Adolfo Morales. La violencia de género y la violencia vicaria son realidades demasiado serias, demasiado dramáticas y demasiado tristes como para tratarlas únicamente desde la frialdad de las estadísticas. Detrás de cada cifra hay una mujer, un hijo, una hija, una familia rota y una vida marcada por el terror. Hay mujeres que sufren maltrato físico y psicológico; hay niños y niñas que crecen entre gritos, amenazas, humillaciones y terror; y, en los casos más extremos, hay víctimas que acaban perdiendo la vida.
No existe justificación posible para quienes convierten el hogar en una cárcel. No puede justificarse la actitud de aquellos hombres con los que un día se formó una familia, a quienes se abrió la casa, el corazón y la confianza, y que después se transformaron en verdugos. Hombres que, amparados en su fuerza física o en una falsa idea de dominio, se creen dueños del espacio, de la pareja y de los hijos. Hombres que descargan su frustración mediante insultos, vejaciones, amenazas, golpes, humillaciones, incluso capaces de las atrocidades más despreciables.
Pero lo más terrible llega cuando esas mujeres, esos hijos e hijas, intentan escapar de esa cárcel del miedo y encuentran enormes dificultades para ser creídos. Es comprensible que la justicia deba actuar con prudencia, pero resulta incomprensible que exista desconfianza cuando hay informes médicos, informes sociales o señales evidentes de agresión, sufrimiento y terror. En demasiadas ocasiones, la respuesta llega tarde. Y cuando llega tarde, el daño puede ser irreparable.
Como sociedad, no podemos quedarnos quietos, sordos o mudos. Si somos testigos de una situación de violencia, también tenemos la obligación moral de actuar. El silencio protege al agresor y aumenta la indefensión de la víctima. El teléfono 016 está disponible las 24 horas para víctimas de violencia de género y también para quienes sospechen que alguien cercano puede estar en peligro.
Tal vez parte de la solución nazca en el seno familiar y en la formación académica, y tanto en uno como en otro, poner en valor: respeto, solidaridad, comprensión, igualdad, frente a la competitividad salvaje de la supervivencia. No podemos consentir actitudes de dominio, posesión, machismo o control durante el noviazgo o la incipiente convivencia. Esas señales son semillas peligrosas. Hay que pararlas mientras el tren está en marcha, antes de que la violencia se esconda tras cuatro paredes.
Por las mujeres, por los hijos e hijas y por una sociedad más justa, enseñemos que ningún atisbo de violencia, ni psicólogica, física, moral, ideológica puede ser aceptado ni consentido.
Desde la Caverna de Platón.
Mujeres y niños víctimas del horror.
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