Antonio Delgado Pinto. Aguamala es palabra nuestra. Un vocablo que utilizamos en nuestras playas, aunque también es usado en muchas poblaciones costeras caribeñas. Aguavivas las llaman sin embargo en otros lugares, también son conocidas como lágrimas de mar e incluso aguacuajadas. Cnidiarios dirán los más estudiados, quizá celentéreos. Todas ellas hacen referencia a las medusas, esos invertebrados que, ya sin vida, vienen con las mareas hasta la orilla. Su forma de sombrilla de juguete hace que todos, pero sobre todo los más pequeños, se acerquen a curiosear y a tirar conchas y piedrecitas al cadáver; mientras que otros más cándidos, como yo, se acercan para tomar alguna fotografía.
Algunas veces aparecen por docenas en las arenas de la bajamar o nadando en las aguas poco profundas, moviendo los tentáculos como si de las bailarinas de un ballet clásico se tratase y con las umbrelas alargándose y contrayéndose al mismo tempo y compás. Es una especie de pandemia, interviene entonces algún bañista cercano, asegurando lo que ya sabemos todos: que abundan en el litoral cuando las aguas son más cálidas de lo normal.
Aunque no lo parezca y a decir de quienes lo investigan, ya existían hace 700 millones de años, por lo que, como uno de los animales multiorgánicos más antiguos del planeta, compartieron escenario con los dinosaurios y otros animales jurásicos.
Ésta ha tocado mi pie sin yo darme cuenta y, después del susto inicial y del respingo posterior, me he detenido a contemplarla. Contrariamente a lo que pensé no me ha picado, debe de estar ya muerta. De pronto me doy cuenta de que hay algo peor que la picadura: los niños de las cercanías han visto mi respingo y mi sobresalto, y sus carcajadas invaden la mañana de playa.
Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.
Días de Playa.













