Adolfo Morales. El amor… ¿quién no ha sentido alguna vez eso que creyó reconocer como amor?Esa vibración súbita e incontenible ante otra persona, ese deseo de compartir el tiempo, de ir y venir hacia alguien como si en su mirada hubiera una forma secreta de regreso, a algún lugar que siempre estuvo ahí.
El amor parece, al principio, una revelación: sentirse acariciado por una sonrisa, reflejado en unos ojos ajenos, rescatado de la intemperie cotidiana por una presencia. Casi todos, en algún momento, hemos vivido algo semejante. Y también casi todos hemos conocido su reverso: el vacío que deja lo que fue amor… o lo que uno interpretó como tal.
Pero conviene distinguir. No todo vínculo es amor, aunque se le parezca. Hay relaciones sostenidas por la costumbre, por el miedo, por la economía, por la cobardía o por la simple imposibilidad de empezar de nuevo.
Existen parejas que avanzan juntas como dos sonámbulos obedientes, atrapadas en una maquinaria sin ternura, donde el deseo se ha exiliado y solo queda la administración del hábito.Tambien existen parejas que simplemente se aman. No es necesario que cuantifiquemos.
Algunas interpretan incluso una doble vida: salen al patio de la existencia, sonríen a otra persona, se escriben en secreto, se besan quizá… y luego regresan al nido. Eso no siempre es amor; a veces es apenas una tregua contra el tedio. Yo hablo de otra cosa. De ese amor que todavía puede verse en los muchachos de quince o dieciocho años, cuando la ilusión no ha sido del todo condicionada por la experiencia.
En ellos hay transparencia, generosidad, una entrega casi suicida, un todo o nada que conmueve porque todavía no calcula, ni sabe de riesgos. Con los años, en cambio, amar se vuelve más complejo.
Cumplir años no solo añade experiencia: también modifica el cuerpo, deja marcas, arrastra carencias, pequeñas lesiones, cansancios antiguos o incluso enfermedades que alteran la manera de estar en el mundo, por no decir esos fantasmas del pasado, que también.
Y aunque no se diga, casi nadie desea cargar con las heridas ajenas cuando apenas logra sostener las propias. También la belleza cambia de idioma. Ya no somos la fruta tersa de la adolescencia, ni respondemos al fulgor inmediato de aquello que el tiempo y la cultura consagraron como deseable. Somos fruta madura: menos deslumbrante quizá, pero tal vez más verdadera, más consciente de su fragilidad.
Por eso el amor, a cierta edad, exige una forma más honda de mirada y suerte, mucha suerte. Sin embargo, ahí reside precisamente su milagro. El amor auténtico no ignora las limitaciones, pero tampoco se rinde ante ellas. Ni calcula lo que puede proveerle como un triste contable.
Como escribió Antonio Machado: ‘Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera’.
Tal vez amar sea justamente eso: seguir esperando, incluso después de las ruinas, que algo en nosotros vuelva a florecer. No funciona como una compra razonable ni como una elección de catálogo, porque no tratamos con objetos, sino con criaturas heridas, contradictorias, incompletas y por descubrir. Por eso, cuando dos piezas distintas logran encajar lo suficiente como para darse una oportunidad, ocurre algo extraordinario.
A pesar de todo, el amor sigue estando aquí: latente, posible, raro, astronómico, sorprendente. No obstante, se puede vivir también sin amor.















