por igual. Haberlas tenido no constituye para ella una razón para contemplar desde lejos a quienes carecieron de ellas. Al contrario. Quienes han dispuesto de determinados privilegios tienen una responsabilidad hacia quienes también poseen sueños, pero no siempre los medios para perseguirlos.
Como era de esperar, respecto a la felicidad Pilar no habla de tener más, alcanzar una determinada posición o culminar objetivos. Su respuesta vuelve a colocar la mirada en un plano bastante más profundo: «Para mí es esencial saber que uno tiene una tarea en este mundo, descubrirla e ir haciendo el camino de esa misión».
En su caso, esa búsqueda está inseparablemente vinculada a la fe, pero también a una manera muy concreta de estar aquí: hacer, servir, cuestionar, construir, amar y no permanecer indiferente.
La batalla continúa. Y, afortunadamente, Pilar sigue sin saber estarse quieta.
Fotos: Edith-HBN.
Los premios Buena Gente de Huelva son promovidos por la Fundación Cajasol y Huelva Buenas Noticias. Tienen por objeto difundir modelos de generosidad, entrega y honestidad. De servicio a los demás, valores humanos, independientemente de las actividades o ámbitos de las personas, de su notoriedad o anonimato. Homenajear a los buena gente es el propósito de estos premios, refrendados a nivel popular.















4 comentarios en «Pilar Vizcaino, la batalla por la Verdad con las armas del Amor»
Pilar es la personificación de La Bondad, nadie mejor que ella es merecedora de este galardón.
Soy muy fan de Pilar —- familia maravillosa! Y una excelente cocinera !!????????
Tiene desde hace tiempo mi voto al Premio Buena Gente.
Un ser de luz. El conocerla fue una de las cosas buenas de haber estado en política.
Genial, Pilar, su marido, su familia, un lujo. Que suerte tenerlos como amigos