Adolfo Morales. Los griegos entendían el mito como un relato extraordinario que trascendía a las personas para explicar el mundo, los grandes valores y las pasiones humanas. Prometeo, Ulises, Heracles, Antígona o Edipo no eran célebres porque frecuentaran el lugar adecuado o porque fueran amigos de los dioses; lo eran porque sus actos, sus virtudes y también sus tragedias los elevaron a una dimensión simbólica. El mito no era un título concedido por un círculo de influencia, sino una consecuencia de los hechos que protagonizaron y de lo que representó para la memoria colectiva.
Sin embargo, en el mundo occidental contemporáneo, hemos transformado el significado de la palabra. Hoy llamamos «mito» a quien admiramos, a quien consideramos excepcional o a quien ha dejado una huella profunda en una disciplina. Hasta ahí, la evolución del lenguaje resulta natural. El problema aparece cuando confundimos la admiración interesada con la categoría de mito, y la proximidad con la grandeza.
Vivimos con una curiosa obsesión por escalar posiciones en una jerarquía social invisible. Existe una pulsión constante por abandonar los escalones inferiores y acercarse, aunque solo sea simbólicamente, a la cúspide. Muchas personas parecen sentir la necesidad de aproximarse a aquello que identifican con el éxito.
De ahí nace la necesidad de fotografiarse con el personaje de moda, acudir al local de moda, beber la cerveza de moda, frecuentar los ambientes de moda y codearse con quienes aparentan vivir cerca de un supuesto Olimpo contemporáneo, incluidos supuestos actores de la cultura más depurada, la intelectualidad de provincias que siempre es tan agónica. Un Olimpo que, con demasiada frecuencia, no es ni universal ni extraordinario, sino simplemente local y, en ocasiones, profundamente cateto.
Resulta llamativo comprobar hasta que punto algunas personas construyen una identidad basada en parecer antes que en ser. Adoptan el lenguaje del grupo, los gustos del grupo y hasta las opiniones del grupo, como si la cercanía física a una determinada «élite» pudiera contagiarles su prestigio. Pero cabe preguntarse qué revela realmente ese personaje impostado cuya presencia dentro del grupo no responde a una aportación equiparable a la del resto. ¿Qué éxito simboliza aparentar pertenecer a un lugar que no se ha conquistado por mérito propio? Un éxito aparente que, con frecuencia, termina siendo la expresión más prosaica de la vanidad.
Algo parecido sucede con la fabricación de los llamados «mitos» locales. Basta con haber compartido amistad, parentesco o colaboración profesional con una figura conocida para que algunos pretendan elevarla inmediatamente a la categoría de mito. Como si la proximidad otorgara autoridad para canonizar una vida.
Pero no toda admiración convierte a alguien en mito. Tampoco toda colaboración merece un pedestal. En muchas ocasiones esas relaciones respondieron simplemente a una actividad profesional remunerada, no a una entrega desinteresada.
Yo suelo distinguir entre quien hace algo únicamente por la compensación económica y quien lo hace impulsado por una necesidad interior, por pasión o por convicción. Del mismo modo, distingo entre quien crea con el esfuerzo que nace de rascarse el bolsillo y asumir sus propias limitaciones, y quien dispone de presupuestos públicos o del respaldo de un sistema que le permite emprender proyectos con recursos ajenos. Porque el mérito también reside en las condiciones desde las que se alcanza. La diferencia bien es verdad consiste entre sentirse profundamente libre o profundamente agradecido de por vida. Es cuestión de cargas y de servidumbre.
Nadie suele convertir en mito al excelente pintor «de brocha gorda» que, con un magisterio admirable, pinta cada día por encargo y cobra justamente por su trabajo como cualquier otro profesional. Su talento merece reconocimiento, sin duda, pero la categoría de mito exige algo distinto: una obra que trascienda su tiempo, una influencia que sobreviva a las generaciones y una capacidad para transformar la mirada de una sociedad y eso es extensible a cualquier magisterio, destreza o virtuosismo.
Los mitos auténticos no se diseñan en un despacho, ni en una institución, ni entre amigos que se aplauden mutuamente. No nacen de campañas de promoción ni de homenajes recíprocos. Los mitos fabricados difícilmente llegan al Olimpo porque están construidos sobre una necesidad de reconocimiento inmediato. Arden pronto en su propia artificialidad y el olvido llama rápidamente a la puertas.
El verdadero mito, en cambio, suele caminar solo. Se expone al juicio de su tiempo sin garantías de éxito. Se construye capítulo a capítulo, obra tras obra, fracaso tras fracaso. No necesita que un grupo lo proclame extraordinario, porque son los hechos, la historia y la memoria colectiva quienes terminan otorgándole ese lugar.
Quizá por eso convenga distinguir entre el mito y la exaltación gratuita. Entre la leyenda y la propaganda. Entre el reconocimiento que concede el tiempo y el aplauso interesado del presente, entre la retroalimentación de «favores y compromisos» y la dignidad del silencio.
Los grupos que viven de retroalimentarse terminan cerrándose sobre sí mismos. Envejecen, se vuelven previsibles, repiten los mismos nombres y confunden la fidelidad con el talento. Acaban construyendo pequeños olimpos domésticos donde todos se proclaman imprescindibles para los demás. Y mientras tanto los demás miran hacia otro lugar.
Prometeo robó el fuego a los dioses; Ulises desafió mares y monstruos para regresar a casa; Heracles conquistó la inmortalidad a fuerza de sacrificio. Ninguno de ellos fue un mito porque alguien decidiera llamarlo así. Lo fueron porque el tiempo convirtió sus actos o sus obras en memoria colectiva.
Belerefonte preso de un orgullo desmedido, montó sobre Pegaso, el caballo alado , y pretendió subir hasta el Olimpo, un pequeño tábano enviado por Zeus, picó al caballo y éste encabritado derribó al héroe que cayó a tierra. Magullado, lisiado y desacreditado, estuvo condenado a deambular de por vida con tal desonrra.













