Antonio Delgado Pinto. Recuerdan a los que existen en las llanuras de Nazca, aquéllos que delinean figuras zoomorfas y geometrías incomprensibles, grabados antropomorfos extraños, y que nos enseñaba el doctor Jiménez del Oso en sus programas de misterio y quimeras que tanto nos maravillaban cuando jóvenes. Dos milenios nos separan de aquella civilización que utilizaba el contraste de piedras oscuras y la arena dorada del desierto peruano para crear sus imponentes geoglifos. Dos milenios y más de nueve mil kilómetros hay entre nuestra Costa de la Luz y el desierto de Nazca y Palpa, dividido en dos por la carretera panamericana y limítrofe con el océano Pacífico. Sin embargo, hay un algo trascendente que une estas líneas con los grabados de nuestras playas, el misterio de los porqués: el deseo de ofrecer el trabajo a los ojos del observador para su disfrute, el afán de perdurar en el tiempo o quizás un cierto ego humilde y anónimo.
Al igual que el desierto de Nazca, esta tarde las arenas de la bajamar son generosas en dibujos y nombres propios, en frases. Son letras e imágenes trazadas con una caña o un palo en la arena mojada, no para ser vistas desde arriba, desde un dron, desde un parapente o desde un helicóptero, sino para ser disfrutadas a pie de playa por bañistas y paseantes.
Me he detenido en este boceto marino. No podía ser de otro modo, sigue la tradición del lugar y es un barco que, efímero como las esculturas de arena, zarpará en la próxima pleamar y desaparecerá para siempre de esta playa donde ha fondeado por unas horas.
Días de Playa, Trazos. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.













