Adolfo Morales. A 23 de agosto, Huelva acumula alrededor de 55.000 hectáreas quemadas en lo que va de año. Una cifra difícil de imaginar. Un campo de fútbol ocupa aproximadamente una hectárea: imaginemos 55.000 campos ardiendo uno detrás de otro. Una extensión que nuestros ojos serían incapaces de abarcar.
Pero el fuego nunca se lleva solamente árboles. Se lleva ecosistemas enteros: animales, nidos, madrigueras, cultivos, caminos, paisajes y memoria. También viviendas, explotaciones agrícolas y ganaderas, industrias y, en las circunstancias más trágicas, vidas humanas.
Hemos convertido los incendios en un paisaje informativo del verano. Llegan el calor, el humo, las evacuaciones, los helicópteros y las llamas. Después llega septiembre y parece que el problema desaparece. Hasta el verano siguiente.
Sabemos muchas de las cosas que no debemos hacer, pero seguimos fallando. Y sería demasiado sencillo reducirlo todo al pirómano. Existe otra responsabilidad menos espectacular y más incómoda: la prevención que no llega.
No basta con apagar mejor. Hay que conseguir que arda menos. Limpiar montes, cunetas y solares; mantener caminos; crear cortafuegos; vigilar; recuperar formas tradicionales de gestión del territorio y disponer de medios durante todo el año.
Que la prevención cuesta dinero, nadie lo pone en duda. ¿Les digo lo que «cuesta» dinero? Una administración inflada, repleta de funcionarios y una estructura orgánica, estatal, autonómica y local con demasiados privilegios, gasto desmedido y despachos sin contenido. Eso si cuesta dinero.
Cuando el bosque empieza a arder, ya hemos llegado tarde.
55.000 hectáreas no son una estadística. Son una tragedia.














