Adolfo Morales. Estamos demasiado acostumbrados a hablar de corrupción como si fuera un paisaje inevitable, una humedad incrustada en las pared. La vemos en la política administrada por dirigentes de primer nivel, hombres y mujeres que se presentan como custodios de la patria mientras en sus despachos hierven favores, influencias, pactos útiles y beneficios privados. La vemos en las empresas, comprando favores, retroalimentadas.Todos se fotografían sonrientes, bendecidos por el éxito, y uno no puede evitar pensar cuántos de esos rostros acabarán algún día señalados por mentir, robar o envilecer la vida pública con sus maniobras, y cuántos añadirán la cárcel a su currículum.
Pero existe otra corrupción, más cercana, doméstica, casi familiar, y tan peligrosa. La hija pequeña de lo inmoral. Es la del trabajo sin alta, la de la factura que nunca se emite, el pago en efectivo sin rastro, el ingreso en negro, la trampa pequeña que se justifica con una sonrisa. También ahí se corrompe el vínculo social. Ninguna de las dos formas es moralmente superior a la otra. Ambas nacen de la mentira y ambas erosionan la confianza común.
¿Qué nos empuja entonces a buscar el beneficio al otro lado de la ley? Tal vez la sensación de que pagamos demasiado, de que el vecino también lo hace, de que el artista no factura sus cuadros, de que el trabajador del fin de semana cobra y calla sin contrato, y tantos servicios que no hicieron factura y todos lo saben, como que siempre existe un amigo, un asesor, un conocido de Hacienda capaz de enseñar la grieta exacta para pagar menos. Cada cual, según sus medios, intenta salvarse.
También es corrupción el enchufismo, esa mano invisible de amistades y compromisos que inclina la balanza antes de empezar. «Pásame tu currículum, yo lo muevo», se dice. Y así se vuelve transparente quien no pertenece a la cofradía. Luego muchos de estos «arreglaos» exhibirán banderas, devociones, cirios o cargos públicos. Pero la podredumbre, silenciosa y tenaz, seguirá caminando a su lado como una sombra fiel.
Aceptar esto como costumbre es rendirse a la evidencia de que es inevitable, de que somos así, de que cuando nos toque, ya decidimos qué hacer.
Banalizar con esta actitud arma de inmoralidad a cualquiera en cualquier situación, y por tanto ya no podremos invocar la justicia o el sentido común en nuestro modo de vida
Poner remedio exige algo más incómodo que la indignación teatral: renunciar a la ventaja, denunciar al corrupto y dejar de sonreír al corrupto vestido de salvador.
¿Pero esto a quién importa?













