Antonio Delgado Pinto. La retama y el olvido han sepultado las paredes que un día fueron blancas. La torreta, en la que hubo una cruz roja, sobresale de la mancha verde que la naturaleza ha ido extendiendo en sus alrededores y con la que ha ido enterrando año a año casi toda la edificación. Más arriba queda el pequeño mástil donde la bandera verde, amarilla o roja indicaba a los domingueros de aquella época si el baño estaba permitido, permitido con cuidado o totalmente prohibido. Nada queda de ninguna de aquellas banderas, como tampoco queda nada de la caseta aunque siga en el mismo sitio donde se construyó a principios de los años setenta. Solo cemento y ladrillos persisten de aquel edificio que presidió esta playa durante años, como un vigilante perseverante y encalado.
En la parte alta, la cruz roja es apenas un atisbo. Por una simple asociación de ideas, me viene ahora a la memoria la imagen de Henri Dunant, su creador e impulsor, con sus enormes patillas y su corbata de lazo, tal como lo esculpió Luc Jaggi en bronce, el busto que tantas veces vi entre la place Neuve y la Rampe de la Treille durante mi época ginebrina.
El círculo es más vicioso que nunca: lo que abandonamos deja de servirnos y lo que no nos sirve, lo abandonamos sin pudor. La playa es ahora otra que cuando se construyó la caseta hace cinco o seis décadas. Años de aguajes y vientos foreños han acumulado tanta arena delante del pequeño edificio que la construcción de salvamento ha quedado muy alejada de la línea litoral. Ahí está, alzándose solitaria sobre las retamas que han surgido alrededor, alejada de todos como una niña que se hubiese quedado sin amigos.
Salvamento. Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.
Días de Playa.













