Antonio Delgado Pinto. Da la impresión de sobrevolar los terrenos roturados por el hierro forjado, las llanuras aradas que me trasladan en un viaje inmediato y exacto a mi infancia. Casi igual de paralelas son sus besanas, casi igual de bien situados sus puntos de fuga, su línea de horizonte. Las parcelas agrícolas que desfilaban por la ventanilla en nuestros viajes por la N-630, la carretera que tantas veces recorrimos durante nuestra niñez, surgen en mi mente al contemplar estos surcos marinos. Parece que el océano conoce el campo cultivado y disfruta reproduciendo su imagen en los lugares que le son cercanos.
El mar labra con sabiduría y paciencia estas formas en los fondos arenosos que luego aparecen cuando el agua se retira. Las corrientes que se encuentran aquí, donde confluyen río y mar, van formando esta sucesión de pequeñas cordilleras alineadas. El vaivén de la marea es un artesano incomparable que cada día se toma su tiempo para dejarnos esculpidas las formas y la maravilla. Se lleva la arena y se la trae, como si no quisiese terminar su tarea, como si prefiriera quedarse toda la mañana jugando, atestiguando que en realidad le sobra el tiempo para dedicarse a este quehacer o a cualquier otro. Parece que el mar se arma de un peine gigante para peinar la arena mientras se va retirando, señala una señora mayor con la que me cruzo.
El Portil se recorta al fondo mientras camino hacia el oeste sobre estas formaciones casi paralelas, deshaciendo con mis pies el trabajo recién realizado. De cuando en cuando me vuelvo para ver mis huellas en este territorio peculiar que el océano se afana en construirnos entre cada pleamar. Entre los lomos queda el agua, el sol hace el resto.
Días de Playa. Surcos. Texto y foto: Antonio Delgado Pinto.
















