Adolfo Morales. Me encanta Europa. Lo descubro cada vez que suena una canción de Èlise de Lune, de Zaz o de aquellos clásicos incombustibles. También cuando regreso a las películas de Luchino Visconti o Federico Fellini, a El Gatopardo, La Dolce Vita o Amarcord, donde el realismo y el sueño conviven con una naturalidad que parece imposible. Europa es eso: una conversación interminable entre la belleza y la memoria.
Podría seguir viajando sin moverme del sillón. Escuchar a los portugueses Madredeus mientras el aroma de un café de Oporto acompaña un pastel de nata recién hecho. Caminar por las calles empedradas de Cracovia recordando a Frédéric Chopin, detenerme ante el bosque de Bialowieza, perderme en la serenidad medieval de Tallin, en los bosques de Letonia o frente a la colina de las Cruces de Lituania en Vilnius. Después levantar la vista hacia los fiordos noruegos, los volcanes islandeses, los lagos de Finlandia o los bosques interminables de Suecia. Y volver siempre al Mediterráneo, ese mar que más que separar pueblos los ha obligado a entenderse y a intercambiar cultura desde hace miles de años.
Cada rincón conserva su manera de mirar el mundo. Ninguno necesita parecerse al otro. Precisamente ahí encuentro la mayor riqueza de Europa: haber construido una identidad sin borrar los acentos de quienes la forman.
Quizá por eso me duele pensar que durante demasiados años fuimos entregando parte de nuestra soberanía económica a la especulación financiera. Muchas industrias estratégicas desaparecieron buscando una rentabilidad inmediata. Dejamos marchar fábricas, investigación, talento y conocimiento porque, al otro lado del Atlántico, había más capital,eso que llaman oportunidades. Luego compramos muy caro aquello que antes habíamos sabido imaginar y construir nosotros mismos.
El dinero nunca debería convertirse en la medida de todas las cosas. Cuando la rentabilidad ocupa el lugar de los principios, termina justificándose casi cualquier decisión. No rechazo la empresa ni la economía. Rechazo la idea de que una fábrica pueda cerrarse como quien mueve una cifra en una pantalla, sin mirar el daño que deja detrás. No me reconozco en esa Europa que acepta la precariedad, la explotación o la indiferencia como si fueran inevitables. Me reconozco en otra: una Europa que invierte en educación, en investigación, en cultura, en sanidad y en la dignidad de las personas; una Europa capaz de pensar por sí misma y de no dejarse seducir por el canto de sirenas ajenas, como hizo Ulises al hacerse atar al mástil para conservar la libertad de decidir.
Los europeos sabemos lo que significa caminar por la historia. Hemos conocido épocas de esplendor y siglos de oscuridad. Hemos combatido guerras entre hermanos, entre vecinos, entre pueblos que compartían ríos, montañas y culturas. Sabemos cuánto cuesta levantar una ciudad reducida a escombros, recomponer una familia rota o devolver la esperanza a una generación marcada por el miedo. Europa aprendió, pagando un precio insoportable, que ninguna victoria merece el sufrimiento de una guerra.
Por eso la memoria es uno de nuestros mayores patrimonios. Recordar no significa renunciar a la justicia ni confundir el perdón con el olvido. Significa mirar de frente los hechos, reconocer a las víctimas y permanecer alerta para que la barbarie no vuelva a abrirse paso.
Y precisamente porque sabemos lo que ocurre cuando el fanatismo sustituye a la razón, inquieta comprobar que, más allá de nuestras fronteras, vuelven a aparecer delirios imperiales, ambiciones desmedidas y guerras cuya explicación oficial nunca alcanza a justificar el dolor que provocan. Demasiadas veces son el egoísmo, la voluntad de dominio o la obsesión por imponer una idea los que terminan arrastrando a miles de personas inocentes. Europa no puede olvidar lo que ha aprendido de sí misma. Su mejor legado consiste en defender la paz sin ingenuidad, la libertad sin imposiciones y la convivencia entre pueblos que deciden respetarse.
Ha llegado el momento de reconstruirnos. De fortalecer la solidaridad entre quienes compartimos este continente, de proteger nuestra industria, nuestra ciencia y nuestro patrimonio. Somos herederos de las catedrales góticas, de la filosofía griega, del Renacimiento italiano, de la Ilustración, de la revolución musical británica con The Beatles, Pink Floyd o David Bowie, del fado portugués, del flamenco y de una diversidad cultural que difícilmente encuentra comparación.
Por eso vuelvo a escuchar música francesa contemporánea. Regreso al cine italiano. Saboreo un queso danés, un salmón noruego, un chocolate belga o un vino del Duero portugués. Pienso en los acantilados de Irlanda, en los viñedos del Rin, en las plazas de Praga, en las costas del Adriático y en los olivares que dibujan el Mediterráneo. Entonces comprendo que Europa nunca ha sido solamente un lugar en el mapa. Es una forma de entender la civilización. Un patrimonio construido durante siglos, lleno de errores y de conquistas morales, que merece ser defendido con inteligencia, con justicia y, sobre todo, con la convicción de que el futuro solo merece la pena cuando nadie queda atrás.
















