Adolfo Morales. ¿A quién creer? Esa es la pregunta que hoy me ronda y que, cuanto más la pienso, más incómoda se vuelve. Vivimos atrapados en un ruido continuo, en una corriente de noticias que aparecen, chocan, se corrigen, se contradicen y desaparecen a una velocidad que casi impide detenerse a pensar. Lo verdadero convive con lo falso; lo interesado, con lo espontáneo; la información, con la propaganda; el dato, con el rumor. Y en medio de todo eso estamos nosotros, intentando orientarnos sin saber, muchas veces, si el suelo que pisamos es firme o puro decorado. Hannah Arendt, la filósofa neoyorquina, lo resumió con una lucidez estremecedora: «Si todo el mundo te miente, la consecuencia no es que te creas las mentiras, sino que ya no creas nada». Y quizá eso sea lo más grave: no solo la mentira, sino la demolición misma de la confianza.
La verdad, cuando existe como hecho limpio, parece llegar siempre tarde, cansada y mal vestida, mientras la mentira corre ligera, seductora y perfectamente maquillada. Por eso ya no basta con leer, escuchar o mirar: hay que sospechar, comparar, detenerse, observar quién habla, para quién habla y qué gana diciendo lo que dice.
En Huelva, además, la sensación de vacío es aún más evidente. Cuando la bronca social y política está en niveles nunca vistos, aquí parecemos seres inmaculados, libres de toda sospecha. Y eso es el principio de la duda razonable. El periodismo informativo, documentalista o de investigación apenas, siendo generosos en el calificativo, asoma y cuando lo hace, parece quedar reducido, casi de manera anecdótica, al terreno histórico o patrimonial. Falta una mirada que se adentre en las zonas oscuras del poder local, que pregunte por los intereses de las empresas, por lo que callan, por las sombras de ciertos despachos, por los patrimonios de algunos políticos, por los favores, por los silencios y por esa red de amistades y parentescos que tantas veces parece reproducirse dentro de la administración.
Sería saludable, incluso necesario, estudiar esa familiaridad enquistada en lo público.
No se trata de buscar por buscar ni de poner la vista en la paja del ojo ajeno, se trata de un ejercicio de transparencia real, más allá de corrillos, conversaciones de almuerzo, confesiones entre copas o secretos contados en la intimidad.
De todo lo que ocurre, créame, acabamos enterándonos todos.
















