Adolfo Morales. El americano que promete solucionar el mundo en dos días y cuyos remedios parecen tener una curiosa vocación por durar meses, incluso no tener certeza de cuando prescribirá sus sueños. Este es el hombre fenómeno que emprende cruzadas, abre guerras comerciales, amenaza, rectifica, vuelve a amenazar y después presentar el cambio de rumbo como una brillante estrategia,que a lo más que se parece es a una piruetas circense de un espectáculo en decadencia, al que aplauden solo sus herederos.
Su especialidad parece estar en envalentonarse con los débiles. Con aquellos países que, por dependencia comercial, industrial o estratégica, no pueden permitirse responderle en igualdad de condiciones. Ahí aparece el gigante. Ahí ruge el imperio,pero con los que suelen tener otras capacidades, no tiene los reaños necesarios. Quién sabe si por razones idénticas, si en otro tiempo le hubiese reído las gracias a Hitler, al fin y al cabo es lo que suele hacer con los que le echan el pulso.
Lo mismo le ocurre al gallito del barrio, cuando le sale otro gallito, se le acaba toda la energía y se vuelven mansos como corderos.
Estados Unidos no es Donald Trump. Ni Trump es Estados Unidos. América ha producido científicos, escritores, músicos, empresarios, arquitectos, artistas y pensadores que han enriquecido el mundo. Lo que contemplamos ahora es otra cosa: la transformación del poder político en una representación permanente de sí mismo. Da pavor y fatiga estar asistiendo a este esperpento, que ha dado alas a otros tantos trasnochados que aspiran a tirar de la coyuntura, sin sensibilidad social ni la menor integridad real.
Un hombre que cambia de opinión con una velocidad desconcertante podría ser simplemente un político pragmático. No obstante ,no hace falta diagnosticar a nadie para comprobar que gobernar el planeta como quien cambia de canal no es precisamente una garantía de estabilidad y menos si te bajas los pantalones con quién te mira frente a frente.
Y de guinda del pastel, está la estética del poder.
Trump parece querer convertirse en una especie de monarca republicano, una mezcla de presidente, zar, emperador inmobiliario y rey africano de los que necesitan cubrir de oro hasta la sombra para demostrar que tienen dinero. La ostentación pretende funcionar como certificado de autoridad. El mármol sustituye a la cultura; el tamaño, al talento; el precio, al valor.
Aquí aparece otra vieja advertencia europea, la de Ortega y Gasset: cuando el poder y la masa confunden la superioridad material con la superioridad humana, la civilización empieza a empobrecerse aunque las cuentas bancarias engorden.
Y hay una ironía particularmente americana en todo esto. Cornelius Vanderbilt, el célebre «Commodore», sí fue un empresario formidable. Comenzó en el transporte marítimo y construyó una enorme fortuna aprovechando el desarrollo de los barcos de vapor y, posteriormente, del ferrocarril. Fue duro, competitivo y poco sentimental, pero entendió algo esencial: el futuro pertenecía a quien comprendiera antes que los demás cómo se movían las mercancías y las personas. Es decir, tuvo la sensibilidad de sumarse al progreso para crear una nueva sociedad más dinámica. No ser una rémora y un problema cada mañana.
El poder sin cultura termina convertido en decorado. El dinero sin sensibilidad, en mal gusto. Y la fuerza sin inteligencia, en una caricatura de sí misma.
Estados Unidos seguirá siendo Estados Unidos cuando esta fiebre pase. Lo verdaderamente triste es que, mientras tanto, tengamos que asistir diariamente al espectáculo de un país enorme tratando de demostrar que todavía necesita parecer enorme.
Un imperio no debería necesitar gritar tanto, ni números de circo, ni comedias de segunda clase.
Europa entendió que la Democracia debía ser, a pesar de sus contradicciones,el método más aceptable para convivir. No queremos ni Reyes, ni Emperadores, ni Zares ni Dictadores.
Pdta: Nuestra querida Miss Whitney fue bisnieta de Cornelius Vanderbilt.














