Antonio Delgado Pinto. Aunque no es su apelativo oficial, El Cruce es el nombre por el que muchos conocemos esta playa inmensa delimitada por el océano Atlántico al sur y por una extensa masa de pinos al norte. Nada hay aquí construido por el hombre, excepto unos cuantos chiringuitos que se desmontan en otoño y una abandonada caseta de la Cruz Roja de la que ya escribí hace algunas semanas. Nada tiene que ver este lugar con esos litorales sobre los que ha surgido el hormigón, las viviendas de verano y el ocio. Aquí el aporte de arena de los vientos y las mareas, a los que no son ajenas las aguas de la desembocadura del río Piedras, construyen cada año y cada día las islas y las penínsulas, las golas y los canales que hacen que esta playa sea siempre diferente a la del día anterior.
Es aquí, en esta enorme llanura de agua que hay entre dos islas arenosas donde ha anclado esta noche este capricho. Lo he visto desde bastante lejos y me he aproximado sin saber muy bien hacia dónde me acercaba, pero teniendo ya la palabra ‘capricho’ entre la lengua y el paladar. El diccionario dice de este vocablo que es una decisión sin razones producto de un antojo o del gusto por lo original o extraño. Eso es precisamente lo que he pensado al ver esta nueva extravagancia que el mar ha traído y ha dejado en medio del agua, como una bailarina haciendo un nuevo paso de baile. Por cierta conexión de ideas, he recordado los Caprichos del maestro Goya, esa colección de grabados que hemos tenido ocasión de ver no hace mucho en El Comercial. También Rimski-Kórsakov o Gaudí, como autores de otros caprichos diferentes, han acudido a mi mente en ese momento.
Es curioso cómo cualquier hallazgo puede desencadenar una transmisión de ideas o recuerdos. Esta conexión de elementos aparentemente dispares es el misterio que el planeta esconde a cada paso, la magia que la vida nos regala día a día.
Días de Playa. Capricho. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.














