RFB. Un joven marinero español, impecablemente vestido de blanco y con su ‘lepanto’ reglamentario, se encontraba en los primeros días de mayo de 1971 en Nueva York. Formaba parte de la tripulación del buque-escuela de la Armada Española, el Juan Sebastián Elcano. Aquel día libraba y, divirtiéndose en un bar de la principal ciudad norteamericana, tuvo un gesto propio de su condición. Parece un pequeño detalle, pero a nosotros nos inspira un significado profundo. En el contexto del ‘chapurreo’ que mantenía, junto a varios de sus compañeros, con el barman del establecimiento, abrió su cartera y sacó una estampa que conservaba con devoción y cariño, una estampa de la Virgen de la Bella. Se la dio y le invitó a colocarla allí para bendecir a la gente que llegase a aquel lugar, lo que hizo el americano.
Cuando nos cuenta la historia Andrés el Lepe nos hace ilusión pensar que aquella estampa perduró en el tiempo e incluso que, a pesar de casi seis décadas, puede que aún se encuentre allí, o en algún otro sitio donde suscite curiosidad, admiración o, incluso, devoción. Andrés estaba entonces dando la vuelta al mundo en la mítica nave de la Marina, mientras prestaba el servicio militar. Le asignaron en el buque el palo trinquete -el que está más a proa de los cuatro mástiles del Elcano- y -ojú- se tenía que subir para las maniobras con el inmenso trapo. Dicho palo alcanza una altura de unos cincuenta metros sobre el nivel de mar.
Y allí, en ese velero de grandes dimensiones y tan lejos de Lepe y de Huelva, nos lo imaginamos regalando amistad, camaradería, alegría, optimismo…. lo propio de un buena gente tal cual es él. Recuerda que con frecuencia animaba el cotarro cantando, acompañado de un suboficial de San Fernando, Antonio, que tocaba la guitarra. Lo que es la vida, volvió a saber de él al cabo de los años al encontrar un hijo que trabajaba en Huelva, en los Maristas, como ATS. Desde aquella experiencia en la Marina empezó a ser más común escuchar hablar de nuestro protagonista como Andres el Lepe, más que como Andrés González. Allí, en el servicio militar, estaba todo el día hablando de Lepe, y de ahí el apelativo que se le quedó para siempre. Y a mucho orgullo, como manifiesta.
Hoy nos encontramos con Andrés en la Cinta, para charlar y hacerle unas fotos. La impresión que nos produce encaja a la perfección con el hecho que nos trae, que es por ser nominado a los Premios Buena Gente de Huelva, en su octava edición.
Desde bastante antes que la pequeña historia con la que hemos comenzado el artículo, La Antilla y la Torre del Catalán forman parte del paisaje más lejano que conserva Andrés en su memoria. Hasta allí consigue regresar cuando busca entre los recuerdos de aquellos primeros años, en los que aparecen también amigos cuyos nombres y apodos han conseguido sobrevivir al paso del tiempo: Paco Cocina, Manolo Gutiérrez, Paco Aguaded, Rafalete o Manolo de Dominga.
Mucho de lo que vino después parece haberse construido sobre dos palabras que aprendió de sus padres: amor y respeto. No necesita una larga relación para explicar qué recibió de ellos. Le bastan esas dos. Con los años intentaría prolongarlas en la educación de sus propios hijos, añadiendo el cariño y una consideración hacia los demás que aparece constantemente cuando habla de su manera de entender la vida.
Su padre, Andrés, marinero, tenía mucho ‘angel’, pero se ausentaba de casa debido a su duro trabajo, unas veces en ‘mareas’ de un par de semanas, otras de cinco o seis meses. Recuerda el nombre de algunos de los barcos que esperaba a su llegada al puerto onubense, el ‘Juanito Concepción’, el ‘Punta del Sebo’,…
Se vinieron a Huelva capital siendo Andrés muy chico, y la madre ocupaba ese lugar tan especial en las familias que han formado parte del sacrificado mundo de la pesca. Juana, lepera, «sin tener se preocupaba por los que no tenían«, proclama con admiración y orgullo su único hijo varón. Andrés tuvo tres hermanas, Juana, Julia y María Dolores. La presencia de las dos primeras le permite hoy seguir disfrutando de parte de su familia original.
