Antonio Delgado Pinto. Retando al vértigo y a la edad, he trepado hasta lo más alto de esta vieja construcción con la idea de tomar un par de fotografías de la inmensidad atlántica, el gran azul, el arco del horizonte, un elemento geométrico que expresa mejor que ningún otro la redondez de la tierra, la esfericidad del planeta, los movimientos celestes de la galaxia, imperceptibles para nosotros, simples actores secundarios del evento.
Arriba me aguardaba una sorpresa. Ahí estaba sobre el terrado superior cuando al fin he conseguido encaramarme a la parte más alta. Después de observarme fijamente y advertir la cámara de fotos que llevo colgando del cuello, ha vuelto la mirada a la lejanía, quizás sabiendo de lo inofensivo de mi visita. En su movimiento ha dejado entrever un algo náutico, un no sé qué que me ha recordado a un viejo lobo de mar, como si ella misma estuviese posada en el palo de mesana vigilando la marea, contemplando el color y el calor de esta mañana de julio o el sube y baja de la masa de agua más allá del rompeolas.
Su hábitat natural es el aire, también lo es la tierra, pero sobre todo, el mar, sobre el que planean inventándose todo un repertorio de vuelos y donde se zambullen a veces en busca de sus festines entre la fauna marina que nada cerca de la superficie.
He cambiado de idea y, en vez de encuadrar la línea que une cielo y océano en lo más lejano, he enfocado a la gaviota, al principio temiendo que se asustase y levantase el vuelo. Sin embargo, se ha quedado estática, dejándose querer, yo diría que posando y quizá sabiendo que su imagen va a salir hoy en el periódico.
Vigilancia. Días de Playa. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.













