Hablemos de ‘El Drama’ con M. D. Castelló

En esta entrega nuestra sección de cine hablamos de El Drama protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson

Hablemos de 'El Drama' con M. D. Castelló

M. D. Castelló. En los últimos años se ha instalado la idea de que una película adquiere mayor prestigio cuanto menos recurre a los efectos digitales. Es un argumento de marketing tan eficaz como engañoso. La inmensa mayoría de producciones que se estrenan cada año apenas utilizan CGI, y reducir el valor de una obra a la cantidad de efectos prácticos que contiene termina desviando la atención de lo verdaderamente importante: la historia que cuenta y la forma en que se cuenta. Esa obsesión por el espectáculo visual dice más del modo en que consumimos cine que del propio estado del medio.

En ese contexto llega El Drama (2026), la tercera película del noruego Kristoffer Borgli. Tras Sick of Myself (2022) y Dream Scenario (2023), el director regresa con su segunda producción estadounidense, protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson. Rodada sin imágenes generadas por ordenador ya que lo realmente destacable es que Borgli vuelve a demostrar que su mayor virtud está en la escritura y en su capacidad para diseccionar las zonas más incómodas del comportamiento humano.


Protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson

Su cine ha construido una identidad muy reconocible. Sus protagonistas suelen ser personas profundamente vulnerables, atrapadas en circunstancias que los empujan a mostrar sus peores impulsos. Borgli no juzga a sus personajes, pero tampoco los protege. Prefiere observar cómo la fragilidad, el egoísmo o la necesidad de aceptación afloran en situaciones que, pese a su aparente exageración, resultan inquietantemente cercanas.

La premisa de El Drama no parece especialmente novedosa en un primer momento, pero el relato encuentra su verdadero punto de inflexión al final del primer acto. A partir de ahí, la película cambia radicalmente de dirección y convierte lo que parecía una historia convencional en un estudio psicológico mucho más complejo de lo que cabría esperar.

Se trata de una película profundamente apoyada en el diálogo. Las conversaciones son el auténtico motor dramático de la narración y permiten que los personajes se definan a través de sus contradicciones, sus silencios y sus intentos de justificarse. Borgli construye un relato donde la tensión nace menos de los acontecimientos que de la incapacidad de sus protagonistas para enfrentarse a sí mismos.


Lenguaje dinámico

En su puesta en escena pueden apreciarse ecos del nuevo cine británico surgido a finales del siglo pasado. No tanto por los temas que aborda como por el uso expresivo del montaje y del movimiento de cámara, recordando en algunos momentos a la energía visual desarrollada por cineastas como Danny Boyle, Guy Ritchie o Edgar Wright. Borgli adopta parte de ese lenguaje dinámico, aunque lo pone al servicio de una propuesta mucho más contenida y amarga.

Su mirada sigue siendo esencialmente europea. El humor negro aparece de forma puntual, siempre medido y nunca invasivo, mientras que las interpretaciones transmiten una naturalidad cuidadosamente construida. La tensión no depende de grandes estallidos dramáticos, sino de pequeños gestos, miradas y conversaciones que van estrechando el cerco alrededor de los personajes.

Desde un punto de vista formal, El Drama podría definirse como una obra minimalista. Los escenarios son escasos, el ritmo rehúye cualquier artificio y el número de personajes es reducido. Sin embargo, esa austeridad juega a favor de una historia cuyo verdadero peso recae en las ideas que plantea. Cuanto menos muestra, más espacio deja para que el espectador complete el sentido del relato.

‘Evolución emocional de los protagonistas’

El guion destaca por la precisión con la que encadena sus secuencias. Las subtramas nunca se perciben como elementos accesorios, sino como piezas indispensables para comprender la evolución emocional de los protagonistas. Incluso las breves incursiones oníricas encuentran una justificación narrativa y se integran con naturalidad dentro del conjunto, demostrando la creciente confianza de Borgli en su propia voz como cineasta.

Como ya ocurría en sus trabajos anteriores, el desenlace puede resultar frustrante para quienes esperan respuestas claras. Este director prefiere formular preguntas antes que ofrecer conclusiones cerradas. Sus películas rara vez buscan satisfacer al espectador; aspiran, más bien, a incomodarlo y obligarlo a prolongar la reflexión una vez abandonada la sala.

No es casualidad que los personajes sufran con tanta intensidad. Uno de los principios fundamentales del guion consiste en poner obstáculos constantes frente a quienes protagonizan la historia, y Borgli lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias. El resultado dista mucho de una historia romántica convencional, de ahí la maestría del título de la película mostrado ante la imagen de los dos protagonistas en poses que rezuman amor incondicional.

Heridas del pasado

Precisamente por eso, El Drama es una de esas películas que crecen después del visionado. Funciona especialmente bien cuando se comparte con otras personas y se convierte en el punto de partida para conversar sobre aquello que normalmente evitamos: nuestras contradicciones, las heridas del pasado o las zonas menos amables de nuestra personalidad. Ahí reside la gran parte de su fuerza.

En un panorama cada vez más dominado por la inmediatez, las polémicas pasajeras y el consumo rápido de imágenes, resulta estimulante encontrar una película cuyo principal objetivo sea generar debate. El Drama recuerda que el cine no solo existe para entretener, sino también para cuestionarnos y obligarnos a mirar de frente aquello que preferiríamos no reconocer de nosotros mismos. Ese es, probablemente, el mayor logro de la nueva película de Kristoffer Borgli.

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