DESDE LA CAVERNA DE PLATÓN

Mi vecino es ruso

Europa, en mi opinión, se ha equivocado al aceptar sin suficiente autonomía una estrategia exterior demasiado condicionada por Estados Unidos. Mientras Washington ha proyectado su fuerza militar en Corea, Vietnam, Irak, Afganistán, Libia o Siria, Europa ha quedado muchas veces como socio subalterno, asumiendo consecuencias que no siempre responden a sus propios intereses.

Desde la Caverna de Platón
Desde la Cueva de Platón 2Adolfo Morales. Resulta casi una obviedad afirmar que la convivencia depende, en gran medida, de la calidad de nuestras relaciones de vecindad. Un vecino que no respeta los tiempos de descanso, que genera ruido constante, acumula basura o invade de cualquier forma nuestro espacio común, convierte la vida cotidiana en una fuente de inquietud. Ese territorio compartido, aunque no siempre tenga una frontera visible, forma parte de nuestro hábitat y exige respeto mutuo.
Algo parecido sucede entre los Países. Estados Unidos ha vivido históricamente protegido por dos vecinos estables, Canadá y México. Cuando percibió una amenaza cercana, como ocurrió durante la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962, reaccionó con enorme dureza y mantuvo durante décadas una política de aislamiento hacia la isla.
Desde esta lógica puede entenderse, sin justificar la violencia, la tensión entre Rusia y Europa. Tras la desaparición de la Unión Soviética y la independencia de muchos países del Este, esos Estados tuvieron pleno derecho a decidir su futuro político. Sin embargo, la ampliación progresiva de la OTAN y de la Unión Europea hacia el espacio que Rusia consideraba su zona de seguridad alimentó una percepción de cerco. El caso de Ucrania, con los acuerdos de Minsk incumplidos o interpretados de forma contradictoria por las partes, terminó convirtiéndose en una tragedia humana entre pueblos históricamente cercanos, que esperemos pueda terminar más pronto que tarde, y en cualquier circunstancia aquellos Acuerdos de Minsk se echarán de menos.
Europa, en mi opinión, se ha equivocado al aceptar sin suficiente autonomía una estrategia exterior demasiado condicionada por Estados Unidos. Mientras Washington ha proyectado su fuerza militar en Corea, Vietnam, Irak, Afganistán, Libia o Siria, Europa ha quedado muchas veces como socio subalterno, asumiendo consecuencias que no siempre responden a sus propios intereses.
La paradoja es evidente: con China, pese a ser una potencia comunista y autoritaria, se mantienen relaciones comerciales y diplomáticas intensas; con Rusia, en cambio, se ha levantado un muro político, económico y emocional. Tal vez Europa deba recuperar una diplomacia propia, realista y firme, pero orientada a la convivencia. No se trata de justificar agresiones ni de negar responsabilidades, sino de comprender que ningún continente puede construir seguridad permanente dando la espalda a un vecino tan cercano.
¿A quien interesa por tanto esta beligerancia constante entre Europa y Rusia?
Desde la Caverna de Platón, «mi vecino es ruso».

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