Antonio Delgado Pinto. Visitar las ruinas de la almadraba de Nueva Umbría es un rito que suelo realizar a principios de cada verano. No necesito llevar más que agua, alguna fruta y la cámara de fotos para hacer la pequeña travesía que me lleve hasta allí.
Mientras remo y me aproximo a tierra, justo antes de llegar, me doy cuenta de que la antigua caseta del gasoil, situada junto al viejo muelle, ha desaparecido por completo, como también lo ha hecho el mencionado muelle, sepultado por el hormigón del nuevo. Atraco la piragua en la pequeña ensenada que hay junto a la casa del capitán, la arrastro hasta dejarla en seco y me adentro entre ésta y la alquitranadera, recién enlucida y pintada. La chimenea también ha sido restaurada. Desde entonces no hacen las cigüeñas su nido allí.
Me interno entre las manzanas de viviendas y recuerdo que vine aquí por primera vez en la década de los ochenta acompañado de los que mejor me pudieron acompañar: Toti, José Catalina y el Yila, marineros viejos y sabios de El Rompido que fueron alumnos míos como yo lo fui de ellos. Deambulando ahora por las calles de arena de esta aldea marinera abandonada y con el eco de las palabras de cada uno de ellos sonando en cada esquina, me es fácil trasladarme hasta los años centrales del pasado siglo, cuando aquí vivían casi mil personas dedicadas a la pesca del atún.
Sigo caminando y me aproximo de nuevo al pañol y a las naves de salazones y escurrido, mientras oigo el bramido del mar a mi espalda, más allá de los pinos y las dunas, en la orilla sur de esta singular península que no deja de fascinar a quien tiene la suerte de conocerla.













