Antonio Delgado Pinto. Coronan la duna y he venido a olerlos, a verlos de cerca. Mentira parece que crezcan tan verdes, tan henchidos de clorofila y que sean capaces de florecer en este cordón dunar tan lejos del agua. Ignoro de dónde sacan el alimento y el agua estas plantas perennes que viven contemplando el devenir del litoral, las tardes como ésta de sol y mar, los movimientos incansables de las arenas y la orografía cambiante de esta playa. Debe de ser uno de esos milagros de la naturaleza que tanto nos maravillan y asombran.
Me agacho junto a las flores y aspiro el olor que inmediatamente me transporta a los domingos veraniegos de mi niñez, a los tiempos en que aún no estaba prohibida la recolección de los lirios de mar y mi madre, después del día de playa, con los bártulos cargados ya en el coche, reunía varios manojos para llevarlos a casa. Retengo el aire en los pulmones, como si con ello quisiera atrapar para siempre uno de aquellos momentos y guardarlo en mi memoria. No hay recuerdo más exacto que aquel que proporciona el olfato o una música que de repente llega a nosotros. Suelto el aire y huelo por segunda vez este lirio de mar. De nuevo el interior del Gordini, impregnado de la magia de estas flores dunares, vuelve a mí en forma de un recuerdo veloz e impune que se desliza por todos los recovecos de mi mente. Veo a mi madre con el manojo de lirios de mar en una mano, mientras mi padre maniobra el coche y salimos de la pequeña urbanización que en aquella época era Mazagón, enfilando el camino a casa.
Foto y texto: Antonio Delgado Pinto.
Días de Playa. Lirios del mar.













