Adolfo Morales. ¿A dónde pretendemos llegar si sólo son las bombas las que hablan en nuestro nombre? La pregunta resulta hoy más urgente que nunca. Tras años de guerra en Ucrania, el riesgo de una extensión del conflicto sigue presente y la necesidad de abrir espacios para la diplomacia se impone como una exigencia política y moral, además el escarnio al que están sometidos los ciudadanos de ambas naciones está ya fuera de lugar.No se trata de una posición marginal. Diversas personalidades europeas han reclamado públicamente en los últimos años, la necesidad de explorar vías de negociación. El presidente francés Emmanuel Macron ha defendido que no deben cerrarse las puertas al diálogo. El exprimer ministro húngaro Viktor Orbán ha pedido conversaciones directas entre la Unión Europea y Rusia para alcanzar un alto el fuego y una paz duradera. El filósofo alemán Jürgen Habermas ha sostenido que ha llegado el momento de negociar la paz, mientras que el sociólogo Wolfgang Streeck recuerda que difícilmente podrá construirse un orden de seguridad europeo estable sin Rusia. El expresidente de la Comisión Europea José Manuel Barroso ha afirmado igualmente que no habrá una paz sólida sin la participación europea en cualquier acuerdo futuro.
Desde Rusia también se han emitido mensajes favorables a la negociación. Vladimir Putin ha declarado en distintas ocasiones que Moscú está dispuesto a dialogar. El ministro de Exteriores Sergey Lavrov ha insistido en la necesidad de abordar la seguridad europea de manera integral. Dmitry Peskov ha reiterado la disposición rusa a mantener conversaciones, mientras que Dmitry Medvedev y Kirill Dmitriev han señalado que, tarde o temprano, cualquier salida al conflicto deberá incorporar fórmulas políticas y diplomáticas.
Las posiciones son diferentes y las responsabilidades históricas continúan siendo objeto de intenso debate. Sin embargo, existe un punto de encuentro evidente: ninguna guerra termina verdaderamente cuando cesan los disparos, sino cuando comienzan las conversaciones.
Europa tiene la responsabilidad de liderar esa conversación. La historia demuestra que las grandes crisis internacionales no se resuelven únicamente mediante la fuerza, sino mediante acuerdos capaces de ofrecer seguridad, estabilidad y reconocimiento mutuo. Rusia seguirá siendo un vecino de Europa cuando esta guerra haya terminado. Precisamente por ello, el momento de tender la mano a la diplomacia no pertenece al futuro. Pertenece al presente. De lo contrario ¿Qué esperamos que ocurra?.













