Antonio Delgado Pinto. Las pekinesas son dos. Llegan cada mañana, plantan la sombrilla, instalan sus silletas de lona y sus cachivaches para, acto seguido, entrar en el agua a chapotear, a gritar y a salpicarse una a otra. Sus risas agudas y estentóreas se prolongan por la bóveda celeste rivalizando con los chillidos de las gaviotas y crean un universo propio dentro del día de playa. Viudas, separadas, solteras… quién sabe qué intríngulis ocultan sus vidas, quién sabe qué avatares han traído los pasos de estas simpáticas señoras hasta esta playa de Huelva. Incansables, pasan gran parte de la mañana dentro del agua formando su pequeño gran bullicio y con sus pelambreras coronadas con diminutas gorras del Recreativo.
Por la tarde suelo verlas con sus vestidos veraniegos llenos de optimismo y de colores paseando por algún lugar del paseo marítimo. Podría saberse dónde están en cada momento por el volumen de sus carcajadas y de sus conversaciones surrealistas. Otras veces las encuentro tomando un helado o montando entre más risas en el carrusel instalado en la plaza. Agarrados a sus caballos de plástico y cartón y contagiados de sus jolgorios, los niños las saludan creyendo quizás que ellas dos son parte inseparable de este tiovivo anacrónico que parece sacado de una vieja película.
Sus cuerpos rechonchos, sus jaleos, sus guasas y sus cabelleras encrespadas y rojizas me han hecho otorgarles este nombre cariñoso de pekinesas, quizás como recuerdo y homenaje a otras dos pekinesas, tan parecidas a éstas, que conocí en otro tiempo y otro lugar y que, al igual que éstas, inventaban cada día el mundo en que vivían.













