RFB. Si la cara es el espejo del alma la sonrisa es un sello de calidad humana, el regalo del que la expresa. Por eso si tienes la oportunidad de encontrarte con Manuel Rivas Pérez, aunque no lo conozcas, podrás disfrutar seguro con un primer regalo, su natural sonrisa, y luego más… su amabilidad, su amena charla, su cariñoso trato y su honesta disposición, como mínimo. Hoy, y no resulta extraño, Manolo Rivas está nominado a los Premios Buena Gente de Huelva, en su octava edición. Por eso se ofrece de nuevo la oportunidad de una gratificante conversación para esta entrevista, aunque sabemos que a él esto del protagonismo no es lo que más le agrada. Como es buena gente, sin embargo, lo acepta, algo que le agradecemos.
Primero le preguntamos por recuerdos que se ubican para él en lo más antiguo de su existencia. Manolo conserva uno especialmente lejano. Es todavía un niño y está en una aldea gallega junto a su abuelo Manuel, un hombre al que apenas podía ver un mes durante los veranos pero cuya presencia, más de siete décadas después, continúa acompañándolo.
Aquel abuelo había conocido un mundo extraordinariamente grande para la época y el lugar en el que vivía. Cuando su nieto lo trató en los años cincuenta, Manuel ya había estado tres veces en Nueva York trabajando en los ferrocarriles. Era un trabajador al que, según recuerda con humor, le sentaba estupendamente la ropa de faena. La transformación llegaba los domingos. Cuando se arreglaba para ir a misa parecía sentirse tan incómodo dentro de aquella ropa que a ojos del pequeño resultaba casi disfrazado.
Pero lo verdaderamente importante no estaba en aquellas imágenes. Sin proponérselo, el abuelo Manuel le dejó una de las enseñanzas que acabarían marcando su vida: ser libre, respetando la libertad de los demás y sin permitir que nadie lo engañara. Y la libertad volvería a aparecer después como uno de los grandes legados de sus padres.
Nuestro protagonista nació en Huelva en 1946, en la casa de vecinos del número 30 de la calle Alfonso XII. Sus padres, Antonio y Rita, eran emigrantes gallegos. Él había llegado con 28 años; ella, con apenas 19. Procedían de una aldea y aterrizaron en una casa de vecinos de una ciudad en la que no conocían a nadie y donde, al principio, hasta les costaba comprender la forma de hablar de quienes los rodeaban.
Cuantos más años pasan, más extraordinaria le parece aquella aventura. Sobre todo cuando piensa en su madre. Una muchacha de 19 años capaz de abandonar su entorno y empezar una vida desde cero en un lugar desconocido. «Hay que valer mucho», concluye cuando intenta imaginarla entonces.
Su padre trabajaba en la mar y eso dejó otra de las estampas imborrables de su infancia. El niño acudía al muelle para esperarlo cuando regresaba, fuese la hora que fuese. El vínculo con ambos fue extraordinariamente intenso. Asegura que le resulta difícil imaginar que alguien pudiera querer más a sus padres de lo que él quiso a los suyos.
En aquella misma casa de Alfonso XII nació también su hermano, Antonio. El paso de los años no ha debilitado esa relación. Todo lo contrario. Entre las rutinas actuales hay una que considera casi sagrada: desayunar cada día con él. Dice que lo reconforta y que encuentra en su hermano algo que le recuerda a su padre. A ambos los resume con una sola palabra: «la paz».
Su infancia fue también la de una Huelva y una educación muy diferentes a las actuales. Sus primeros pasos escolares los dio en una miga situada justo enfrente de su casa. Allí lo prepararon, con diez años, para ingresar en 1956 en la Escuela Pericial de Comercio.
Pasó cinco años en aquel centro y de allí salió con algo que ningún título académico puede certificar: un grupo de amigos que ha sobrevivido durante setenta años. Siguen reuniéndose para comer todos los meses. No lo considera simplemente una bonita costumbre. Mantener aquel grupo constituye para él una necesidad vital.
Tras terminar el peritaje marchó a Sevilla para estudiar Profesorado Mercantil, formación que finalmente concluiría en Cádiz. Con 22 años comenzó su vida laboral en Cementera Onubense, Prehusa y Prebetong, tres empresas pertenecientes al mismo grupo. Permaneció allí hasta 1982 y vuelve a utilizar una palabra cuando recuerda aquellos años: amigos.
Entonces decidió emprender una nueva aventura y convertirse en empresario. Aunque esa denominación nunca ha terminado de convencerle. Después de toda una trayectoria profesional, continúa prefiriendo una definición bastante más sencilla: «soy un trabajador que tiene una empresa».
