Antonio Delgado Pinto. De repente me he sorprendido silbando esa canción. No podría decir por qué pero esa es la melodía que me ha llegado dando un salto de más de medio siglo cuando, recién salido del agua, me secaba con la toalla. Poco más allá siguen mis dos vecinos de hamaca, adormilados y silenciosos, tal vez queriendo detener el tiempo y retener este momento en que ya agosto camina hacia sus últimos días. La playa, casi vacía, es un anticipo de septiembre, de las luces menos hirientes del otoño cercano, a pesar de que aún falte casi un mes para el cambio de estación. También las gaviotas desaparecieron hace un buen rato.
Después del baño he caminado hacia levante bordeando el rompeolas y cuando, al cabo de dos horas, he regresado hasta aquí, mis vecinos seguían en el mismo lugar. La marea había continuado bajando. Los he vuelto a ver lejos del agua, quizá enfrentados a la tarea de la contemplación y arrullados por el mar, ausentes de las nubes inexistentes y de los vientos, del nivel del mar y del teléfono móvil, varados en las orillas de este océano de luz dejando pasar las horas y desmarcados de cualquier otro evento. Ya escribí hace unas semanas a propósito de la filosofía que late en esta imagen.
He entrado de nuevo en el agua silbando esa musiquilla setentera del Dúo Dinámico que tanto tiene que ver con esta tarde de últimos de agosto, de sol y de mar. Tan igual que se diría de la misma dimensión que la de estos dos dormilones varados en la arena.
El pulso de la tierra late en el rugido que surge del rompeolas y la naturaleza continúa con su ritmo inagotable de días y noches, de inviernos y veranos.
Días de playa. El final del verano. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.














