Adolfo Morales. La paz no es una decoración retórica ni una música de fondo para discursos solemnes. La paz es una arquitectura difícil, levantada por pueblos que, aun procediendo de historias distintas, desean convivir sin exterminarse, sin humillarse y sin imponer una sola forma de entender el mundo. Venimos de tradiciones culturales, sociales, religiosas y políticas diferentes. No todos los pueblos son occidentales en su concepción de la sociedad, ni sería legítimo exigirles que lo fueran. No todos han recorrido el mismo camino histórico y sería arrogante reclamar una armonización absoluta de la experiencia humana. Tampoco comparten las mismas creencias, los mismos símbolos, ni el mismo nombre para lo sagrado.
Pero en esta aldea global contemporánea sí debería existir una confluencia mínima y firme en torno al derecho internacional, a la dignidad humana y a los principios más democráticos y armoniosos de la convivencia. La diversidad no puede ser excusa para la barbarie, como tampoco la democracia puede servir de refugio para los tiranos. Asistimos demasiado a menudo a un espectáculo dantesco, grotesco y criminal: líderes llegados al poder por las urnas que después arrasan las líneas del derecho, degradan la justicia y convierten la representación en impunidad. La democracia no puede amparar tiranos. El derecho no puede proteger a quienes usan la legitimidad electoral para fines criminales, especulativos o amorales. Cuando la voluntad popular es secuestrada por el abuso, traicionada por la crueldad y vaciada por el miedo, la humanidad queda frustrada y debe resurgir para reclamar justicia y proclamar su rechazo a la tiranía.
Debe existir una conciencia internacional capaz de retirar, limitar o desactivar ese poder cuando se vuelva contra la vida, la libertad y la igualdad. Los pueblos, en su estadio más alto, aspiran a armonizar culturas, creencias y derechos, no a destruirlos. Decir no a la guerra no es una consigna vacía: implica soportar amenazas, prejuicios y presiones, pero también sostener la convicción de que el destino humano debe orientarse hacia la justicia, la equidad, la libertad religiosa, la libertad sexual y el derecho inviolable a vivir en paz. Porque aunque la guerra parezca lejana, jamás estamos verdaderamente lejos de ella, y mucho menos de los psicópatas que sólo entienden de extorsión, amenazas y bombas.















