Antonio Delgado Pinto. Cuántas veces jugamos en nuestra infancia con estos metales preciosos, que conformaban el mayor de los tesoros de aquella antigüedad marina y guerrera y que reproducíamos domingo a domingo en las golas solitarias de Mazagón. Estas pequeñas conchas, reconvertidas en nuestras mentes infantiles en pepitas de oro, eran la fortuna que conseguíamos durante la quietud de la siesta y que luego enterrábamos en la inmensidad de la arena, trazando mapas en nuestras mentes y en la arena a fin de encontrar a la semana siguiente nuestro tesoro de Tartessos.
Su razón de ser cobraba entidad mientras contábamos los pasos justos para llegar al sitio exacto, allí donde habíamos echado arena sobre el agujero excavado con nuestras manos. Ese lugar nos aguardaría ya para siempre en esa parte de la duna nunca más encontrada por nosotros, a pesar de nuestras mediciones infantiles y nuestros mapas en la arena mojada de la bajamar. La historia y la leyenda de Tartessos, aquella civilización que basó su economía principalmente en la metalurgia, alimentaban nuestra fantasía.
En aquella época y a nuestra corta edad apenas sabíamos que los tartesios vivieron en nuestras costas. Hoy día sabemos algo más, aunque no demasiado. Sabemos que probablemente la confluencia de los ríos Odiel y Tinto, Saltés y la propia ciudad de Huelva fueron los lugares donde se asentó este pueblo adelantado para su época, del que hablaron los historiadores griegos Hecateo, Tucídides, Anacreonte y Herodoto, y cuyo legendario caudillo fue Argantonio. El hombre de la plata, Argantonio, el rey más poderoso de su tiempo, contribuyó a que nuestras hazañas dominicales tuviesen nombre propio, aunque en nuestras invenciones de niños lo mezclásemos continuamente con otros gobernantes fenicios, griegos o romanos conformando nuestra propia mitología infantil.
Texto y foto: Antonio Delgado Pinto.
Tartessos. Días de Playa.














