Antonio Delgado Pinto. Hay una hora en la tarde en la que de repente uno se da cuenta; cuando ya las sombras que traza el sol se han vuelto frescas y alargadas, los bañistas comienzan a recoger todo lo traído, a sacar los cubitos de nieve de la nevera ya vacía, a plegar la sombrilla y a sacudir la arena. Es la tarea que marca el final de la jornada de divertimento y baño, el término del día de playa. Cambiar el bañador húmedo por la ropa seca es quizás el momento en que comienza el regreso. La playa vuelve entonces a su ser, regresan las gaviotas, los correlimos, los charrancitos y los chorlitejos, es cuando hasta el bramido de las olas parece atenuarse. También el viento, harto de soplar durante toda la tarde, ha cedido su espacio aéreo a la calma y al silencio. Algún pescador tempranero llega hasta la orilla con el horario de mareas estudiado y con su ilusión intacta, para comenzar a instalar sus cañas y sus bártulos.
He escrito que ése es el fin de la jornada de playa. No es verdad, aún queda lo más ingrato: atravesar las arenas y las retamas para llegar al coche y cargar las impedimentas. Detrás de las dunas ni siquiera quedan gorrillas, han desaparecido hace algunas horas esperando al día de mañana. Y luego la caravana y el atasco, la desesperación a veces. Aunque, de camino a la comodidad del hogar, mientras en la orilla ya ha atardecido y solo quedan las gaviotas buscando los manjares olvidados por los domingueros, ¿quién no irá pensando en el próximo día de playa?
Texto y foto: Antonio Delgado Pinto.
El regreso. Días de Playa: artículo anterior.














