Antonio Delgado Pinto. No hay lugar en el que mejor se compruebe la esfericidad del planeta que cerca del mar. La curva del horizonte delata la redondez de los cuerpos celestes y los astros en el devenir del firmamento, la propiedad curva del globo terráqueo. ¿Quién fue el primero que reparó en el barco desapareciendo tras la línea que separa cielo y tierra? ¿Quién se dio cuenta de que dejaba de ver el casco antes que los mástiles y el velamen? Pitágoras escribió sobre la armonía de las esferas y trescientos años más tarde Aristóteles corroboró sus palabras en su obra De Caelo. Desde entonces astrónomos y filósofos han coincidido en asegurar el carácter esférico de nuestro planeta y de los que lo rodean. Aunque hubo que esperar a la primera circunnavegación del globo de Magallanes y Elcano para tener la constancia de que la teoría era real.
Observo de nuevo el horizonte y otros nombres como los de Colón, De la Cosa o Vespucio me vienen a la memoria y aquel siglo XVI que debió de ser una épica sólo apta para valientes o locos, gentes arrojadas cuyos desvaríos debieron de ser notables sobre todo para familiares y vecinos. Carabelas, naos, galeones, bergantines… cruzaron a partir de entonces los mares para llevar y traer el idioma y el progreso; también para trazar los mapas y las rutas, las cartas marinas donde ubicar especias y tejidos, metales y piedras preciosas, las novedades de las culturas remotas, los descubrimientos que día a día iban ampliando el mundo conocido. En todo ello no hubo papel más primordial que el que tuvo Huelva y el que representaron los marinos onubenses.
Horizonte, Días de Playa.
Foto y texto: Antonio Delgado Pinto













