Antonio Delgado Pinto. La peña es el nombre que los autóctonos siempre hemos dado a esta torre de almenara invertida y que sin duda es la imagen que se abre en nuestras mentes al evocar el nombre de Matalascañas. Ésta es la fotografía más conocida de esta playa almonteña, la que siempre ha aparecido en cualquier publicidad y la que muchos llevamos asociada a nuestra infancia y adolescencia.
Felipe II organizó la cadena de torres de almenara de la costa de Huelva, cuyo objetivo era avisar de las incursiones piratas mediante un fuego de aviso encendido en su terrado superior. Sin embargo, no estuvieron terminadas hasta bien avanzado el siglo XVII. Eran los tiempos de la impunidad y los saqueos, de la defensa de lo propio y en algún caso de las huidas tierra adentro intentando salvarse de la escabechina y del secuestro.
Al igual que ocurre en el resto de atalayas de nuestra costa, el atardecer es la hora de esta torre llamada de la Higuera. Es entonces cuando los últimos estertores del sol desde el poniente extraen los relieves del muro troncocónico y los muestran a los bañistas rezagados, mientras el oleaje azota a este viejo vigilante de piedra caído sobre sí mismo.
Llegar hasta aquí nadando en los grandes aguajes e introducir los dedos en los espacios vacíos y las oquedades esculpidas por el paso de los años es tarea satisfactoria. Historia con mayúscula se palpa entonces en sus relieves desgastados por el tiempo.
Nueve quedan en nuestra costa onubense en distinto grado de conservación, más los cimientos de las almenaras de Asperillo y Marijata. Algunas más llegaron a levantarse, según los estudios de los expertos más avezados, nuestros paisanos Antonio Mira y Juan Villegas, de las que no quedan otras referencias que las escritas.
Días de Playa. Almenara. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.














