Antonio Delgado Pinto. En verano los relojes se mueven a un tempo más pausado. El calor de las horas centrales del día licúa la sangre y se aplazan muchos proyectos. Por el contrario, en el ritmo vertiginoso de las otras estaciones se intuyen horarios de trabajo, de escuela y de instituto, de tráfico en la ciudad, de prisas y de compras. Cualquiera de estas expresiones anteriores invitan menos a abrir un libro a y zambullirse en su lectura. Sin embargo, cuando llega el verano la medida del tiempo se ralentiza, a veces hasta límites insospechados. En el estío suceden la siesta, el tardeo seguido del trasnocho y las amanecidas, más tarde de lo habitual, desmarcadas de despertadores.
También el verano es un buen momento para leer o, por mejor decir, para leer más que durante el resto del año. No hay más que echar un vistazo a los playeros bajo las sombrillas o a los que están tumbados en las toallas sobre la arena. A pesar de que los móviles y la inmediatez de las redes sociales son un serio competidor a la lectura, reconforta ver que la literatura no ha sucumbido al progreso. La tranquilidad que aporta el ir y venir del oleaje hace que leer en esta época del año sea algo que nos sigue atrayendo a muchos.
Este verano estoy releyendo La Insolación, una novela que leí por primera vez un verano de hace mucho tiempo, cuando aún no necesitaba gafas para la presbicia, y que de vez en cuando suelo releer, preferiblemente en esta época de vacaciones y calor. Carmen Laforet situó la acción en la playa imaginaria de Beniteca. Las páginas de esta novela están impregnadas de adolescencia y libertad, de amistad y de primeras relaciones. Sus tres personajes principales son apenas tres siluetas bajo un sol inflamado de verano en la portada que Bartolomé Liarte diseñó para el Círculo de Lectores, precisamente la edición que leí con apenas dieciséis años y que ahora he vuelto a coger de la biblioteca de mis padres.
Lecturas de Verano. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.
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