MCLópez. Hubo un tiempo en el que a los futbolistas les bastaba una palabra. Amancio era Amancio. Cruyff era Cruyff. Marcelino, Marcelino. Abelardo, Abelardo. Quini, Quini. Santillana, Santillana. Y nadie parecía echar en falta una segunda palabra que aclarase de quién estábamos hablando. No hacía falta. El fútbol tenía su propio lenguaje y los futbolistas, su propio nombre futbolístico.
Ahora no. Ahora parece imprescindible pronunciar nombre y apellido. Ya no basta Bellingham: hay que decir Jude Bellingham. Mbappé se convierte con demasiada frecuencia en Kylian Mbappé. Y donde antes el narrador habría resuelto la identificación del protagonista de la jugada con una palabra, ahora parece sentirse obligado a emplear dos.
No termino de encontrarle la utilidad.
Entiendo, naturalmente, que al presentar una alineación, al introducir por primera vez a un jugador o cuando pueda existir alguna confusión sea oportuno utilizar su nombre completo. Es lo normal. Pero una vez sabemos quién está jugando, ¿qué información adicional proporciona repetir veinte veces nombre y apellido durante un partido?
Ninguna.
Y no hace falta acudir al fútbol de las grandes estrellas para comprobarlo. Basta mirar, por ejemplo, los fichajes del Recreativo de Huelva para esta temporada. La relación publicada incluye a Fernando Padilla, Charbel Wehbe, Roan Riera, Mikel Montero, Nacho Ruiz, Iván Benito, Mateo Izaguirre, Juan Antonio Segura, Hugo López, Ale Marín, Matías Chavarría, Pol Prats, Samu Cortés y Leandro Martínez.
Ahora imaginemos una retransmisión del Recre dentro de unas semanas. ¿Será necesario que Fernando Padilla sea siempre Fernando Padilla? ¿Que Mikel Montero sea Mikel Montero cada vez que toque el balón? ¿Que Matías Chavarría no pueda ser simplemente Chavarría? ¿O que cada intervención de Pol Prats necesite inevitablemente sus dos palabras?
Nuestros oídos de hace treinta o cuarenta años seguramente habrían hecho otra cosa. Padilla habría sido Padilla; Wehbe, Wehbe; Riera, Riera; Montero, Montero; Benito, Benito; Izaguirre, Izaguirre; Chavarría, Chavarría; Prats, Prats… Y probablemente alguno habría terminado siendo conocido por su nombre de pila o por un mote que surgiría naturalmente del vestuario, de la grada o de los propios periodistas.
Y todos nos habríamos entendido perfectamente.
Tengo una teoría algo maliciosa al respecto. Quizá tenga algo que ver con la enorme cantidad de palabras que necesita hoy el periodismo deportivo para contar relativamente pocas cosas. No afirmo que todos los periodistas deportivos actuales sepan menos que los de antes, porque sería una generalización injusta. Pero sí tengo la impresión de que la proliferación de retransmisiones, previas, pospartidos, tertulias y horas y horas de programación ha producido un lenguaje extraordinariamente inflado.
Hay que hablar mucho. Demasiado. Y se aprovechan los nombres de los futbolistas en las retransmisiones deportivas.
Cuando hay que hablar mucho aparecen las muletillas, las perífrasis y las palabras innecesarias. Donde basta Mbappé, decimos Kylian Mbappé. Siendo suficiente Bellingham, aparece Jude Bellingham. Donde bastaría Chavarría, tendremos probablemente Matías Chavarría. Dos palabras ocupan más tiempo que una y, de paso, proporcionan al narrador unas décimas de segundo para pensar qué va a decir a continuación.
Puede parecer una nimiedad. Y seguramente lo sea. Pero las pequeñas cosas también dicen mucho de la evolución del lenguaje periodístico.
Porque basta escuchar antiguas retransmisiones para percibir otra cadencia. Los futbolistas eran identificados con extraordinaria economía. Gento, Kubala, Di Stéfano, Amancio, Cruyff, Quini, Gordillo, Butragueño… Apellidos, nombres de pila o motes. Lo que mejor funcionara. Una palabra era suficiente porque el objetivo consistía simplemente en que el oyente supiera quién tenía el balón.
Además, aquellos nombres acababan adquiriendo una personalidad propia. El fútbol bautizaba a sus protagonistas. Poco importaba cómo aparecieran inscritos en el Registro Civil. Para millones de aficionados Enrique Castro González fue Quini. Carlos Alonso González fue Santillana. Edson Arantes do Nascimento fue Pelé. Y nadie necesitó mayores explicaciones.
Quizá hoy exista también una influencia de las bases de datos, las redes sociales, los videojuegos y la internacionalización del fútbol. El jugador se convierte en una marca y nombre y apellido forman parte del producto. Puede ser. Pero una retransmisión deportiva no es una ficha administrativa ni una búsqueda en internet. Es un relato oral y, como tal, debería aspirar a la precisión, al ritmo y a la economía del lenguaje.
La mejor demostración aparece cuando el partido se acelera. En un contragolpe vertiginoso desaparecen milagrosamente los nombres completos. El narrador ya no dispone de tiempo para tanta ceremonia y vuelve a lo elemental: Vinícius, Bellingham, Mbappé. Una palabra. Y todos sabemos perfectamente de quién habla.
Es decir, cuando el lenguaje necesita ser eficaz, el propio fútbol corrige el vicio.
Tal vez esté exagerando y todo esto no sea más que una pequeña manía de quien lleva demasiados años escuchando fútbol. Pero sigo prefiriendo aquella sencillez. El jugador tenía un nombre reconocible y el periodista no necesitaba adornarlo.
Antes al futbolista le bastaba una palabra.
Ahora parece que al periodista le hacen falta dos.
Nombres de los futbolistas en las retransmisiones deportivas.
