De Antonio y Rita no recuerda grandes discursos acerca de cómo debía comportarse. Aprendió observando sus gestos y su manera de vivir. Pero, por encima de todo, sintió siempre que sus padres confiaban en él. Le dieron libertad porque se fiaban de su criterio. Con el tiempo trató de reproducir ese mismo modelo con sus hijos.
Su familia actual la forman siete personas. Junto a Concha, a la que define como su magnífica compañera, están Carlos, Paco y María Ángeles, hijos de su anterior matrimonio, y Miguel y Fernando, del anterior matrimonio de Concha. Pero las precisiones genealógicas pierden importancia cuando habla de ellos. Para él son cinco hijos; para Concha, también cinco. Y asegura que todos han hecho extraordinariamente fácil la convivencia familiar.
Quizá esa experiencia explique también una de sus convicciones más arraigadas: su confianza en las personas.
Manolo Rivas se considera un «optimista empedernido». No como una expresión hecha, sino como una determinada forma de contemplar la vida. Está convencido de que la inmensa mayoría de la gente es magnífica. Entre las cualidades que más aprecia sitúa la honradez y una virtud que considera bastante menos frecuente de lo deseable: la constancia.
Y junto a ambas coloca algo aparentemente menos solemne pero imprescindible para él: el sentido del humor. Hay que reírse todos los días un poco, sostiene, sin que importe demasiado el motivo.
A estas alturas de su vida tampoco concibe el paso de los años como una razón para aferrarse a certezas antiguas. Más bien al contrario. Cree necesario aprender de los jóvenes y estar dispuesto a renovar las ideas cuando van quedándose caducas. Es otra forma de ejercer aquella libertad que comenzó a descubrir junto a su abuelo Manuel.
Su concepto de felicidad parte precisamente de ahí. Para él consiste, fundamentalmente, en vivir en total armonía con la propia conciencia. A eso añade sentirse vivo, conservar la capacidad de aprender y esforzarse por descubrir el lado bueno de las personas y de las cosas.
Hay una coherencia singular entre aquel niño de la casa de vecinos de Alfonso XII y el hombre que hoy continúa desayunando con su hermano, reuniéndose mensualmente con los amigos que hizo hace setenta años y defendiendo que siempre queda algo que aprender de quienes vienen detrás.
Por el camino estuvieron unos padres gallegos que llegaron a Huelva para empezar desde cero, un padre al que esperaba en el muelle, una madre cuyo valor admira cada vez más, cinco hijos, Concha, los amigos, el trabajo y aquel abuelo que había cruzado el Atlántico varias veces antes de enseñarle, sin saber que lo estaba haciendo, una particular manera de ser libre.
Después de tantos años, probablemente por todos ellos, Manolo sigue prefiriendo mirar la vida desde el optimismo. No porque ignore sus dificultades, sino porque ha decidido quedarse, siempre que pueda, con lo mejor de las personas. Y hacerlo, además, procurando encontrar cada día algún motivo para reír.
Fotos: Edith-HBN.
Los premios Buena Gente de Huelva son promovidos por la Fundación Cajasol y Huelva Buenas Noticias. Tienen por objeto difundir modelos de generosidad, entrega y honestidad. De servicio a los demás, valores humanos, independientemente de las actividades o ámbitos de las personas, de su notoriedad o anonimato. Homenajear a los buena gente es el propósito de estos premios, refrendados a nivel popular.
Manolo Rivas Buena Gente de Huelva.















4 comentarios en «Manolo Rivas, ese joven vital y optimista que regala armonía, paz y sonrisas»
Manolo tiene muchas virtudes pero en especial hay que destacar su BONDAD y el concepto tan arraigado que tiene de la JUSTICIA
Con 46 años que tengo puedo decir que hablar con Manolo Rivas es terminar una conversación sintiéndote llena de optimismo, es una de esas personas que te transmite su bondad y honestidad ,cuando lo escuchas hablar eres capaz de ver la parte positiva de cualquier problema.
Lo definiría como un hombre enamorado del trabajo, de la cultura, de su familia y de la VIDA
Manolo es mi amigo desde los diez años, aunque yo vivo fuera de Huelva desde los 16. Su amistad es para mí un tesoro porque Manolo una de las mejores expresiones que conozco de libertad, honestidad, sentido del humor y compromiso con lo mejor de lo humano. Es un hombre de hondura como su mar.
Coincidí con Manolo Rivas en el mismo curso de la Escuelas de Comercio. Desde aquellos años ya apuntaba las maneras que el tiempo ha ratificado. Las reuniones del grupo que menciona y del que formo parte atestiguan una bonhomía y optimismo que nos contagia. Sigue así, amigo Manolo.