Antonio Delgado Pinto. Una vez leí en un libro de Mark Twain, otro de los autores leídos en mi infancia y releídos hasta la saciedad en mi adolescencia, que las vacas pastan mirando todas hacia un mismo lugar. He observado que ocurre lo mismo con las gaviotas cuando vienen a contemplar el atardecer. Todas sin excepción se orientan hacia el mismo punto cardinal. Las vacas del Misisipi y las gaviotas de la Costa de la Luz, qué lazos invisibles unirán estos animales a tanta distancia, qué otros seres de la naturaleza tendrán semejantes habilidades y costumbres. He leído también sobre la orientación de los camellos en el desierto, la de los murciélagos o las ballenas. ¿Tendrá que ver esa capacidad de orientación de algunos animales con los astros y la galaxia o con los campos magnéticos del planeta?
Han llegado hace un rato desde quién sabe dónde y han aterrizado a unos metros delante de mí, donde se han quedado quietas y pensativas. Sin necesidad de navegador ni brújula, las gaviotas han levantado el vuelo otra vez para describir círculos concéntricos perfectos, dando varias vueltas sobre el sitio donde tengo instalada la sombrilla, quizás para hacerme ver su facilidad de ejecución, sus saberes en el vuelo. Acto seguido han aterrizado de nuevo en la arena encharcada que ha dejado la bajamar y se han quedado quietas, esperando a que el viento de poniente peine su plumaje y les transfiera parte de su poderío.
Ahí siguen en la arena aún empapada de agua, esperando a que los bañistas cojan sus enseres y caminen hasta más allá de las dunas, donde aparcaron esta mañana sus automóviles, para ellas buscar los restos de comida que hayan dejado después de la jornada de playa.












