Adolfo Morales. Aliado es una palabra grande. También memoria, lealtad y una cierta decencia entre naciones que se respetan. Supone reciprocidad, respeto, un horizonte moral compartido y la certeza de que, en la hora difícil, nadie te humillará para recordarte quién manda. Por eso duele tanto ver en qué ha querido convertir Donald Trump la vieja idea de Alianza Atlántica. Estados Unidos y Europa han sido aliados históricos, sí, pero Europa ha intentado levantar durante décadas una política reconocible por su voluntad de equilibrio, por su defensa del derecho, por su sensibilidad medioambiental, por su búsqueda, siempre imperfecta, de una democracia más digna y una seguridad menos salvaje.
Ahora bien, también conviene recordar algo importante: los españoles, por regla general, no somos americanistas en un sentido sentimental, acrítico o servil. Las bases estadounidenses en España no representan precisamente una expresión de nuestro mejor carácter ni de una adhesión espiritual al modelo americano. Han sido, más bien, singladuras coyunturales, acuerdos bilaterales nacidos de intereses concretos y de contextos históricos muy determinados. Y solo pueden sostenerse desde un principio esencial: la igualdad entre países, el respeto mutuo y la dignidad compartida.
Frente a eso, Trump ha degradado la noción misma de aliado. No habla como quien coopera, sino como quien compra, exige y amenaza. A España la ha tratado con una mezcla de desprecio y matonismo: «España está muy abajo», dijo primero; después llegó a afirmar que «España ha sido terrible» y que «vamos a cortar todo el comercio con España». No es lenguaje diplomático: es lenguaje de capataz imperial. Y cuando insinuó que «quizá deberían echarla de la OTAN», no solo insultaba a un país, sino a la propia idea de comunidad política entre iguales.
Y todavía hay en España quien se arrima a esos modales broncos, creyendo que imitarlos da fuerza, votos o apariencia de poder. Vox encarna bien esa falta de cordura, de sentido común, de sentido de Estado y de auténtico sentido político: elogiar al poder que humilla a tu propio país no es patriotismo, sino una forma triste de subordinación.


