Esa educación recibida en valores, práctica, con el ejemplo, se conecta con algo que resulta especialmente revelador, descubrir qué habría querido ser si su trayectoria hubiese seguido otro camino. Le habría gustado ser maestro de escuela. No tanto por enseñar una materia determinada como por algo que considera mucho más importante: poder transmitir valores.
Aunque la vida no lo llevara profesionalmente hasta un aula, porque ha sido policía -otra profesión de servicio-, esa preocupación por transmitir una determinada forma de conducirse aparece continuamente en sus respuestas. No se trata de grandes formulaciones, sino de principios que considera aplicables a la convivencia diaria.
Como policía Andrés estuvo en un área muy especial, el de violencia de género, protegiendo a mujeres con orden de alejamiento. Una labor que recuerda con satisfacción por el deber cumplido, en la que pudo conocer para ayudar a víctimas de malos tratos.
«No le deseo mal a nadie y procuro respetar a todos«. Así se define cuando se le pide que hable de sí mismo. La respuesta conecta directamente con aquellos dos principios aprendidos de sus padres y también con los que después ha tratado de trasladar a sus hijos: educación, respeto hacia los demás y cariño. A sus hijos los califica como maravillosos, Elena, Andrés y Marcos. Brillantes profesionales y, lo más importante, buenas gentes. En ello, además de Andrés el Lepe, está claro que mucho ha tenido que ver su mujer, Elena. Así lo expresa, declarando que ella si que es buena gente.
En la propia formación de Andrés hubo también personas ajenas a la familia que dejaron una marca profunda. Entre ellas señala especialmente a Francisco Girón, de quien recuerda haber aprendido mucho y, particularmente, una enseñanza que vuelve a aparecer a lo largo de todo su relato: el amor hacia los demás. Vivió sus últimos Cursillos de Cristiandad que, como otros anteriores, dejaron una huella profunda en él.
Cita a otros buena gente que le han influido, Nati de la Torre -fallecida tristemente en el accidente de Adamuz, coordinadora de aquel último Cursillo de Paco Girón-, Cristóbal Gangoso, el cura Teodoro, o La Moni de Huelva… «Antonio todavía sigue haciendo cosas buenas allí desde el cielo -afirma con una sonrisa-«.
Sus amigos hoy piensa que se merecen el premio para el que está nominado. Mario Garrido, Juan Camacho, Eli, María José,…
Su forma de entender las relaciones humanas se refleja igualmente cuando se le pregunta qué cualidades aprecia especialmente en una persona. Habla de colaboración, capacidad para compartir, respeto y disposición para ayudar a quien pueda necesitarlo.
Su concepto de lo que significa ser “buena gente” sigue exactamente la misma dirección. Consiste en llevar una vida asentada sobre valores humanos, hacerlo desde la humildad y estar a disposición de quien pueda necesitarte.
No habla, por tanto, de realizar acciones extraordinarias. Habla de estar disponible, de mirar alrededor y de actuar cuando las circunstancias permiten echar una mano.
Y probablemente sea al referirse a la felicidad cuando consigue reunir con mayor claridad todas esas convicciones.
Su horizonte es el de «ser noble», expresión con la que obviamente no se refiere a ninguna consideración social, sino a una nobleza de comportamiento: no querer mal a nadie, cumplir con las propias obligaciones y procurar hacer feliz a quien necesita de nosotros.
La felicidad aparece así vinculada también a la tranquilidad que proporciona el deber cumplido. Hacer aquello que corresponde y, después, comprobar si existe alguien a quien podamos ayudar.
Siempre, eso sí, dentro de las propias posibilidades. Porque tampoco plantea la ayuda como una obligación imposible ni como una exhibición de generosidad. Se trata de compartir aquello que uno tiene y puede ofrecer.
Y ahí surge probablemente la frase que mejor resume su pensamiento: «Dar gratis lo que Dios me dio gratis».
En apenas unas palabras cabe una forma de concebir la relación con los demás. Lo recibido no se contempla únicamente como algo propio, sino también como algo susceptible de ser compartido. Puede ser tiempo, ayuda, cariño, respeto, experiencia o simplemente disponibilidad.
