Adolfo Morales. Hablar del patrimonio inmueble de la Universidad de Huelva debería ser, en principio, motivo de orgullo. Y lo es. Huelva levantó su universidad con el apoyo decidido de la ciudadanía, desde la dignidad y la convicción de que era un proyecto necesario. Por eso resulta aún más doloroso comprobar que una institución nacida de ese impulso colectivo posea hoy un patrimonio inmueble de primera categoría y, al mismo tiempo, consienta el abandono y la infrautilización de algunos de sus espacios.
No hace falta detenerse en elogios previsibles. Se sobreentiende que la Universidad de Huelva es un lugar excelente para la formación. Lo que no puede seguir sobreentendiéndose es la infrautilización de determinados edificios que languidecen en soledad, deterioro e indiferencia. El caso más sangrante es
el del edificio diseñado por el arquitecto Sebastián Cerrejón Hidalgo, asentado sobre vestigios arqueológicos de una antigua villa revestido en acero Cor-ten reutilizado y que se asienta en el Cabezo de la Almagra, nacido desde el Ayuntamiento y cedido a la Uhu para que fuese un centro interpretativo de lo que fuera aquel entorno y los vestigios arqueológicos que quedan, testimonio de una Huelva agrícola y productiva que se remonta más allá de la época romana y musulmana que también forma parte de nuestra identidad, enclave logístico en la vía que comunicaba Onuba, Hispalis y las tierras del norte.
Allí se alza ese edificio, premiado en su día por su diseño y por su valor arquitectónico. Sin embargo, alguien desde la universidad, decidió que aquel espacio, que podía haber sido un centro pedagógico y divulgativo sobre la arqueología del lugar, debía convertirse al poco tiempo en una cafetería. Incluso se acometieron reformas absurdas, como la instalación de una barra inmensa, bajo la ilusión de un éxito tan efímero como incomprensible, por no decir especulativo. El resultado es conocido: años y años de desuso, abandono y sonrojo.
Avergüenza que la UHU no haya sabido recuperar y dignificar ese espacio. Avergüenza que se pensara antes en el rendimiento económico que en la memoria, la cultura o el servicio público. Podría ser un lugar para el arte, para la arqueología, para talleres de patrimonio o actividades abiertas a la ciudadanía. Cualquier destino sería mejor que esta ruina silenciosa ¿Es el único caso?
Huelva no se merece contemplar cómo su ajustado patrimonio se abandona mientras nadie responde. Esa infrautilizacion dice lo suficiente de quienes han gobernado la nave universitaria, el reto está ahora en la mesa de la nueva administración.
Pero esto ¿A quién le importa?
Almagra, Uhu.
















