Adolfo Morales. Hay una extraña prisa por sonreír. Una necesidad casi enfermiza de demostrar que todo va bien, de convencer al mundo —y quizá de convencernos también a nosotros mismos— de que habitamos una felicidad constante. Como si la vida fuese un escaparate siempre iluminado donde no hubiera espacio para la oscuridad.
La vida también es una mañana de dudas, una tarde de silencio, una conversación que no encuentra las palabras, una nostalgia que aparece sin permiso, un fracaso que nos obliga a empezar de nuevo. Es el cansancio, la incertidumbre, el miedo, la espera. Pero también la calma, la esperanza y esa alegría discreta que no necesita anunciarse para ser verdadera.
No dudo de la felicidad de quienes sonríen. Ojalá haya muchas razones para hacerlo y sean constantes y duraderas. Lo que me pregunto es si hemos terminado confundiendo la felicidad con la obligación de parecer felices. Como si cualquier emoción distinta debiera permanecer escondida entre bastidores.
Las redes sociales nos han acostumbrado a una sucesión ininterrumpida de momentos extraordinarios. Todo parece memorable. Todo parece un éxito. Todo parece digno de un aplauso inmediato. Mientras tanto, la inmensa mayoría de nuestras vidas transcurre en la belleza silenciosa de lo cotidiano, lejos de los focos, donde suceden las cosas que realmente nos sostienen.
No todos los meses traen un gran acontecimiento. No todas las semanas guardan una fotografía inolvidable. Y no pasa absolutamente nada. Tal vez el verdadero privilegio consista en preparar un café sin prisa, escuchar una voz querida, contemplar la lluvia desde una ventana o regresar a casa con la sensación de haber vivido un día sencillo en busca simplemente del aire acondicionado.
El filósofo Byung-Chul Han recuerda que vivimos en una sociedad donde la exigencia de rendimiento termina convirtiéndose en una exigencia de felicidad. Como si descansar, detenerse o simplemente reconocer la fragilidad fueran signos de fracaso, cuando quizá son las expresiones más honestas de nuestra condición humana.
Y la socióloga Sherry Turkle nos advierte de que, mientras cultivamos versiones impecables de nosotros mismos en las pantallas, corremos el riesgo de alejarnos de las conversaciones verdaderas, esas en las que no hace falta fingir porque uno puede mostrarse exactamente como es.
Quizá haya llegado el momento de reconciliarnos con la normalidad. De dejar de perseguir una colección infinita de instantes extraordinarios y aprender a querer los días que no pasarán a la historia. Porque son esos días los que, al final, construyen una vida.
Sonreír es hermoso. Pero también lo es pensar, callar, llorar, dudar, esperar y volver a empezar. Ningún sentimiento sobra cuando nace de la verdad.
Tal vez la mayor felicidad no sea la que se exhibe, sino la que se vive sin necesidad de demostrarla. Esa que florece en silencio, lejos del ruido, y que permanece cuando se apagan todas las pantallas.
Las redes han adormecido una parte esencial de nosotros, y una sonrisa a destajo en ocasiones es solo una muñeca dramáticamente preocupante.
Resulta curioso el fenómeno,mientras la historia del arte recoge bien pocas exaltaciones de la felicidad con sonrisas, el mundo de las redes sociales ejecuta justo todo lo contrario.
Es una reflexión sin más, usted es muy dueño de mostrarse como le venga en gana, solo faltaría…













