Antonio Delgado Pinto. Una vez escribí que el mar es un espejo infalible. Efectivamente, el mar se nos aparece cada mañana de un color diferente, de una textura distinta, según el humor con el que ese día se haya despertado el cielo, como si cada jornada un pintor diferente lo hubiese plasmado con pinturas desiguales y en lienzos distintos. ‘El agua especular que imita el otro azul en su profundo cielo…’, dejó escrito Borges refiriéndose a esta magia de los espejos.
La masa de agua nos devuelve una copia ondulada y algo difusa de cuanto se mueve en la bóveda celeste; pero también reflecta la imagen de los paseantes, de los que toman el sol bajo sus sombrillas, de los bañistas y sobre todo de los niños construyendo nuevos universos más habitables con sus cubos y con sus palas.
Reflectere, dice la etimología latina del vocablo, es decir, doblar hacia atrás, desviar. La luz golpea la superficie del agua y crea la imagen de cualquier ser cercano. La reflexión de la luz, el ángulo de incidencia o el ángulo de reflexión son terminologías que de poco valen en la contemplación de lo trascendente.
Suele suceder que alguna vez al océano también le es fácil reflejar los estados de ánimo de quien se adentra por las arenas de la bajamar y por las golas recién formadas o mete los pies en las espumas de los rompientes, esperando ese bálsamo que es el agua estallando en infinitas gotas al llegar a la arena. Ninguna otra terapia consigue apaciguar los pulsos y las ideas tanto como este vaivén del oleaje y este murmullo eterno que lo acompaña.
Foto y texto: Antonio Delgado Pinto















