DESDE LA CAVERNA DE PLATÓN

Hay que elegir

La desinformación, la polarización y la pérdida de referentes éticos dificultan la construcción de acuerdos duraderos. Sin embargo, sigue siendo necesario tomar posición.

desde la caverna de platón

Desde la Cueva de Platón 2Adolfo Morales. La situación internacional atraviesa un momento áspero, marcado por la pérdida de consensos que durante décadas parecían firmes y posibles. Tras la Segunda Guerra Mundial, las grandes potencias impulsaron un sistema basado en acuerdos, instituciones y equilibrios que, con todas sus limitaciones, permitió evitar conflictos globales de gran escala. Hoy, ese andamiaje muestra grietas evidentes. Las tensiones geopolíticas han vuelto a imponerse, y el lenguaje de la cooperación cede terreno al de la confrontación directa.

La lucha por la hegemonía no es nueva, pero resulta preocupante comprobar hasta qué punto se repiten errores históricos. Ningún imperio ha sido eterno, y sin embargo persiste la tentación de imponer poder sin asumir consecuencias. Como advirtió Winston Churchill: «Quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla». La frase resuena con fuerza en un contexto donde decisiones impulsivas y discursos agresivos sustituyen al análisis y la diplomacia.

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El panorama actual evidencia también un problema de liderazgo. En demasiados casos, las decisiones parecen motivadas por intereses personales, cálculos electorales o simples impulsos temperamentales. La falta de autocrítica y el uso constante de la confrontación como herramienta política generan un clima de inestabilidad permanente. No se trata solo de rivalidades entre países, sino de una degradación del debate público a nivel nacional y del respeto a normas básicas de convivencia internacional.

Para las sociedades que aspiran a ser abiertas y democráticas, este contexto supone un desgaste constante. La desinformación, la polarización y la pérdida de referentes éticos dificultan la construcción de acuerdos duraderos. Sin embargo, sigue siendo necesario tomar posición. No desde la ingenuidad, sino desde una defensa clara de principios como la legalidad, la cooperación y el respeto mutuo.

Como señaló Nelson Mandela: «La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo». Tal vez hoy esa idea deba ampliarse a la responsabilidad colectiva: entender el pasado, exigir rigor a los dirigentes y no renunciar a la posibilidad de una convivencia más justa, incluso en un escenario cada vez más complejo. Si no somos capaces de aceptar las diferencias con otros, estaremos condenados inevitablemente. Más allá de nuestros «dioses» están las personas.

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