Adolfo Morales. Don Nicasio tenía un cuarto pequeño en el fondo de la casa. No era un despacho ni un trastero. Era un establo para su rencor. Allí guardaba, en cuadernos minúsculos, el inventario de las ofensas: quién no le devolvió un saludo en 1998, quién le discutió un lindero en 2007, quién rio demasiado alto una noche de agosto, quién lo miró con lástima cuando murió su hermano, y tantos detalles entendidos de aquella forma. Mientras las personas olvidaban; él encuadernaba.Su bondad era una navaja envuelta en terciopelo.
Una niña, lo descubrió una tarde. Había ido a llevarle pan. La puerta del cuarto estaba entreabierta. Dentro vio el armario de las pieles: colgadas en perchas había docenas de sonrisas, modos suaves, favores planchados, reverencias con olor a jabón. Y detrás, como colmillos guardados en un joyero, estaban sus verdaderas herramientas: mails llenos de odio, rumores bien doblados, pequeños chantajes, silencios administrados con precisión de relojero esperando el momento justo para hacer sangre
La niña no gritó. Solo pensó: don Nicasio no es un cordero. Pero ya era demasiado tarde, años de confianza se convirtieron de un fogonazo en desazón, frustración y tristeza, don Nicasio estaba enfermo pero nunca quiso reconocerlo.
Los trastornos psicológicos no son un asunto menor, y están más presentes de lo que podríamos pensar. Por eso con la plausible normalización que hacen muchos de nuestros paisanos, deberíamos a la menor sospecha acercarnos a las unidades de salud, antes de convertirnos en personajes como don Nicasio.
El diagnóstico formal más cercano de este tipo de personalidades sería el trastorno antisocial de la personalidad, que la APA describe con rasgos como mentir, engañar o manipular, violar repetidamente los derechos de otros, actuar de forma impulsiva o agresiva y mostrar poco o ningún remordimiento. También podrían entrar en juego rasgos narcisistas, rasgos paranoides, o incluso, si hubiese ideas fijas de persecución sin base real, un trastorno delirante.
Esa persona que mantiene odio durante años, vigila, busca dañar, y a la vez se presenta socialmente como «todo bondad», no tiene un nombre clínico único ni una etiqueta oficial simple. En psicología y psiquiatría se hablaría antes de patrones. Según el caso, podría encajar en conceptos como rumiación hostil o resentimiento crónico, acoso persistente, violencia psicológica, agresión relacional.
En la provincia de Huelva existen seis Unidades de Salud Mental Comunitaria y, además, la red se coordina con recursos de rehabilitación, hospital de día, hospitalización e infanto-juvenil.
La fotografía numérica es severa: en 2024, según fuentes de la Junta de Andalucía, se registraron 138.787 consultas de salud mental en toda la provincia, y 101.000 de ellas, el 73%, se concentraron en las dos unidades dependientes del Hospital Juan Ramón Jiménez. En esos dispositivos de la capital, los motivos más frecuentes de asistencia fueron los trastornos de tipo ansioso y, en segundo lugar, los trastornos del ánimo. Ahí, entre los residentes de Huelva, hubo 825 altas hospitalarias: Trastornos mentales y del comportamiento (290), esquizofrenia, trastornos esquizotípicos y trastornos delirantes (266), trastornos del humor o afectivos (157), trastornos por otras sustancias psicoactivas (79), trastornos por alcohol (20) y demencia (12).
Es decir, la presión asistencial no parece venir sobre todo del delirio espectacular, sino de un malestar más extendido, más cotidiano, más pegado a la vida diaria: ansiedad, tristeza, agotamiento, somatización.
Si se resumen las tipologías que la propia red sanitaria andaluza pone en primer plano para Huelva, aparecen tres grandes bloques: ansiedad, depresión y somatizaciones; trastornos de la conducta alimentaria; y trastorno mental grave.
Y así llegamos de nuevo a don Nicasio o doña Nicasia, el falso cordero. La dulce agonía del enfermo no tratado, la bella mueca de la venganza y el odio, la mano que mece ..
En Huelva por suerte y a pesar de los datos estadísticos, lo más frecuente no es el monstruo que deambula por las calles asustando al personal con sus delirios, sino el sufrimiento común y pesado, el que pide consulta, seguimiento y cuidado. Y, sin embargo, socialmente seguimos confundiendo dos figuras. Al herido lo llamamos desequilibrado. Al lobo con modales de cordero lo llamamos buena persona. Ojito con la mirada dulce de los falsos corderos.