Quizá por eso aquel deseo de haber sido maestro resulte tan coherente con el resto de sus respuestas. Aunque la vida no lo llevara a una escuela, permanece en él esa preocupación por transmitir valores.
Amor y respeto, los que recibió de sus padres. Además de aquellos, educación y cariño, los que procuró trasladar a sus hijos. Colaboración y ayuda, los que ofrece a los demás. Humildad y nobleza, los que sitúa en su propia concepción de la vida.
Al final, su idea de una existencia bien vivida parece resumirse en poder mirar la propia conciencia con la tranquilidad del deber cumplido, no haber querido mal a nadie y haber ayudado, dentro de sus posibilidades, a quien encontró en el camino.
Y si algo bueno se recibió gratuitamente, devolver una parte, también gratis, a los demás.
Fotos: Edith-HBN.
Los premios Buena Gente de Huelva son promovidos por la Fundación Cajasol y Huelva Buenas Noticias. Tienen por objeto difundir modelos de generosidad, entrega, honestidad, servicio a los demás, valores humanos, independientemente de las actividades o ámbitos de las personas, de su notoriedad o anonimato. Homenajear a los buena gente es el propósito de estos premios, refrendados a nivel popular.















8 comentarios en «Andrés el Lepe: «dar gratis lo que Dios me dió gratis»»
Tuve la suerte de disfrutarlo en Punta Umbría y poster
Conozco Andrés desde cuando éramos jóvenes parábamos en Viaplana en el bar de Aurora con nuestro amigo Carmelo Pepito Bulerías y un servidor llegamos a cantar en la radio y nos clasificamos para la final en el cine Pescadores de Punta Umbría , también participamos en Lepe Por Sevillana y ganamos 50 duros y nos fuimos a tomar una cerveza en el Bar Fernando , pero sobresalía de los demás por el arte que mi compadre Andrés tenía aparte del buen corazón con todas las personas
Andrés es así de sencillo y humilde. En la Eña flamenca de Huelva, tenemos la suerte de tenerlo. Es servicial y siempre dispuesto para todo. Gran persona.
Tengo la suerte de conocer a Andrés y de ser amiga suya y de Elena desde hace varios años. Lo conocí en la Peña Flamenca de Huelva. Desde entonces no hemos perdido el contacto. Es una gran persona, con un corazón que no le cabe en el pecho.
Me ha encantado la entrevista hecha a mi padre. Siempre me ha gustado ver las fotos de esa vuelta al mundo en El Juan Sebastian El Cano. Es un orgullo sentir que es una persona tan querida, al que le gusta divertirse y que la gente se divierta con sus chistes. Te quiero papa, eres «Buena Gente».
He de decir que conocí a Andrés más profundamente en el año que compartimos luchando por conseguir el monumento a «LA MONI DE HUELVA»,conocí a un hombre bueno,humilde y de gran corazón,eso sí,cabezota y luchador por conseguir la meta que nos unió,lo mismo íbamos cantando por la calle ,que pidiendo con huchas que haciendo sorteos,lo he visto siempre dispuesto a alegrar a nuestros abuelos y sacarles una sonrisa con sus chistes y canciones en las residencias,apoyando y sacando una sonrisa a los enfermos en los hospitales,que llorando por las injusticias,eres igual de grande que altura tienes,TE QUIERO MUCHO AMIGO
Conozco a Andrés desde hace mucho tiempo. Persona buena de verdad. Nos ayudó mucho a mí marido y a mí. Estuvimos en un Cursillo de Cristiandad en la Cinta. Después hemos seguido siendo amigos. Es servicial, y se pone siempre a disposición de todo el que lo necesite. Eres grande Andrés. Te queremos mucho.
Para mí decir buena gente es decir «Andrés el Lepe » ¡porque !
Pues gracias a Dios tuve la suerte de conocer ya hace algunos años a una persona que con su sencillez y carisma consigue ayudar a quien con respeto se acerca a el.
A mí personalmente me ha ayudado mucho pues sus palabras y sus abrazos me sabido fortalecer en muchas ocasiones.
Gracias Andrés por ser tan grandísima persona.