Adolfo Morales. Antes se decía que las Colombinas eran una feria. Ahora, para algunos, son una pasarela de egos con parcela incorporada.
Y es una lástima, porque la feria ha estado francamente bien. El tiempo acompañó, los conciertos funcionaron, las familias llenaron el recinto, los jóvenes hicieron lo que llevan haciendo generaciones enteras, apropiarse durante unos días de la noche, y los fuegos artificiales pusieron el broche que uno espera de una ciudad cuando se celebra a sí misma.
Pero siempre aparece un espectáculo paralelo. Ese que no figura en el programa oficial.
Me refiero a esa fauna tan nuestra que convierte cualquier acontecimiento colectivo en una oportunidad para promocionarse. Da igual una romería, una inauguración, una carrera popular o unas Colombinas. Ellos no van al evento. Ellos son el evento. O, al menos, eso creen.
Este año han florecido lugares donde el invitado no entra por amistad, sino por rentabilidad emocional. Allí el halago no se improvisa. Se administra. Se dosifica. Se invierte.
Porque el halago, cuando es sincero, dignifica. Cuando es estratégico, cotiza.
Hay quien reparte reconocimientos como quien reparte tarjetas de visita. Hoy te nombro. Mañana me nombras. Hoy te subo al pedestal. Mañana me sostienes el mío. Es una cooperativa del ego donde todos entran pobres de vanidad y salen millonarios de importancia.
No son amigos. Son accionistas.
Resulta enternecedor observar cómo algunos descubren, de repente, talentos extraordinarios en personas a las que jamás habían prestado atención. Qué casualidad que todos esos talentos aparezcan justo cuando conviene ampliar la parroquia de fieles.
No buscan admirar. Buscan reclutar.
Porque el objetivo nunca es el homenajeado. El objetivo siempre es el homenajeador. El foco debe terminar girando hacia quien entrega el aplauso. El regalo nunca es gratuito. Lleva una factura invisible que algún día aparecerá encima de la mesa.
La literatura lleva siglos vacunándonos contra estos personajes. Cambian los trajes, cambian las redes sociales, cambian los lugares, pero el personaje sigue siendo el mismo: el cacique sin bastón, el salvapatrias sin patria y el líder de un ejército compuesto exclusivamente por aduladores agradecidos.
Hay personas que no quieren amigos. Prefieren testigos.
Y otras no buscan influir porque tengan algo valioso que decir. Necesitan influir para convencerse de que existen.
Lo verdaderamente cómico es que estos arquitectos del aplauso suelen sentirse extraordinariamente inteligentes. Creen mover los hilos de todo el mundo, sin advertir que ellos también bailan al ritmo de una marioneta mucho más poderosa: su propio ego.
El ego es un ventrílocuo brillante. Hace creer al muñeco que la voz es suya.
Tal vez todo esto no sea más que el ensayo general de una ambición todavía sin anunciar. Hoy un …. Mañana una asociación. Pasado una plataforma. Después… quién sabe. Hay personas que ensayan el liderazgo mucho antes de tener un cargo. Necesitan un pequeño auditorio para imaginarse en un gran escenario.
Y siempre encuentran público. O busca un trasvase al tratar de moverse con una imitación perfectamente medida.
Porque, siendo sinceros, el manipulador nunca trabaja solo. Necesita una corte encantada de sentirse elegida. Personas felices de recibir una medalla de cartón si quien se la cuelga posa después para la fotografía.
Al final todos participan en el mismo negocio. Uno compra admiración. Los otros venden obediencia a cambio de sentirse importantes durante cinco minutos.
Es un intercambio miserable, pero extraordinariamente rentable.
Dicen que el poder corrompe. Yo no estoy tan seguro. Lo que corrompe de verdad es el deseo desesperado de parecer poderoso.
Y pocas cosas resultan más ridículas que contemplar a un emperador convencido de gobernar un imperio… cuando apenas administra un corro de palmeros que aplauden esperando su turno para ser aplaudidos.
Pero…. cada cual es muy libre de elegir su papel en este sainete.
Desde la Caverna de Platón. Artículo anterior.














