Antonio Delgado Pinto. Esta imagen de los juguetes es una escena veraniega cotidiana. Vendedores ambulantes pasean estos tentetiesos, aviones de corcho blanco o cualquier otro reclamo que pueda hacer volver la cabeza a los más pequeños y solicitar a sus mayores su rápida adquisición. Viéndolos, uno recuerda a los buhoneros trashumantes de las películas en blanco y negro llegando a los pueblos para vender toda suerte de ungüentos, cachivaches y utensilios. Ahora son estos mercaderes itinerantes los que pasean sus cacharros por las playas.
Nuestra infancia estaba ausente de estas modernidades. Un trozo de madera, encontrado entre los restos que la marea solía traer, nos bastaba para convertirlo en el trasatlántico ideal, con el que zarpábamos cada tarde para surcar los océanos más remotos; una cuerda medio enterrada entre las arenas era la anaconda que teníamos que capturar viva; una caña hincada en la duna se convertía de inmediato en el arpón con el que venceríamos al monstruo de las profundidades pelágicas… Las playas de nuestra infancia rebosaban de inventiva y de fantasía.
Hace un momento ha pasado por aquí otro que lleva una reata de varias cometas con dibujos japoneses de superhombres voladores, águilas y otros pajarracos de ciencia ficción, y que me han recordado las cometas que hacíamos de niños aprovechando el papel de un saco de cemento vacío, varias cañas, tramilla y algún trozo de tela vieja que nos servía de cola. No había juguete con cuya elaboración disfrutásemos más. Además, si era un día de suerte, contábamos con el saber hacer de Curro, el hermano mayor de nuestros amigos Diego y Antonio, cuyo arte en la construcción de estos ingenios voladores era más que notoria. Ninguna otra cometa remontaba el vuelo de forma más rápida que las que hacía él, ninguna era más estable y se elevaba a mayor altura que las que él fabricaba.
Hoy todo está ya hecho. Probablemente estos juguetes de ahora sean más bonitos, estén mejor acabados o resulten a bote pronto más atractivos para los niños, pero aquéllos que elaborábamos nosotros mismos tenían la particularidad de impregnarse de la magia que continuamente manaba de la infancia, es decir, tenían el alma que solo los objetos elegidos atesoran.
Días de Playa. Juguetes. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.














