Antonio Delgado Pinto. Llegan cada mañana entre risas y bromas. Lo primero que hacen es colocarse los chalecos salvavidas. El jolgorio se detiene cuando los monitores los forman en círculo sobre la arena, con los remos a punto, para que calienten brazos y piernas, cuello y tronco. Después se dirigen en grupo a los kayaks y los arrastran hasta que los ponen a flote. Reciben las últimas instrucciones. Suben a ellos, se acomodan en los asientos y comienzan a remar hacia las islas alargadas que la geodinámica reciente ha dibujado a unas docenas de metros de la playa. Algunas veces la marea tira más que otros días, entonces la navegación se ve alterada y el rumbo cambia hacia donde va la fuerza del agua, arrastrándolos a poniente o a levante.
Disciplinados, los grumetes van hundiendo los remos en el agua acortando la distancia del tramo que queda para llegar hasta la nueva playa. Sobre el ruido del mar sobresale alguna vez una voz de mando para rectificar la ruta.
Al llegar, cual descubridores de este nuevo pequeño gran mundo, desembarcan y arrastran las embarcaciones de plástico hasta dejarlas en seco. Allí están ya los kayaks varados en la arena, mientras sus pequeños tripulantes suben la orilla escarpada y toman posesión solemnemente de las nuevas tierras descubiertas. Después hacen algún juego de equipo bajo la mirada atenta y las instrucciones de los monitores, antes de volver a empuñar los remos y hacer la travesía a la inversa.
Cada día que pasa, compruebo cómo todos van perfeccionando su tarea, haciéndose sin saberlo nuevos lobos de mar, a imagen de nuestros antepasados que, cubriendo distancias mucho mayores, se aventuraron en pos de la aventura y la leyenda hacia las civilizaciones desconocidas.
Días de Playa. Grumetes. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.
Artículo anterior.













